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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:51.8k
Nilai: 4.9
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: Nuevo look, viejo truco.

Sofía Herrera llegó a la mansión un martes a las diez de la mañana con dos maletas de maquillaje, una bolsa con herramientas de pelo que parecían instrumentos de tortura medieval y la actitud calmada de una mujer que había vestido a esposas de políticos, amantes de empresarios y una vez, según le contó después, a una testigo protegida que necesitaba verse como otra persona en menos de tres horas.

—Señora Antonov, es un placer —dijo al entrar, y lo dijo sin recorrerla de arriba abajo, sin la pausa calculada de Natasha, sin el gesto vago que abarcaba todo su cuerpo como un diagnóstico. Simplemente la miró a la cara como si eso fuera lo único que importaba.

Me cae bien esta mujer. No me mira como si fuera un proyecto de caridad.

Se encerraron en la habitación y Sofía le hizo preguntas que nadie le había hecho nunca a Emilia: qué colores le gustaban, qué telas le resultaban cómodas, si prefería el pelo recogido o suelto, si le molestaba que le tocaran la cara. Vincent contestó con la honestidad brutal de alguien que no tiene tiempo para fingir.

—No me pongo vestidos ni faldas. No uso tacones altos. Quiero poder moverme, sentarme y caminar sin que nada me apriete, me jale o me haga sentir que estoy disfrazada. Y necesito aprender a hacer todo esto sola porque no pienso depender de nadie para verme en el espejo.

Sofía asintió como si le hubieran dado las instrucciones más razonables del mundo.

—Entonces trabajamos con lo que te gusta. Pantalones de corte recto que estilicen sin apretar, blazers estructurados que te den forma arriba, camisas de buena tela que no peleen con tu pecho, zapatos planos pero con diseño. Tu estilo ya existe, solo hay que afinarlo.

El maquillaje fue otra negociación. Vincent se negó a cualquier cosa que lo hiciera sentir como si llevara una máscara, así que Sofía le enseñó lo mínimo: una base ligera que emparejaba el tono, un delineador sutil que agrandaba los ojos sin parecer artificial y un labial neutro que definía los labios sin gritar. Veinte minutos de rutina, no más.

—Los ojos son tu mejor arma —le dijo Sofía mientras le mostraba cómo difuminar la sombra—. Grandes, expresivos, del color de la miel. Cuando aprendas a usarlos, la gente va a dejar de mirarte el cuerpo.

En mi época la mejor arma era un revólver. Pero me adapto.

El pelo fue lo que más le costó aceptar. Sofía se lo cortó hasta los hombros, le sacó capas que le daban movimiento en lugar de peso muerto, y le enseñó a hacerse tres peinados básicos que no requerían más de cinco minutos. Cuando terminó, Vincent se miró en el espejo y la mujer que le devolvió la mirada no era la Emilia de los Mendoza ni la Emilia de la pijama de vaca. Era alguien nuevo, alguien que se parecía a lo que Vincent habría sido si hubiera nacido mujer: directa, seria, con una presencia que no pedía permiso.

Esto funciona. Esto soy yo.

—Una cosa más —le dijo a Sofía antes de que se fuera—. Necesito aprender sobre tecnología, computadoras, todo lo de esta época. No fui a la universidad y hay cosas que nunca me enseñaron. ¿Conoces a alguien que pueda darme clases privadas? Alguien discreto.

Sofía la miró con curiosidad pero no preguntó por qué una mujer de veintitantos años necesitaba que le enseñaran desde cero, porque las profesionales no hacen preguntas que sus clientes no quieren responder.

—Tengo a alguien perfecto. Te envío el contacto esta noche.

Se despidieron en la puerta de la habitación. Sofía se fue con sus maletas y Vincent se quedó solo frente al espejo, tocándose el pelo corto con una sensación extraña que no era vanidad sino algo más parecido a reconocimiento, como cuando encuentras una herramienta que no sabías que necesitabas y de repente entiendes que te hacía falta.

Guardó la tarjeta de Sofía en el cajón de la mesita de noche, junto al diario de Emilia que había traído escondido en el bolso desde la mansión Mendoza. Dos cosas que eran suyas. Dos cosas que nadie le había dado por obligación ni por lástima.

