Araiya siempre supo cómo debía vivir: sin errores, sin escándalos, sin salirse del camino. La perfección era su refugio… hasta que conoció a Andrés.
Él es todo lo que ella debería evitar. Frío, dominante y acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida, Andrés no cree en el amor, solo en el poder. Pero hay algo en Araiya que no encaja en sus reglas, algo que lo desafía… y lo atrae de una forma que no puede detener.
Lo que comienza como una conexión prohibida pronto se convierte en un vínculo intenso, adictivo y peligroso. Entre decisiones impulsivas, secretos y un pasado que nunca deja de perseguirlos, ambos cruzan límites que cambiarán sus vidas para siempre.
Hasta que una traición lo destruye todo.
Cuando creen que ya no queda nada por salvar, aparece lo inesperado: una nueva vida que los une de una manera imposible de ignorar.
Ahora, entre el dolor, el orgullo y las segundas oportunidades, tendrán que decidir si el amor que los rompió… también puede ser el que los salve.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3
El auto avanzaba por la ciudad…
pero mi mente ya no estaba en el camino.
Seguía atrapada en todo lo que acababa de escuchar.
En las palabras que aún resonaban en mi cabeza…
en las verdades que empezaban a tomar forma…
y en las piezas que, poco a poco, comenzaban a encajar.
Pero no todas.
No todavía.
Y eso era lo que más inquietaba.
Porque cuando algo no encaja…
significa que aún hay algo oculto.
Algo que todavía no ves.
Algo que puede cambiarlo todo.
Apreté ligeramente el volante, manteniendo la vista fija al frente.
Las calles se extendían ante mí iluminadas por faroles y reflejos de neón.
Todo seguía su curso normal allá afuera.
Autos.
Gente.
Luces.
Como si nada estuviera pasando.
Como si el mundo no supiera…
que todo estaba a punto de complicarse.
Pero dentro del auto…
era diferente.
Cada segundo se sentía más pesado.
Más consciente.
Más… tenso.
Miré de reojo a Araiya.
Seguía en silencio.
Pero ya no era el mismo silencio de antes.
No era solo tristeza.
No era solo cansancio.
Ahora había algo más.
Algo más profundo.
Tensión.
De esa que no se ve… pero se siente.
De la que se instala en el cuerpo antes de que la mente logre entenderla.
Como si una parte de ella supiera…
que algo estaba por pasar.
Las luces de la ciudad se reflejaban en la ventana junto a ella,
dibujando sombras intermitentes sobre su rostro.
Entraban.
Desaparecían.
Volvían a aparecer.
Como recuerdos.
Como pensamientos que no se quedan quietos.
Por momentos parecía tranquila.
Casi en calma.
Pero era una ilusión.
Sus manos la delataban.
No dejaban de moverse.
Se entrelazaban.
Se separaban.
Volvían a buscarse con urgencia.
Una y otra vez.
Como si intentara mantenerse firme…
mientras algo dentro de ella amenazaba con romperse.
La observé un segundo más.
Y lo entendí.
No era solo miedo.
Era anticipación.
De la peor clase.
La que viene cuando sabes que algo malo…
ya empezó…
aunque aún no lo veas de frente.
—¿Te ha buscado? —pregunté finalmente.
Mi voz rompió el silencio,
pero no la tensión.
Salió más tranquila de lo que me sentía por dentro.
Porque por dentro…
ya estaba preparándome.
Para lo que fuera que viniera.
Araiya tardó unos segundos en responder.
Como si tuviera que ordenar sus pensamientos antes de soltarlos.
—No directamente…
Asentí levemente.
Pero no me relajé.
—Pero sí lo ha intentado.
Ella bajó la mirada.
Y ese pequeño gesto…
fue suficiente confirmación.
—Sí.
El ambiente dentro del auto se volvió más denso.
Más serio.
Porque eso significaba algo claro.
Esto no era nuevo.
Esto llevaba tiempo.
