Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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Capitulo 7
La mañana en la mansión Volkov siempre seguía un patrón geométrico: el desayuno se servía a las 7:00 am, el personal se movía en silencio sepulcral y las cortinas se mantenían a media luz para proteger los costosos muebles de seda.
Elena, sin embargo, se despertó sintiéndose como un huracán atrapado en una caja de cristal.
Tras revisar las constantes de Ian —que se mantenían estables pero lánguidas—, Elena bajó a la cocina en busca de respuestas. Allí encontró a una nutricionista de aspecto severo preparando una papilla insípida y a un guardia de seguridad en la puerta trasera.
—¿Por qué el niño no ha salido al jardín hoy? Hace un sol espectacular —preguntó Elena, sirviéndose café..
—Órdenes directas del señor Volkov, doctora —respondió la nutricionista sin mirarla—. El aire exterior contiene alérgenos y cambios de temperatura que podrían estresar su sistema cardiovascular. Además, su dieta está estrictamente controlada: nada de azúcar, nada de grasas, nada de... diversión.
Elena sintió un ardor en el pecho que no era por el café. Miró por la ventana hacia el inmenso jardín de césped perfecto y árboles centenarios. Era un paraíso prohibido.
—Entiendo —dijo Elena con una sonrisa que habría hecho temblar a Liam—. Órdenes son órdenes.
Pero en cuanto la nutricionista se dio la vuelta, Elena subió a la habitación de Ian. Lo encontró sentado en su cama, mirando un libro de dinosaurios con la misma expresión de derrota que un prisionero de guerra.
—Ian, ¿alguna vez has sentido la tierra fría entre los dedos de los pies? —le preguntó, cerrando la puerta con llave por dentro.
El niño la miró confundido. —Papá dice que la tierra tiene bacterias.
—La tierra tiene magia, pequeño —susurró ella, buscándole unos zapatos deportivos que parecían no haber sido usados nunca—. Hoy vamos a ser fugitivos. Pero es un secreto entre tú y yo.
Con una agilidad que solo alguien que ha sobrevivido a turnos de 48 horas en urgencias posee, Elena ayudó a Ian a bajar por una escalera de servicio que daba a la parte trasera de la propiedad. El niño temblaba de emoción y miedo, apretando la mano de Elena como si fuera un salvavidas.
Una vez en el jardín, lejos de la vista de las cámaras principales, Elena se sentó en un macizo de flores y empezó a cavar con sus propias manos.
—¡Doctora! Se está ensuciando —exclamó Ian, con los ojos como platos.
—Es solo lodo, Ian. No muerde. Mira, aquí hay una lombriz. Se llama Rigoberta y está buscando su casa. ¿Me ayudas a construirle un castillo?
Al principio, Ian tocó la tierra con la punta de un dedo, temeroso de que un rayo cayera del cielo. Pero la risa de Elena era contagiosa. A los diez minutos, el heredero de la fortuna Volkov estaba de rodillas, con las manos hundidas en el fango, riendo a carcajadas mientras intentaba hacer "pasteles de lodo". Su rostro, usualmente pálido, estaba encendido por la adrenalina y el sol.
—Tengo hambre —dijo Ian, algo que raramente ocurría.
Elena sacó de su mochila un termo que había preparado a escondidas: un helado de frutas naturales, hecho solo con mango y fresas congeladas, dulce y frío.
—Come rápido, fugitivo. Esto es néctar de los dioses.
Ian devoró el helado, manchándose la camiseta blanca de marca con gotas rojas y restos de tierra. En ese momento, no era un paciente cardíaco, no era un apellido millonario; era solo un niño. Y Elena, viéndolo, sintió que ese era el tratamiento más efectivo que había prescrito en toda su carrera.
—¡IAN! ¡ELENA!
La voz tronó desde el porche como un disparo.
Liam Volkov estaba allí, con el traje impecable pero el rostro desencajado por la furia. A su lado, Sabrina observaba la escena con una mueca de asco infinito, como si estuviera presenciando un crimen.
Liam bajó los escalones de tres en tres. Sus ojos azules ardían con un fuego gélido.
—¿Se puede saber qué demonios es esto? —rugió Liam, llegando hasta ellos. Su mirada saltó de las manos sucias de su hijo a la camiseta manchada de "sangre" de fresa—. ¡Te di una orden! ¡Dijiste que lo cuidarías! ¡Está cubierto de inmundicia y comiendo algo que no está en su dieta!
Ian se encogió detrás de Elena, el miedo volviendo a sus ojos. Ese gesto dolió a Elena más que los gritos de Liam.
—¡No le grites! —respondió Elena, poniéndose de pie y enfrentándolo cara a cara, a pesar de que Liam le sacaba una cabeza de altura—. ¡Míralo, Liam! ¡Míralo de verdad!
