La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 19
Me detuve frente a la enorme puerta de madera y respiré hondo.
El pasillo de la rectoría estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano de algunos estudiantes que todavía caminaban por los jardines y el eco suave de nuestros pasos sobre el piso de mármol.
La tarde se había vuelto dorada, y la luz que entraba por los ventanales al final del corredor hacía que todo pareciera más solemne de lo normal.
Incluso Valentina, que normalmente no podía quedarse quieta ni dos segundos, se había quedado inmóvil a mi lado, mirando la puerta como si detrás de ella viviera un monstruo.
—¿Lista? —
pregunté.
Valentina negó rápidamente.
—No.
—Perfecto.
Entonces entremos.
La niña me miró horrorizada.
—¡¿Cómo que perfecto?!
Solté una risa y toqué la puerta dos veces.
—Adelante.
Empujé la puerta lentamente y los tres entramos a la oficina.
Como siempre, aquel lugar parecía más una biblioteca antigua que una rectoría.
Las paredes estaban cubiertas de libros, la luz anaranjada del atardecer entraba por las enormes ventanas y el aroma a café llenaba el ambiente.
Había diplomas enmarcados, una lámpara de pie junto al sofá de cuero y una pila de documentos perfectamente ordenados sobre el escritorio.
Todo estaba tan impecable que parecía imposible que alguien trabajara allí de verdad.
Mi padre levantó la vista de unos papeles y, apenas me vio, sonrió.
—Buenas tardes, princesa.
—Buenas tardes, papá.
Valentina abrió los ojos como platos.
—¡De verdad te dice princesa!
—Todos los días de mi vida.
Mi padre soltó una carcajada.
—Y seguirá siendo así hasta que tenga cien años.
—Papá…
—Es la verdad.
Luego rodeó el escritorio y caminó hacia nosotros con esa calma suya que siempre imponía respeto sin necesidad de levantar la voz.
Llevaba el saco perfectamente abotonado, las mangas remangadas hasta los codos y los lentes apoyados sobre la nariz.
Aun así, cuando sonreía, dejaba de parecer el rector de una academia prestigiosa y se convertía simplemente en mi padre.
—Así que tú eres Valentina Ferrer.
La niña asintió tan rápido que casi perdió el equilibrio.
—Sí, señor rector.
—He escuchado muchas cosas buenas sobre ti.
Valentina parpadeó, sorprendida.
—¿También escuchó que hablo demasiado?
—Especialmente eso.
Valentina soltó una risita y escondió el rostro detrás de mí.
Mi padre volvió a reír y luego extendió la mano hacia Matías.
—Y tú debes ser Matías.
—Sí, señor rector.
Matías le estrechó la mano con firmeza, aunque sin perder esa expresión sería que parecía llevar siempre encima.
Mi padre lo observó un segundo más de lo necesario, como si quisiera leer algo en él.
—Gracias por cuidar tan bien a tu hermana.
Matías pareció sorprendido.
—Solo hago lo que debo hacer.
—A veces eso ya es suficiente.
Hubo un pequeño silencio.
Mi padre observó a los dos hermanos durante unos segundos antes de regresar a su escritorio y señalar las sillas frente a él.
—Siéntense, por favor.
Amalia me contó lo de la beca, pero quería conocerlos personalmente.
Esta academia es grande y a veces puede parecer intimidante, pero aquí nadie será tratado como menos que nadie.
Valentina abrazó la carta de la beca contra el pecho como si temiera que alguien pudiera quitársela.
—¿De verdad podré estudiar aquí?
—Por supuesto.
Te has ganado ese lugar.
—Prometo sacar buenas notas.
—Eso espero —respondió él sonriendo—.
Aunque también espero que hagas amigos, te diviertas y disfrutes esta etapa.
Valentina frunció el ceño, pensativa.
—¿Incluso si hablo mucho?
—Especialmente si hablas mucho.
La niña rio y por primera vez la vi completamente relajada.
Sus hombros dejaron de estar tensos y sus ojos, que al llegar estaban llenos de miedo, ahora brillaban con una emoción tan pura que me apretó el pecho.
—¿Puedo hacer una pregunta? —
dijo de repente.
—Claro.
—¿Usted también regaña a Amalia cuando no duerme?
—¡Valentina! —exclamé.
Mi padre soltó una carcajada tan fuerte que incluso Matías sonrió.
—Todos los días.
—¡Lo sabía!
Tiene cara de persona que regaña mucho.
—Y tiene razón.
—Papá, se supone que debes defenderme.
—Imposible.
Acabo de encontrar una aliada.
Valentina chocó su mano con la de él y ambos comenzaron a reír como si se conocieran desde siempre.
Yo me crucé de brazos fingiendo indignación.
—Excelente.
Ahora son un equipo.
—Siempre quise tener un equipo secreto —dijo Valentina.
—Eso explica muchas cosas —murmuró Matías.
Mi padre alzó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí, señor —respondió él, sin perder la compostura—.
Mi hermana siempre está planeando algo.