Y si llevaba tiempo…
significaba que alguien había estado moviendo piezas en silencio.
Esperando el momento adecuado.
—¿Cómo? —pregunté.
Sus dedos se detuvieron por un instante.
Solo un segundo.
Pero lo noté.
—Personas… llamadas… mensajes que no vienen de él… —dijo finalmente— pero que claramente son suyos.
Mi expresión se endureció.
Eso no era insistencia.
No era casualidad.
Era control.
Frío.
Calculado.
—¿Qué dicen?
Ella dudó.
Y esa duda…
no me gustó nada.
—Araiya.
Mi tono bajó.
No fue brusco.
Pero sí firme.
—Que no puedo esconderme… —susurró al final—. Que esto no se ha terminado…
Su voz se quebró apenas.
Pero continuó.
—…que tarde o temprano voy a tener que aceptar lo que me corresponde.
Algo dentro de mí cambió en ese momento.
No fue enojo.
No todavía.
Fue algo más frío.
Más peligroso.
Más controlado.
—¿“Lo que te corresponde”? —repetí, con la voz baja—. ¿Así lo ve?
Araiya no levantó la mirada.
—Para él… esto es un trato pendiente.
Mi mandíbula se tensó.
—Tú no eres un trato.
El silencio que siguió…
fue respuesta suficiente.
Porque la forma en que cerró los ojos por un segundo…
lo dijo todo.
Y en ese instante…
supe que esto ya no era solo un problema.
Era algo personal.
Y apenas estaba empezando.
La ventana del auto negro bajó lentamente.
Demasiado lento.
Como si quien estuviera del otro lado no tuviera prisa.
Como si disfrutara cada segundo…
cada reacción…
cada latido contenido dentro de este momento.
El tiempo pareció distorsionarse.
Alargarse.
Volverse espeso.
Irreal.
Mis manos permanecieron firmes sobre el volante.
Pero por dentro…
todo en mí estaba en alerta.
Cada sonido.
Cada movimiento.
Cada detalle.
Listo.
Preparado.
Esperando.
Y entonces…
lo vi.
Un hombre joven.
Bien vestido.
Demasiado bien vestido para alguien que aparece en una situación como esta.
Su ropa no gritaba lujo…
lo insinuaba.
Con precisión.
Con control.
Como alguien que no necesita demostrar nada…
porque está acostumbrado a tenerlo todo.
Su postura era relajada.
Pero no descuidada.
Era calculada.
Dominante.
Como si incluso en algo tan simple como sentarse…
estuviera marcando territorio.
Y su mirada…
fue directa.
Sin rodeos.
Sin distracciones.
No me vio primero a mí.
No analizó el entorno.
No dudó.
Fue directo a ella.
A Araiya.
Como si todo lo demás…
no existiera.
Y en cuanto la reconoció…
sonrió.
Pero no fue una sonrisa cualquiera.
No fue amable.
No fue cálida.
Fue posesiva.
Segura.
Como la de alguien que cree haber encontrado algo…
que nunca dejó de ser suyo.
—Vaya… —dijo con tono relajado, casi divertido—. Pensé que tendría que buscarte más tiempo.
Sentí el cambio en Araiya sin necesidad de mirarla.
Su cuerpo se tensó por completo.
No fue un gesto leve.
Fue instintivo.
Profundo.
Como si su cuerpo reaccionara antes que su mente.
—No… —susurró apenas.
Ese pequeño sonido…
fue suficiente.
No aparté la vista del frente.
Pero mi voz salió firme.
—¿Lo conoces?
—Sí…
No necesitaba más.
—Entonces es él.
El hombre soltó una risa baja.
Controlada.
Segura.
—Así que sí me recuerdas…
Araiya no respondió.
Pero su silencio…
fue más claro que cualquier palabra.
—Eso me gusta —continuó él—. No me gustan las cosas complicadas.
Apreté ligeramente el volante.
Mis nudillos se tensaron.
Pero mi voz…
no cambió.
