Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 17
El roce de sus labios fue el detonante que hizo volar por los aires el último rastro de cordura que quedaba en el penthouse.
Cuando la boca de Ethan finalmente se estampó contra la de Julia, no hubo vacilación ni sutilezas; fue una explosión de pura combustión espontánea, el desahogo violento de una tensión que venía acumulándose desde el primer día que cruzaron miradas. Ethan la arrastró contra su cuerpo con una posesividad salvaje, hundiéndole los dedos en la seda del vestido negro, mientras Julia le rodeaba el cuello con los brazos, respondiendo al beso con la misma intensidad frenética. El olor a sándalo, el champú de manzanilla, la adrenalina de haber escapado de la muerte y el calor de la piel se mezclaron en un torbellino que les nubló el juicio.
Ethan la empujó suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Julia tocó la isla de mármol de la cocina. Sus manos subieron por su cintura, perdiéndose en sus curvas, mientras los labios de ella se abrían con un gemido sordo que él devoró de inmediato. La frialdad del magnate y el sarcasmo de la niñera se derritieron por completo bajo el fuego de una atracción incontrolable.
Sin embargo, justo cuando la intensidad amenazaba con salirse de control y los botones de la camisa negra de Ethan cedían ante los dedos ansiosos de Julia, un sonido estridente y agudo rasgó el silencio de la penumbra.
*—¡Buaaaa! ¡Buaaaaa!*
El llanto de Mia, amplificado por el monitor de bebés digital sobre la barra, resonó en toda la sala como una alarma de evacuación.
El impacto de la realidad los golpeó de frente.
Ethan se detuvo en seco, con los labios entreabiertos y la respiración tan agitada que parecía haber corrido un maratón. Julia abrió los ojos, parpadeando con la mirada nublada por la pasión, y bajó las manos de sus hombros de inmediato. Se quedaron inmóviles durante dos segundos eternos, a milímetros de distancia, mirando el monitor que seguía parpadeando con la frecuencia del llanto de la pequeña.
—Mia... —consiguió articular Julia, con la voz rota y los labios hinchados.
—Sí. La mini-persona —respondió Ethan, aclarándose la garganta con un tono de voz que intentó, sin éxito, sonar firme.
Se separaron con una torpeza casi ridícula. Julia se acomodó los tirantes del vestido de seda con las manos temblorosas, evitando mirarlo a los ojos, mientras Ethan se pasaba una mano por el cabello revuelto y recogía su saco del suelo con un movimiento brusco. La burbuja de magnetismo animal se había roto, dejando en su lugar la cruda realidad de que eran dos personas atrapadas en un laberinto peligroso.
—Yo... voy a ver qué necesita —susurró Julia, dándose la vuelta rápido y encaminándose hacia las escaleras sin mirar atrás.
Ethan no la siguió. Se quedó de pie en la cocina, apoyando las manos en el mármol frío, escuchando cómo sus propios latidos intentaban regresar a la normalidad mientras la luz de la ciudad se filtraba por el ventanal.
Al día siguiente, el penthouse se transformó en un campo de batalla de cortesía helada y tensión eléctrica insoportable.
El sol de la mañana iluminaba el minimalismo del lugar, pero el ambiente era tan denso que se podía cortar con un cuchillo de cocina. Julia ya estaba en la planta baja, vistiendo sus habituales pantalones de mezclilla y una playera cómoda, meciendo a Mia mientras le daba el biberón. Evitaba mirar hacia las escaleras, pero cada vez que escuchaba un ruido, su corazón daba un vuelco incómodo.
Estaba confundida. Muy confundida. Había entrado a trabajar en ese lugar convencida de que Ethan Vance era un monstruo corporativo arrogante y superficial, un millonario acostumbrado a comprarlo todo. Pero la noche anterior había visto al hombre real detrás de la fachada: el protector feroz que le había tomado la mano para salvarla, el padre que se desvelaba por una bebé que acababa de conocer y el hombre cuyos besos le habían encendido el alma. Se estaba enamorando, y esa realización la aterraba.
A las nueve, Ethan bajó las escaleras. Había vuelto a ponerse la armadura: un traje de tres piezas azul marino impecable, la corbata perfectamente alineada y el cabello peinado hacia atrás con gel de precisión. Su rostro era una máscara de piedra. Había pasado la noche en vela recordándose a sí mismo que las emociones eran una mala inversión, un riesgo no calculado que podía destruir su concentración. Tenía que volver a su fachada de CEO frío y distante para protegerse de lo que estaba empezando a sentir por la niñera.
Caminó hacia la cocina, ignorando olímpicamente la presencia de Julia en el sofá, aunque cada fibra de su cuerpo estaba consciente de su posición.
—Giselle dejará los suministros de la semana en la conserjería —dijo Ethan con una voz monótona, formal, como si estuviera dictando un memorándum de la empresa—. Marcus mantendrá el perímetro blindado. No saldrás del edificio bajo ninguna circunstancia. La información sobre Elena Novak indica que las cosas se van a poner complicadas y necesito que te enfoques exclusivamente en la seguridad de la menor.
Julia apretó los dientes, sintiendo el aguijonazo de la indiferencia fingida de su jefe. El tono de "CEO implacable" le sentó como una patada en el estómago tras la intensidad de la noche anterior.
—Entendido, *Señor Vance* —respondió Julia, remarcando el apellido con un sarcasmo que ocultaba su dolor—. No se preocupe. Mi contrato especifica que soy la niñera, no su socia de aventuras nocturnas. Me enfocaré en la bebé. Puede irse a salvar el mercado financiero con total tranquilidad.
Ethan se congeló por un microsegundo con la taza de café en la mano. La distancia formal que él mismo había impuesto dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir. Miró de reojo a Mia, que lo observaba desde los brazos de Julia con esos ojos gigantescos y oscuros, y luego clavó la vista en los labios rojos de Julia, que hoy lucían naturales pero que él recordaba perfectamente bien.
—Perfecto. Mantengamos las líneas profesionales claras —cortó Ethan, dejando la taza sobre la barra con un sonido seco.
Tomó su portafolio y caminó hacia el ascensor privado sin decir una sola palabra más. Cuando las puertas de metal se cerraron, el penthouse quedó sumergido en un silencio cargado de electricidad. Julia soltó un suspiro largo, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sofá, mientras Mia soltaba un balbuceo feliz, ajena por completo a la guerra fría que sus cuidadores acababan de declarar.