—¡Veo a un niño enfermo siendo expuesto a infecciones por una doctora irresponsable que cree que esto es un campamento de verano!
—Liam estaba fuera de sí. El pánico por la salud de su hijo se disfrazaba de una ira incontrolable—. ¡Has roto el protocolo médico! ¡Has puesto su vida en riesgo por un capricho!
—¡Su vida está en riesgo porque lo tienes en una tumba de cristal! —gritó Elena, señalando al niño—. ¡Mira sus mejillas! Tienen color por primera vez en meses. Su ritmo cardíaco está acelerado, sí, ¡pero por la alegría, no por la angustia! ¡Lo que tú llamas "infección", yo lo llamo vida! ¡Lo que tú llamas "dieta", yo lo llamo privación!
—¡Cállate! —exclamó Liam, dando un paso agresivo hacia ella—. ¡No tienes ni idea de lo que he pasado para mantenerlo a salvo! ¡No eres nadie para cuestionar mi seguridad!
—¡Soy su doctora y soy la única aquí que no le tiene miedo a tus gritos! —Elena le dio un empujón en el pecho, manchando su costosa camisa de seda con una huella de lodo—. ¡Eres un cobarde, Liam Volkov! Tienes tanto miedo de perderlo que prefieres tenerlo muerto en vida que vivo con riesgos. ¡Eres un CEO mandón que cree que puede gestionar los latidos de un corazón como si fueran acciones de la bolsa!
La mención de su apodo y el contacto físico fueron la gota que colmó el vaso. Liam, en un arrebato de frustración y para silenciar la cascada de verdades que ella le lanzaba, la agarró con fuerza por la cintura y la atrajo hacia él con un movimiento brusco.
Elena se quedó sin aire, no por el agarre, sino por la proximidad. Sus cuerpos chocaron; el calor de Liam traspasaba la ropa, y sus rostros quedaron a escasos centímetros. El griterío se detuvo en seco. El aire alrededor de ellos pareció cargarse de una estática pesada, una vibración que no tenía nada que ver con el odio y todo que ver con una atracción reprimida.
Liam la sostenía con firmeza, sus manos grandes rodeando la cintura de Elena, sintiendo la fuerza de esa mujer que no se doblegaba. Elena, con las manos aún manchadas de tierra apoyadas en los hombros de él, lo miraba con los labios entreabiertos, la respiración entrecortada.
Durante unos segundos eternos, el mundo desapareció. No estaba Sabrina mirando con furia, no estaba Ian asombrado, no estaba el lodo. Solo estaba esa chispa eléctrica, ese reconocimiento primitivo entre dos seres que se odiaban pero que, en el fondo, se reconocían como iguales. El corazón de Liam, ese que él creía de hierro, dio un vuelco violento que no pudo atribuir a la rabia.
Liam soltó a Elena tan rápido como si se hubiera quemado con brasas. Retrocedió un paso, ajustándose la chaqueta, intentando recuperar una compostura que ya no existía.
—Lleven al niño adentro. Ahora —dijo Liam, con la voz ronca, sin ser capaz de mirar a Elena a los ojos—. Que lo bañen y que un equipo médico real revise su estado.
Sabrina se acercó para tomar a Ian del brazo, pero el niño se soltó y corrió hacia Elena, abrazando sus piernas sucias de barro.
—Papá, no te enfades —dijo Ian con voz pequeña—. Me divertí. Rigoberta tiene una casa ahora.
Liam miró a su hijo. Vio el rastro de helado en su comisura y el brillo en sus ojos. Una parte de él quería seguir gritando, pero la evidencia de la felicidad de Ian era un argumento que ni siquiera él podía rebatir.
—Adentro —repitió Liam, esta vez más suave.
Elena vio cómo se llevaban a Ian. Se quedó sola en el jardín con Liam. El silencio era ahora más incómodo que los gritos.
—Esto no ha terminado, Elena —dijo Liam, dándose la vuelta para marcharse.
—Tienes razón —respondió ella, limpiándose las manos en su pantalón—. Apenas está empezando. Y la próxima vez, te traeré un helado a ti también. A ver si así se te endulza ese carácter de piedra.
Liam no respondió, pero mientras caminaba hacia la mansión, sintió que el lugar donde Elena lo había tocado seguía ardiendo. Entró en su despacho y se miró en el espejo. Tenía una mancha de lodo justo sobre el corazón. Intentó limpiarla, pero solo consiguió extenderla más. Suspiró, cerrando los ojos. El orden había muerto. El caos, con ojos castaños y olor a fresa, se había instalado definitivamente en su vida.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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