—Entonces te equivocaste de persona.
Por primera vez…
su mirada se desvió hacia mí.
Y en ese instante…
me midió.
No como alguien normal.
Sino como alguien que está acostumbrado a evaluar.
A decidir rápido.
A clasificar a las personas en dos grupos:
los que importan…
y los que estorban.
Me recorrió de arriba abajo.
Sin respeto.
Sin prisa.
Como si estuviera calculando cuánto valía mi presencia en su juego.
—¿Y tú eres…? —preguntó con una ligera inclinación de cabeza.
—Alguien que no te conviene conocer.
Su sonrisa cambió apenas.
Un gesto mínimo.
Pero significativo.
—Interesante.
Se acomodó en el asiento.
Sin perder el control.
Sin perder la ventaja que creía tener.
—Pensé que tendrías mejor gusto —dijo, volviendo a mirar a Araiya—. Pero supongo que después de tanto tiempo… uno baja sus estándares.
Algo dentro de mí se tensó.
No fue impulso.
No fue rabia descontrolada.
Fue algo más peligroso.
Control… antes de romperse.
—Sigue hablando —dije con calma.
Demasiada calma.
De la que incomoda.
De la que advierte.
Sentí la mano de Araiya sobre mi brazo.
Ligera.
Pero firme.
—Andrés… no vale la pena…
Pero él ya había cruzado una línea.
Y lo sabía.
—¿Sabes quién soy? —preguntó con ese tono típico de quien espera reconocimiento inmediato.
Giré apenas el rostro.
Lo suficiente.
—No.
Por un segundo…
su sonrisa desapareció.
Solo uno.
Pero lo noté.
—Deberías.
—No.
El silencio que siguió…
no fue incómodo para mí.
Fue incómodo para él.
Porque no estaba acostumbrado a eso.
A no ser reconocido.
A no ser importante.
A no ser el centro.
—Soy quien va a resolver este problema —dijo finalmente, con frialdad.
—Tú eres el problema.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
Y esta vez…
sí reaccionó.
—Ten cuidado con cómo hablas.
—Ten cuidado con lo que haces.
La tensión se volvió palpable.
Cortante.
Pesada.
Como si una sola palabra más pudiera romper el equilibrio.
Araiya apretó un poco más mi brazo.
—Por favor…
Pero yo no iba a retroceder.
No ahora.
No con él enfrente.
El hombre soltó una risa corta.
Seca.
—Me agradas… tienes carácter.
Se inclinó ligeramente hacia la ventana.
Más cerca.
Más invasivo.
—Pero eso no te va a servir de nada.
—Ya veremos.
—No —corrigió, con una leve sonrisa—. Ya estoy viendo.
Y entonces…
su mirada volvió a ella.
Pero esta vez…
no fue solo interés.
Fue algo peor.
Posesión.
Fría.
Segura.
Inquietante.
—Esto no ha terminado.
Araiya tragó saliva.
—Nunca empezó.
Él sonrió.
Pero ahora…
había algo más oscuro.
Más peligroso.
—Eso es lo que tú crees.
El aire dentro del auto se volvió irrespirable.
Como si todo estuviera al borde de romperse.
Y en ese instante…
entendí algo con total claridad.
Esto ya no era solo una amenaza.
Era un juego.
Y él…
estaba convencido de que ya lo estaba ganando.
El aire dentro del auto se volvió pesado.
Denso.
Casi irrespirable.
Como si cualquier palabra más…
pudiera romper el equilibrio por completo.
No aparté la mirada.
No de él.
No ahora.
—Escúchame bien —dije, bajando la voz.
No necesitaba elevarla.
El tono… era suficiente.
—Si crees que puedes obligarla a algo… estás perdiendo el tiempo.
El hombre ladeó ligeramente la cabeza.
Analizándome.
Midiendo cada palabra.
—¿Y tú qué eres? —preguntó con una leve sonrisa—. ¿Su guardaespaldas?
No dudé.
