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CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

CERO EN CONDUCTA MI QUERIDA SECRETARIA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Chiquitas

romance, contrato, amor, diversión

NovelToon tiene autorización de Chiquitas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7: Tres tenedores y una lengua de plata

Alexander Zenith sentía que estaba caminando hacia su propia ejecución. El restaurante del hotel Grand Zenith, en el piso 49, era un santuario de silencio, cristalería de Murano y platos que tenían nombres en francés que ni él mismo sabía pronunciar correctamente.

A su lado, Elena caminaba dando saltitos, intentando acostumbrarse a un vestido tipo lápiz que Liam le había obligado a ponerse.

—Jefe, ¿por qué caminamos tan lento? Parece que vamos a un funeral. Y además, tengo un hambre que me comería un cable de alta tensión. Espero que aquí sirvan raciones de verdad y no esas cositas que parecen un botón en medio del plato.

—Elena, por millonésima vez: se llama fine dining —susurró Alexander, ajustándose la corbata con manos temblorosas—. Vanessa está sentada en la mesa del rincón. No digas "chévere", no hables con los mesoneros como si fueran tus primos y, por el amor de Dios, no uses el tenedor del pescado para la ensalada.

—¡Ay, ya empezó el profesor! —Elena le dio un codazo que casi lo hace perder el equilibrio—. Usted relájese. Si ella me busca la lengua, me va a encontrar el diccionario entero.

Vanessa Thorne los esperaba luciendo un conjunto de Chanel color crema y una sonrisa que recordaba a un tiburón oliendo sangre. Cuando vio a Elena, sus ojos brillaron con malicia.

—Alexander, querido. Puntual como siempre —dijo Vanessa, ofreciendo su mejilla para un beso que él apenas rozó—. Y tú... Elena, ¿verdad? Qué interesante elección de vestuario. Muy... ajustado.

—Es para que no se me escape el sentido del humor, doña Vanessa —respondió Elena, sentándose de golpe y haciendo que los cubiertos tintinearan—. Un gusto verla otra vez. ¿Qué tal el tráfico? Dicen que la gente con carros tan grandes siempre llega tarde porque no saben dónde estacionar.

Vanessa parpadeó, desconcertada, mientras Alexander se hundía en su silla. El camarero se acercó y dejó el menú.

—Hoy tenemos un Amuse-bouche de espuma de trufa blanca con aire de mar —anunció el joven con elegancia.

—¿Aire de mar? —Elena miró al camarero como si le estuviera tomando el pelo—. Joven, para aire de mar me voy a la playa. ¿No tienen algo que llene? Un pancito, una galletita, algo que no sea... aire.

Alexander le dio una patada por debajo de la mesa.

—Lo que el chef sugiera está bien —intervino él rápidamente, sudando frío.

Vanessa soltó una risita cristalina.

—Es tan refrescante ver a alguien tan... sin pulir, Alexander. Dime, Elena, en Londres, ¿en qué parte decías que vivía tu familia? Porque tienes un acento que suena muy... exótico. Casi parece que vinieras de algún lugar donde el metro es el transporte principal.

Elena sintió el aguijón. Sabía que Vanessa la estaba llamando "pobre" de forma elegante. Alexander se puso rígido, esperando el desastre.

—¿El acento? —Elena tomó la copa de agua y bebió un sorbo largo antes de seguir—. Es que mi familia es de mundo, Vanessa. Mi papá siempre decía que hablar como si tuvieras una papa en la boca es de gente insegura. Y sobre el metro... pues sí, me encanta. Es el único lugar donde ves a la gente de verdad, no como en estos restaurantes donde todos parecen figuras de cera que si se ríen se les cae la cara. Debería probarlo un día, igual le ayuda a que se le quite esa palidez de fantasma que tiene.

Alexander casi escupe su vino. Vanessa se quedó lívida.

—¡Qué insolencia! Alexander, ¿de dónde sacaste a esta mujer?

—De un lugar donde no nos enseñan a lamerle las botas a nadie —interrumpió Elena, agarrando un tenedor (el equivocado, por supuesto) y señalando a Vanessa—. Mire, doña, vamos a hablar claro. Usted está aquí para ver si yo soy una "Davenport" de verdad o si soy un invento. Y yo estoy aquí porque tengo hambre. ¿Por qué no dejamos de hacernos preguntas de examen y pedimos la comida? Porque si sigo comiendo "aire de mar", voy a terminar mordiendo la mesa.

En ese momento, el camarero trajo el primer plato: un pequeño trozo de salmón decorado con flores comestibles. Elena miró el plato, miró a Vanessa y luego a Alexander.

—Jefe, ¿esto es la comida o es el adorno? —preguntó Elena en voz alta, haciendo que las mesas vecinas se giraran—. ¡Si esto es el salmón, el pez debía ser un recién nacido! Joven —llamó al camarero—, ¿será que me puede traer un poquito de arroz o una arepa? Es que con esto no me llega ni a una muela.

Alexander se tapó la cara con las manos. Vanessa estaba en shock, disfrutando cada segundo del desastre que confirmaba sus sospechas.

—Es encantadora, Alexander —siseó Vanessa—. Una verdadera joya de la corona... de algún basurero.

Elena dejó el tenedor lentamente sobre el plato. Su mirada cambió. Ya no era la chica divertida, era la mujer que había sobrevivido a la calle.

—Mire, Doña Chanel. Podrá saber mucho de tenedores y de apellidos, pero no sabe nada de respeto. Alexander podrá ser un amargado y un estirado, pero al menos tiene el buen gusto de preferir a alguien que habla de frente antes que a una mujer que se cree reina porque tiene un apellido en la etiqueta de la ropa. Quédese con su salmón de juguete. Jefe —se levantó de la mesa, haciendo que la silla chirriara—, lo espero en la oficina. Me voy a comer algo de verdad.

Elena salió del restaurante con la cabeza en alto, caminando con más elegancia de la que Alexander le había visto nunca, a pesar de que llevaba un zapato de cada color (porque se le había vuelto a romper el de lujo y se puso el viejo en un pie).

Alexander se quedó a solas con Vanessa. El silencio era sepulcral. Vanessa soltó una carcajada.

—Alexander, te ha dejado en ridículo frente a todo el hotel. Despídela ahora mismo.

Alexander levantó la vista. Miró el plato de salmón ridículo, miró la cara de suficiencia de Vanessa y, por primera vez en años, sintió una chispa de rebeldía.

—¿Sabes qué, Vanessa? —Alexander se puso de pie—. Ella tiene razón. El salmón es una porquería. Y tú... tú eres el aire de mar: mucho ruido, pero no llenas nada.

Alexander dejó un billete de cien dólares sobre la mesa y salió corriendo tras Elena, dejando a Vanessa con la palabra en la boca y la reputación por el suelo.

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Sabina Altamirano
el papel del personaje se me hace muy infantil,ni parece que haya pasado siquiera la universidad,como llegar a un trabajo,hacer cambio como si fuera tu casa decir que contrato de un hotel no es importante lo va llevar a la quiebra,si. oy de acuerdo que se le festejé a los empleados,pero hacerlo en el trabajo como si fuera en el patio de su casa,eso perece ilógico
Teresa Nancy Fernandez
me encantó tu novela👏👏👏
chiquita: Teresa gracias por tu apoyo, me alegra un montón leer tu comentario🥰🥰🥰
total 2 replies
Lili Hebe Villarruel
👏👏👏
chiquita: Gracias gracias 🫂🫂🫂🫂🫂 Lili súper agradecida por tu apoyo 😍😍😍😍😍
total 1 replies
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