—¡Porque las mejores ideas necesitan planificación! —
protestó Valentina.
—Y las peores también —dije yo.
—No te metas con mis ideas, Amalia.
—No me metería si no fueran tan peligrosas.
—Eso es mentira.
—¿Lo ves? —
Le dije a mi padre—.
Ya está discutiendo conmigo y apenas acaba de llegar.
—Entonces definitivamente encajará aquí —respondió él con una sonrisa.
Nos quedamos conversando un largo rato.
Mi padre le preguntó a Valentina qué quería ser cuando creciera y ella respondió cinco profesiones distintas antes de decidir que probablemente elegiría todas.
—Quiero ser doctora, astronauta, maestra, veterinaria y cantante —enumeró con total seriedad—.
Y también quiero tener una librería.
—Eso no funciona así —dijo Matías.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—¡Sí!
—Valentina —intervine—, incluso tú sabes que no puedes hacer todo al mismo tiempo.
—¿Y quién dice que no? —
replicó ella, cruzándose de brazos.
—La realidad.
—La realidad es aburrida.
Mi padre se llevó una mano al pecho, fingiendo gravedad.
—Creo que me cae bien esta niña.
—A mí también —dijo él, y luego se aclaró la garganta como si hubiera dicho algo demasiado sincero.
Yo lo miré de reojo, pero no dije nada.
Había algo en la forma en que Matías observaba a su hermana que me mantenía en silencio.
Estaba apoyado cerca de la ventana, con una mano en el bolsillo y la otra descansando sobre el respaldo de la silla.
Aunque intentaba mantener aquella expresión fría de siempre, algo había cambiado.
Sus hombros parecían menos tensos y sus ojos ya no tenían la misma dureza.
Tal vez porque era la primera vez que veía a Valentina tan feliz.
—¿Sabes? —
dijo mi padre mirando a la niña—.
Cuando Amalia era pequeña también hablaba sin respirar.
—¡Papá!
—Es verdad.
Tu madre y yo teníamos que recordarle que debía tomar aire.
Valentina comenzó a reír tan fuerte que casi se cayó de la silla.
—Entonces Amalia y yo somos iguales.
—No le des ideas —dije.
—Demasiado tarde —respondió mi padre.
—Yo no hablo tanto —protesté.
Los tres me miraron en silencio.
—¿Qué? —
pregunté.
—Amalia —dijo mi padre con una paciencia casi ofensiva—, tú hablas incluso cuando estás dormida.
Valentina abrió la boca, fascinada.
—¿En serio?
—En serio —confirmó Matías, y por primera vez su voz sonó un poco más ligera—.
Lo he escuchado.
—¡Traidor! —le dije, llevándome una mano al pecho.
Él se encogió de hombros, apenas divertido.
El reloj marcó las seis de la tarde y la luz comenzó a desaparecer lentamente.
Las sombras se alargaron sobre el suelo de madera y el aroma a café se volvió más intenso, como si la oficina también supiera que el día estaba terminando.
Mi padre se puso de pie y caminó hasta donde estaba Valentina.
—Bueno, señorita Ferrer, oficialmente te doy la bienvenida a la Academia Valmont.
La niña también se levantó.
—Gracias, señor rector.
—Y recuerda algo importante: este lugar no será solo tu colegio.
También será tu hogar.
Los ojos de Valentina se llenaron de lágrimas.
—¿De verdad?
—De verdad.
Ella abrazó la carta de la beca contra el pecho y sonrió como si acabara de recibir el mundo entero.
Luego miró alrededor, como si quisiera memorizar cada rincón de la oficina, cada libro, cada rayo de luz, cada detalle de aquel lugar que desde ese momento también le pertenecía.
—Voy a portarme bien —dijo con solemnidad.
—Eso espero —respondió mi padre.
—Y voy a estudiar mucho.
—También espero eso.
—Y voy a hacer amigos.
—Eso me alegra.
Valentina dudó un segundo y luego añadió:
—Y si alguien me molesta, le diré que usted es mi aliado.
Mi padre soltó una risa baja.
—Eso podría funcionar.
—¡Lo sabía! —exclamó ella, triunfante.
Entonces levanté la mirada y encontré a Matías observando la escena en silencio.
Había algo extraño en su expresión.
No era rabia.
No era orgullo.
Era la mirada de alguien que llevaba demasiado tiempo cargando el peso del mundo y que, por un instante, había encontrado un lugar donde podía descansar.
Sus ojos se habían suavizado apenas, casi imperceptiblemente, pero yo lo noté.
Lo noté porque lo estaba mirando demasiado.
Porque desde que entró en esa oficina, cada gesto suyo parecía decirme algo que todavía no sabía nombrar.
Y mientras el sol desaparecía detrás de las ventanas de la rectoría y Valentina sonreía como si todos sus sueños acabaran de hacerse realidad, una última pregunta se quedó atrapada en mi corazón.
¿Por qué sentía que el día en que Valentina conoció al rector también fue el día en que algo empezó a cambiar en el corazón de Matías Ferrer?