"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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El deber de una Belmonth
El despacho del Archiduque conservaba la misma elegancia sobria de siempre.
Las altas estanterías repletas de libros, los mapas del Imperio cuidadosamente enmarcados y el aroma a tinta fresca hacían de aquella habitación un lugar donde las emociones parecían no tener cabida.
Dos suaves golpes resonaron en la puerta.
—Adelante.
Everly entró con paso tranquilo.
Cerró la puerta tras de sí y realizó una impecable reverencia.
—Mandó llamarme, padre.
Alaric continuó leyendo los documentos sobre su escritorio unos instantes más.
Solo cuando terminó de firmar el último levantó la vista.
Sus ojos rojos se posaron sobre ella.
—Toma asiento.
Everly obedeció en silencio.
Entre ambos volvió a instalarse aquella distancia que siempre había existido.
No era incomodidad.
Era costumbre.
Alaric tomó una carta sellada con el emblema imperial y la colocó frente a ella.
—Su Majestad la emperatriz ha decidido enviar personalmente a una institutriz para encargarse de tu formación.
Everly dirigió la mirada hacia el sello grabado en la cera roja.
La emperatriz...
Aun antes de conocerla, ya comenzaba a intervenir en su futuro.
Alaric continuó.
—Su nombre es Lady Seraphine Valois. Es una de las damas de mayor confianza de Su Majestad y ha sido responsable de la educación de numerosas jóvenes de la alta nobleza. Llegará al Archiducado dentro de tres días y permanecerá aquí hasta tu presentación en sociedad.
Everly escuchó con atención.
Aquel nombre le era completamente desconocido.
En su vida anterior nunca había sido instruida por una mujer enviada directamente por la emperatriz.
Aquello solo podía significar una cosa.
El futuro...
Ya había comenzado a cambiar.
—Lady Seraphine será responsable de completar tu educación.
Política.
Diplomacia.
Historia imperial.
Economía.
Administración del territorio.
Etiqueta.
Todo lo necesario para ocupar el lugar que te corresponde dentro del Imperio.
Everly inclinó ligeramente la cabeza.
—La recibiré con el respeto que merece.
Alaric asintió satisfecho.
—Eso espero.
Tomó un segundo documento y lo dejó sobre el escritorio.
—Dentro de dos años realizarás tu presentación oficial ante la nobleza imperial.
A partir de entonces comenzarás a asistir con regularidad al Palacio Imperial.
Lady Seraphine también se encargará de prepararte para desempeñar el papel que corresponde a la futura princesa heredera.
Everly guardó silencio.
Sabía perfectamente lo que significaban aquellas palabras.
El compromiso entre la familia imperial y los Belmonth no era una simple promesa entre nobles.
Era un pacto de sangre.
Un acuerdo sellado generaciones atrás para preservar la estabilidad del Imperio.
No existía la posibilidad de romperlo.
Solo cumplirlo.
En su primera vida...
Había aceptado aquel destino creyendo que el amor sería suficiente para alcanzar la felicidad.
En esta...
Sabía que los sentimientos jamás habían formado parte de aquel acuerdo.
—¿Comprendes la responsabilidad que recae sobre tus hombros? —preguntó Alaric.
Everly levantó la vista.
Sus ojos rojos permanecieron serenos.
—Sí, padre.
Protegeré el honor de la familia Belmonth.
La respuesta llegó sin titubeos.
Alaric la observó durante unos segundos.
Había esperado encontrar nervios propios de una joven de catorce años.
En cambio...
Su hija hablaba con una serenidad impropia de su edad.
No comentó nada.
Simplemente volvió a tomar la pluma.
—Eso es todo.
Everly se puso de pie.
Realizó una elegante reverencia.
—Gracias por su tiempo.
Caminó hasta la puerta.
Su mano se detuvo un instante sobre el picaporte.
"Lady Seraphine..."
"El futuro ha comenzado a cambiar."
"Si el destino puede modificarse..."
"Entonces yo también puedo hacerlo."
Abrió la puerta y salió del despacho.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación.
Alaric permaneció observando la puerta cerrada durante unos instantes.
No lograba comprender aquella sensación.
Everly siempre había sido una niña tímida.
Reservada.
Ansiosa por recibir una palabra de reconocimiento.
La joven que acababa de abandonar el despacho seguía siendo educada.
Seguía siendo respetuosa.
Pero algo había desaparecido.
Ya no parecía buscar su aprobación.
Y, por primera vez en muchos años...
Alaric tuvo la extraña impresión de que conocía mucho menos a su propia hija de lo que siempre había creído.