No esta vez.
—Lo que necesite ser.
El silencio que siguió…
no fue vacío.
Fue tenso.
Cargado de algo que ninguno estaba dispuesto a soltar primero.
Y entonces…
sonrió.
Pero no como antes.
Esta vez…
había interés real.
—Eso suena peligroso…
—Para ti.
Sus ojos brillaron apenas.
No con miedo.
Con desafío.
Como si esto… le resultara entretenido.
Como si yo no fuera una amenaza…
sino un nuevo elemento en su juego.
Araiya soltó el aire lentamente a mi lado.
—Esto no va a terminar bien… —susurró.
—Eso depende de él —respondí sin apartar la mirada.
El hombre nos observó unos segundos más.
Demasiados.
Como si ya estuviera pensando en el siguiente movimiento.
En la siguiente jugada.
En cómo doblar la situación a su favor.
Y entonces…
sonrió.
Pero no era una sonrisa cualquiera.
Era de esas que se quedan.
De las que no se olvidan.
De las que regresan…
y traen problemas con ellas.
—Esto se va a poner interesante.
Sus palabras no sonaron como amenaza directa.
Sonaron peor.
Como una promesa.
Subió la ventana lentamente.
Sin prisa.
Como si ya hubiera obtenido lo que quería.
Como si ese momento…
le hubiera confirmado algo.
Y en el siguiente segundo…
aceleró.
El auto negro avanzó junto a nosotros…
y luego se adelantó.
Desapareciendo entre las luces de la ciudad como si nunca hubiera estado ahí.
Pero no se fue del todo.
Porque dejó algo atrás.
Algo invisible…
pero imposible de ignorar.
Una advertencia.
El silencio regresó al interior del auto.
Pero ya no era el mismo.
No era el de antes.
Era más cercano.
Más cargado.
Más real.
Araiya soltó lentamente el aire que parecía haber estado reteniendo todo este tiempo.
—Siempre fue así… —murmuró.
—¿Así cómo?
—Seguro de que todo le pertenece.
La miré de reojo.
—Pues se equivocó de persona.
Ella giró hacia mí.
Y por primera vez desde que todo empezó…
sonrió.
Pequeño.
Frágil.
Pero real.
—No sé si debería sentirme más tranquila… o más preocupada contigo.
No pude evitar devolverle la sonrisa.
Apenas.
—Te conviene confiar en mí.
Ella sostuvo mi mirada unos segundos.
Más tiempo del necesario.
Como si estuviera buscando algo.
Como si intentara decidir… si dar ese paso o no.
—Eso es lo que más miedo me da…
Sus palabras no sonaron como rechazo.
Sonaron como verdad.
De esas que no se dicen fácilmente.
De esas que salen…
cuando ya no queda otra opción.
Y eso…
me gustó más de lo que debería.
Volví la vista al camino.
Pero ahora…
ya no era el mismo trayecto.
Ya no era solo llevarla a casa.
Ahora era otra cosa.
Algo más grande.
Más peligroso.
Más personal.
Apreté el volante con firmeza.
Mi mente ya no estaba reaccionando.
Estaba planeando.
Moviendo piezas.
Anticipando.
Porque si ese tipo creía que esto era un juego…
entonces no tenía idea…
de con quién se acababa de meter.
Mis ojos se fijaron en el camino, más fríos.
Más decididos.
Porque esto…
ya no era solo sobre protegerla.
Era sobre detenerlo.
Antes de que diera el siguiente paso.
Antes de que volviera a acercarse.
Antes de que creyera…
que podía ganar.
Porque esta vez…
no iba a ser así.
Porque esta vez…
yo no iba a mirar desde lejos.
No iba a llegar tarde.
No iba a fallar.
Y si tenía que convertir esto en una guerra…
entonces lo haría.
Sin dudar.
Sin retroceder.
Sin perder.
Porque hay personas que no entienden con palabras…
solo con consecuencias.
Y él…
estaba a punto de aprenderlo.