Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.
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Capítulo 20
Capítulo — Dos Primaveras Sin Luna
AUTORA NARRANDO........
Dos primaveras habían pasado desde el día en que la manada perdió a su luna.
Nadie decía eso en voz alta.
Pero todos lo sentían.
La luna continuaba surgiendo en el cielo, llena, pálida, perfecta a los ojos de quien no conocía el dolor. Las estaciones seguían su curso, los árboles florecían, los cachorros nacían, los entrenamientos sucedían. Por fuera, la manada de la Luna de Plata aún existía.
Por dentro, estaba rota.
Desde el día en que Luara Silvermoon cayó al suelo delante de todos, pálida, sangrando por dentro, después de rechazar a su propio compañero, algo esencial había sido arrancado de aquel lugar. No fue solo un vínculo que se rompió. Fue el eje. Fue el equilibrio. Fue la fe silenciosa de que Selene siempre acertaba.
Porque si la diosa no se hubiera equivocado… entonces ¿por qué todo estaba saliendo mal desde entonces?
Nadie osaba formular esa pregunta cerca del templo. Pero ella resonaba en cada corredor, en cada entrenamiento fallido, en cada decisión mal tomada.
Kael era el alfa. En el título.
En la práctica, era Mikael quien sustentaba la manada.
El antiguo alfa no había retomado el cargo oficialmente. No necesitaba. Bastaba su presencia para que los lobos se enderezaran. Bastaba su voz para que los conflictos cesaran. Bastaba su mirada para que el caos disminuyera.
Cuando alguien necesitaba ayuda, no buscaba a Kael.
Cuando había disputa de territorio, no era a Kael a quien llamaban.
Cuando había hambre, enfermedad, conflicto entre familias, era Mikael quien resolvía.
Kael percibía eso.
Y aquello lo destruía poco a poco.
Al principio, él intentó fingir que no veía. Intentó mantener la postura, dar órdenes, exigir respeto. Pero el respeto no se exige. Se conquista. Y Kael había perdido el derecho a ser respetado en el mismo instante en que Luara lo rechazó delante de la manada entera.
Algunos aún lo obedecían. Por miedo.
Otros, por hábito.
La mayoría… solo porque Mikael estaba observando.
El alfa joven caminaba por el centro de la manada como un rey sin trono. Las personas bajaban la cabeza no por reverencia, sino por incomodidad. Las conversaciones cesaban cuando él se aproximaba. No por honor. Por vergüenza.
Él sentía.
Cada paso era pesado.
Cada mirada desviándose era un recordatorio.
Cada silencio gritaba más alto que insultos.
Lisa, oficialmente su compañera, nunca se había convertido en luna.
Ella ocupaba el espacio físico. Usaba ropas elegantes. Caminaba con la postura que siempre había soñado. Se sentaba al lado de él en las reuniones. Pero no había vínculo. No había reconocimiento de la diosa. No había respeto de la manada.
Las hembras más viejas la observaban con ojos críticos.
Las madres no confiaban en ella.
Los niños no la buscaban.
Una luna de verdad era acogida.
Lisa era tolerada.
Y eso la enloquecía.
Ella se había vuelto más amarga con el pasar de los meses. Más agresiva. Más cruel. Descontaba su frustración en los sirvientes, en los más jóvenes, en los lobos de baja patente. Intentaba imponer autoridad con gritos, amenazas, humillaciones.
Funcionaba cada vez menos.
Porque, en el fondo, todos sabían:
Ella no había sido elegida.
Y nadie olvida eso.
Había noches en que Kael se sentaba solo en el cuarto, encarando el vacío, sintiendo el eco del rechazo aún pulsar en el pecho como una cicatriz que nunca cerraba. El dolor no era constante. Era traicionero. Surgía de la nada. Apretujaba. Consumía. Y después retrocedía, dejando solo un cansancio profundo.
Él no hablaba sobre Luara.
Pero pensaba en ella.
Pensaba en el silencio que ella dejó.
En la mirada firme cuando habló.
En la voz que no tembló.
En el azul imposible de los ojos cuando Ártemis asumió.
Pensaba en lo que perdió.
No solo a la compañera.
Sino la chance de ser alguien mejor.
Mientras tanto, Mikael envejecía en dos años lo que no había envejecido en décadas. La responsabilidad que no era más de él pesaba sobre sus hombros como un castigo silencioso. Él veía el caos crecer. Veía a Kael fallar. Veía a Lisa empeorar.
Y veía, sobre todo, la ausencia.
Porque Mikael sabía.
Desde el inicio, él supo.
Selene no se equivoca.
La elección de Luara nunca había sido un castigo.
Había sido una prueba.
Y Kael falló.
Las reuniones se volvieron más frecuentes. Las disputas internas más comunes. Pequeños clanes comenzaron a cuestionar decisiones. La manada que antes era respetada pasó a ser vista como inestable.
Otras manadas observaban. Esperaban.
La flaqueza atrae predadores.
Hubo ataques en las fronteras.
Hubo deserciones.
Hubo noches en que Mikael mal durmió, resolviendo problemas que no debería más resolver.
Y, aún así, él nunca pronunciaba el nombre de Luara en voz alta.
No por dolor.
Por respeto.
En el ala de curación, el cuarto permanecía intacto.
El cuerpo de Luara descansaba allí hacía dos primaveras. El tiempo no la tocaba. Su respiración era fraca, pero constante. La loba dentro de ella luchaba. La curandera sabía. Sentía. A veces, Ártemis se manifestaba en pequeños gestos: un temblor en los dedos, un cambio en el ritmo del corazón, un calor súbito en el aire.
— Ella aún está aquí — la curandera decía. — No desistió.
Los padres de Luara nunca faltaron un único día.
La madre conversaba con ella, incluso sin respuesta. Contaba pequeñas cosas. Hablaba del jardín. De las flores nuevas. Del silencio de la casa sin sus risas bajas. El padre sujetaba su mano en silencio, como si eso fuera lo suficiente para anclarla al mundo.
Ellos no preguntaban cuándo ella despertaría.
Solo creían que despertaría.
En las otras manadas, algunos comenzaron a hablar de Luara como si fuera leyenda.
— Dicen que ella era fuerte desde el inicio.
— Dicen que el alfa no la merecía.
— Dicen que Selene eligió errado… o tal vez ellos es que erraron.
Las versiones cambiaban. Pero una cosa permanecía:
Luara no era olvidada.
Y Kael sentía eso como una herida abierta.
Porque, en el fondo, él sabía.
Sin Luara, él era solo un título vacío.
Sin ella, la luna parecía más fría.
Sin ella, la manada había perdido el rumbo.
Dos primaveras habían pasado.
Y algo antiguo, poderoso y paciente…
continuaba esperando el momento cierto de despertar.
La luna observaba.
Selene observaba.
Y la historia… aún no había terminado.