Impulsado por un afrodisíaco, una marca y la implacable presión del consejo de ancianos, el Rey Alfa se ve forzado a conseguir una Reina Luna mediante un contrato. Sin embargo, la palpable tensión entre ellos siembra la duda: ¿es su unión fruto de los sentimientos que han florecido con los años, una obligación contractual para asegurar el linaje lobuno de reyes alfas, o la innegable conexión de la marca que los une como almas gemelas?.
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Capitulo 2: La Marca
El roce de mis dedos sobre la marca en mi clavícula me ancla a la cruda realidad. ¿Cómo he terminado así? Nunca concebí la idea de ser marcado después de lo que sucedió con la reina Aylin, y mucho menos en un enredo propiciado por la ambición desmedida de alguien obsesionada con el título de Reina Luna. Esa obsesión condujo al desastre: mi Delta, intoxicada por un afrodisíaco accidental, se me echó encima con la ferocidad de una cazadora. Me vi forzado a invocar cada pizca de autocontrol que no sabía que tenía, luchando contra el impulso primitivo. A pesar de que no somos almas gemelas, su atractivo es innegable, y la libido lobuna es bien conocida. Mi cuerpo respondió, sí, pero la idea de aprovecharme de ella en tal estado de inconsciencia es impensable. No quería ser el blanco de su furia una vez que el efecto del afrodisíaco desapareciera.
Atrapado bajo el cuerpo de Astrid, sus besos ardientes me asaltaron en la cama. Con un esfuerzo, logré invertir la situación, solo para darme cuenta de que estaba bajo el efecto de un potente afrodisíaco. Aunque la solución más sencilla habría sido ceder a la intimidad, jamás la tocaría sin su consentimiento. Sin embargo, tampoco podía arriesgarme a que saliera de mi habitación en ese estado de vulnerabilidad.
Con la ayuda de Nyon y mi propia experiencia, basada en lecturas, comencé a guiarla para mitigar los efectos del afrodisíaco. Respondí a su beso con la misma ferocidad, una oleada de placer y dolor recorrió mi cuerpo, distrayéndome. Fue en ese instante que Astrid desgarró su ropa, revelando su cuerpo desnudo y hermoso, haciendo que mi autocontrol se tambaleara peligrosamente.
Astrid se aprovechó de mi momento de distracción, mientras yo me quede embelesado con la desnudez de su cuerpo. Con un movimiento rápido, rasgó también parte de mi ropa, dejándome solo en mis bóxers. Nos unimos de nuevo en un beso posesivo que no hizo más que avivar la llama, nublando mi juicio con el deseo. Al sentir que Astrid estaba completamente fuera de control por el afrodisíaco, me separé de sus labios justo a tiempo para evitar ir más allá. Deslicé mi boca hacia su intimidad, explorando con mis labios y lengua ese lugar prohibido que jamás imaginé conocer. Su sabor, sin embargo, me cautivó de una forma que nunca habría creído posible. Cuando Astrid sintió la invasión de mi boca, se aferró a mi cabello y arqueó la espalda, estremeciéndose de placer. Unos cuantos movimientos más de mi boca y lengua la llevaron al éxtasis, haciendo que sus piernas temblaran sin poder controlarlo.
Mientras Astrid se recuperaba del orgasmo, puse a prueba mi autocontrol. Me puse unos pantalones deportivos, esperando que la ropa frenara el inevitable avance. Apenas logré abrocharlos cuando Astrid me devoró con sus labios de nuevo. Sentado al borde de la cama, ella se montó a horcajadas sobre mí, desnuda, su intimidad rozando mis pantalones y haciendo que mi erección doliera por la frustración de no tener mi propia liberación. Parecía que el afrodisíaco no había nublado del todo su percepción, porque pronto comenzó a moverse sobre mí, de arriba abajo y en pequeños círculos. Su cuerpo embestía mi erección a través de la tela, y gemí por el placer de esa fricción. Afiancé mi agarre en sus caderas y la atraje con más fuerza contra mí hasta que ambos alcanzamos el éxtasis. En ese instante de abandono, Astrid hundió sus dientes cerca de mi clavícula, marcándome como suyo.
__Y así es como terminaste marcándome como tuyo__. Concluí el relato a Astrid, quien me observa con una mezcla de incredulidad, vergüenza y una profunda molestia. La voluntad de la diosa Luna ha sido ignorada, y las consecuencias han caído sobre nosotros.
Yo, por mi parte, lucho por mantener la mirada lejos de su rostro. Cada detalle de la noche anterior, cada roce, regresa con una oleada de calor que me invade. El hecho de que este en mi cama, apenas cubierta por una sábana, solo intensifica la tensión. Tragué saliva, manteniéndome a una distancia prudente; la marca en mi clavícula, pulsante y visible, es un recordatorio constante, avivando un deseo casi incontrolable de acortar la distancia.
__Lo siento, alfa. Ahora lo recuerdo todo y no sabe cuánto lamento haberlo puesto en una situación tan incómoda. Pero también estoy agradecida, porque si me hubiera echado de su habitación en ese estado, lo más probable es que hubiera amanecido en la cama de cualquier otro lobo, uno que no tendría su mismo control para no aprovecharse de mi excitación__. Asiento ante las palabras de Astrid, porque sé que ella jamás me habría marcado consciente, ni siquiera me habría besado. Y ahora, gracias a una loca y un afrodisíaco, estamos unidos.
__No tienes que disculparte, Astrid. Lo que pasó no es tu culpa; es de esa loba que intentó seducirme con un afrodisíaco para escalar posiciones. Solo arruinaste sus planes, y entre ella y tú, siempre te elegiré a ti__. Hice una pausa, y su mirada se encontró con la mía.
__Ahora, tenemos que resolver lo de la marca. Sabes bien que una marca entre lobos es irreversible, a menos que se rechace. Y tú y yo ya pasamos por un rechazo, lo que significa que un nuevo rechazo podría ser fatal para ambos__. Astrid abrió los ojos, asimilando mis palabras. Parece que no había considerado las implicaciones de haberme marcado como suyo, de haberme reclamado como su compañero.
__Si la marca está en mi cuello, quiere decir que, aunque no seamos almas gemelas, la diosa Luna la aprobó__. Continué.
__Debemos permanecer juntos, incluso si es a través de un contrato mutuamente beneficioso__. En el fondo, y aunque no lo había pensado hasta ahora, después de lo de anoche, la idea de estar unido a Astrid no me desagrada en absoluto.
__Lo lamento, Alfa__. Susurró Astrid con una pena palpable.
__Ahora estás unido a mí por haber bebido un vino que originalmente era para tí__. Se incorporó de la cama, y la sábana que la cubría se desprendió suavemente, exponiendo su figura. Cerré los ojos al instante, luchando contra el impulso de saltarle encima y tomarla como mía, de la misma forma en que ella me había tomado.