Mañana empiezo con las clases. Hoy fue suficiente.

Al otro lado de la ciudad, en el piso cuarenta y dos de una torre de cristal que llevaba el apellido Antonov grabado en letras de acero sobre la entrada, Vicente Antonov estaba sentado detrás de un escritorio que costaba más que algunos apartamentos de Manhattan, leyendo un informe que le estaba arruinando la tarde.

El informe era sobre su esposa.

Lo había encargado tres días después de la boda, porque Vicente Antonov no era el tipo de hombre que se casaba con una desconocida y se conformaba con lo que le habían contado. El primer informe, el que usó para seleccionarla, lo hizo un investigador que claramente se había ganado el cheque sin trabajar demasiado: Emilia Mendoza, veintiséis años, hija de Arturo Mendoza, sin estudios universitarios, sin vida social, sin antecedentes, sin nada. Una mujer vacía en el papel, perfecta para lo que necesitaba.

Pero el segundo informe, el que tenía en las manos ahora, contaba una historia diferente.

La mujer que aparecía en ese informe no se parecía en nada a la que describía el primero. Después de la muerte de su primer marido —Harold Whitmore, un infarto según el certificado médico, aunque el investigador señalaba que la rapidez con la que se cerró el caso era inusual y que la familia pagó cantidades considerables para evitar una autopsia—, Emilia desapareció durante varios días. No fue a un hotel normal ni a casa de una amiga: se escondió en un hotelucho del Bronx pagando en efectivo, sin identificación, como alguien que sabe esconderse o que está desesperado por desaparecer.

Después fue arrestada por robo en una tienda. Sin identificación. Sin poder explicar quién era ni dónde vivía. Y horas después su padre pagó la fianza y se la llevó.

Antonov dejó el informe sobre el escritorio y se reclinó en la silla mirando el techo con la expresión de un hombre que está rearmando un rompecabezas al que le sobran piezas.

Una mujer sumisa que nunca habla no desaparece durante días, no se esconde en hoteles de mala muerte pagando en efectivo y no roba en tiendas. Una mujer que es el tapete de su familia no me dice "me importa una mierda" a la cara en un auto ni le cierra la boca a mi hermano en su primer día en la mansión.

¿Quién eres, Emilia Mendoza?

Su teléfono sonó. La recepcionista de la planta baja.

—Señor Antonov, tiene una visita. Dice que es familiar de su esposa. Una señorita Valentina Mendoza.

Antonov miró el informe sobre el escritorio, donde el nombre Valentina aparecía mencionado como hermanastra de Emilia, la hija de la segunda esposa del padre, sin vínculo de sangre con su esposa pero con un historial de convivencia que el investigador describía como "conflictivo".

—Que suba —dijo.

Guardó el informe en el cajón del escritorio con la calma de un hombre que nunca deja información a la vista, se acomodó en la silla y esperó.

Valentina entró tres minutos después.

Traía el pelo suelto cayéndole sobre los hombros como una cortina dorada, una minifalda que apenas cubría lo estrictamente legal, una blusa que insinuaba más de lo que tapaba y unos tacones que convertían sus piernas en el argumento principal de cualquier conversación. Caminó hasta el escritorio con la confianza de una mujer que sabe exactamente lo que lleva puesto y por qué lo lleva, y le dedicó a Antonov una sonrisa que era menos un saludo y más una propuesta.

—Espero no interrumpir —dijo, cerrando la puerta detrás de ella con un clic suave que Antonov registró como lo que era: una declaración de intenciones.

—No recuerdo tener una cita contigo —dijo Antonov sin levantarse.

—No la tienes. Pero creo que podemos encontrar un hueco en tu agenda.

Antonov la miró. La evaluó con la misma frialdad con la que evaluaba todo: una oportunidad, un riesgo, un movimiento en un tablero que solo él veía completo. Valentina era exactamente lo que parecía: una mujer guapa que quería algo y estaba dispuesta a usar lo que tenía para conseguirlo. No era complicada, no era un misterio, no era un rompecabezas con piezas que no encajaban.

Era lo opuesto a su esposa. Y en este momento, lo opuesto a su esposa era algo que podía entender.

Lo que siguió fue exactamente lo que Valentina había planeado y exactamente lo que Antonov permitió que pasara, no porque ella lo hubiera seducido sino porque él era un hombre que tomaba lo que quería cuando lo quería y Valentina se lo estaba ofreciendo sin condiciones aparentes. Fue en el sofá del despacho, con las persianas cerradas, rápido y sin nada que se pareciera a la ternura. Antonov no le susurró al oído ni le acarició la cara ni hizo ninguna de las cosas que Valentina había imaginado en su fantasía de conquistar al hombre más poderoso que había conocido. Fue funcional, eficiente y desprovisto de cualquier emoción que no fuera la más básica.

Cuando terminó, se levantó, se acomodó la ropa y volvió a su escritorio como si estuviera pasando al siguiente punto de la agenda.

Valentina se quedó en el sofá recomponiéndose, con el pelo revuelto y una sonrisa de victoria que le duró exactamente hasta que Antonov abrió la boca.

—Ya puedes irte.

Sin mirarla. Revisando documentos.

—¿Perdona?

—La puerta es esa.

El silencio de Valentina fue el silencio de una mujer procesando la distancia entre lo que esperaba y lo que estaba pasando. Esperaba conversación, interés, que él la mirara como miran los hombres a una mujer como ella después de haber estado con una mujer como Emilia. Esperaba ser vista.

Lo que obtuvo fue la espalda de un hombre que ya estaba en otro asunto.

—Pensé que podríamos hablar —dijo, poniéndose de pie y alisándose la minifalda.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros. Sobre esto.

Antonov levantó la vista y la miró con unos ojos que no tenían nada detrás que se pareciera al afecto.

—No hay ningún nosotros. Viniste, te di lo que buscabas y ahora te vas. Si vuelves, te recibiré o no dependiendo de mi agenda. Pero si crees que esto te da algún derecho, alguna posición o algún acceso a mi vida, estás confundiendo las cosas de una manera que no te conviene.

Valentina salió del despacho con la espalda recta y la mandíbula apretada, caminando con esos tacones que ya no sonaban a confianza sino a retirada.

Pero Valentina Mendoza no era de las que aceptaban un no. Y un hombre que la descartaba con esa facilidad no era un hombre al que abandonar sino un hombre al que conquistar.

La gorda no va a durar, pensó esperando el ascensor. Y cuando caiga, yo voy a estar ahí para recoger lo que deje.

Lo que Valentina no sabía era que arriba, en el despacho del piso cuarenta y dos, Antonov había sacado el informe del cajón y lo había abierto de nuevo en la página donde aparecía una línea que antes no le había llamado la atención pero que ahora, después de conocer a la hermanastra de su esposa, brillaba como una señal de alarma:

"La muerte de Harold Whitmore fue certificada como infarto. Sin embargo, las fuentes hospitalarias consultadas presentan inconsistencias en los tiempos y procedimientos. Se recomienda profundizar la investigación."

Antonov cerró el informe y miró por la ventana de su oficina hacia una ciudad que se extendía hasta el horizonte llena de secretos que la gente creía bien guardados.

¿Quién eres, Emilia Mendoza? ¿Y qué pasó realmente con tu primer marido?

1
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
Luisa Esperanza Bautista Angarita
mil felicitaciones
Luisa Esperanza Bautista Angarita
lastima que se acabó
Chanylu💕
Uhmm muy rápido para que sea náuseas matutina recién paso una semana.. O no?
🥀Mia♡
.
Yolanda Plazola Arroyo
Hola Autora gracias por ésta novela me enamore de ella de Emilia y de Vicente
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/
Chanylu💕
Parezco loca riendo en la calle.... Es que no puedo más con sus sorpresas
Luisa Esperanza Bautista Angarita
me gustaría más si la nombran por emilia
Cliente anónimo
Espectacular
Rubí Salgado
me encanto la historia gracias por cada capitulo 👍👍👍👍👍❤️❤️❤️❤️❤️❤️
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