Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 10 Don Pedro y la soya
Don Pedro era un hombre de mediana edad, con la barriga prominente y una risa contagiosa.
Había trabajado para Felipe durante quince años y conocía cada palmo de tierra de la finca.
Cuando Sabina heredó, muchos creyeron que él la abandonaría, que no aceptaría órdenes de una mujer veinteañera.
Pero don Pedro era un hombre práctico.
—Usted sabe sembrar, señora —le había dicho el primer mes—. Y sabe mandar. Con eso me basta.
Ahora, ese mismo hombre señalaba las nuevas parcelas con orgullo.
—Mire, señora. La soya está creciendo más rápido de lo que esperábamos. El suelo es bueno, y el riego ha sido constante. Si la cosecha sale bien, podemos triplicar las ganancias del año pasado.
Sabina se agachó, tocó la tierra con la punta de los dedos, examinó las plantas.
—¿Ya probamos con el abono que trajo el agrónomo?
—Sí, señora. En la parcela del norte. Los resultados son prometedores.
Ernesto observaba la escena sin intervenir.
Lo que veía no encajaba con la imagen que sus primos le habían pintado de Sabina.
Ellos la describían como una advenediza, una trepadora que había embrujado a un viejo para robarle su fortuna.
Pero aquí estaba esa misma mujer, con las manos manchadas de tierra y los ojos puestos en el futuro de la finca.
—¿Tú entiendes de cultivos? —le preguntó don Pedro, dirigiéndose a Ernesto.
—Algo —respondió él—. Mi madre tenía una huerta.
—Pues agarra una pala. Aquí se aprende trabajando.
Sabina ocultó una sonrisa. A don Pedro no le importaban los apellidos ni las herencias. Le importaban los resultados.
Ernesto se quitó la chaqueta, enrolló las mangas de la camisa y tomó la pala que don Pedro le ofreció.
Cavó la tierra, la removió, la examinó. No se quejó. No pidió descanso. Trabajó en silencio, hombro a hombro con los peones, como si fuera uno más.
Sabina lo observó desde la linde del campo. No dijo nada. No lo felicitó. Pero algo en su mirada se suavizó, apenas un instante.
*_*
A mediodía, doña Alicia mandó a una de las muchachas del pueblo con una canasta de comida.
Sabina comió sentada en una piedra, con Abel a su lado —el niño había despertado y se había escapado de la casa para buscarla.
—Hermana —dijo Abel, con la boca llena de pan—. Ese señor está cavando muy hondo.
—Eso es bueno. Así la tierra se airea.
—¿Y por qué lo hace si no es su tierra?
Sabina miró a Ernesto, que estaba a unos metros, bebiendo agua de una cantimplora.
Tenía la camisa pegada al cuerpo por el sudor y la espalda morena por el sol.
—Porque quiere demostrar algo —respondió ella—. Pero aún no sé qué.
—¿Tú crees que se va a quedar?
—No lo sé, Abel. Pero mientras esté aquí, lo vigilaré. Tú no te apartes de mí, ¿entendido?
El niño asintió, grave, como si entendiera algo que ningún niño de siete años debería entender.
Y tal vez así era. Porque Abel, aunque pequeño, ya sabía que su hermana —su madre— guardaba secretos capaces de hundir a una familia entera.
Y también sabía que él era el más grande de todos.
*_*
Cuando el sol se puso detrás de los cerros, Sabina regresó a la casa con los pies doloridos y las manos sucias.
Abel iba delante de ella, saltando entre las piedras del camino.
Ernesto llegó más tarde. Doña Alicia le sirvió la cena en la cocina, porque Sabina había ordenado que comiera allí, no en el comedor principal.
—No es un invitado —le explicó a la cocinera—. Es un empleado.
—Como usted mande, señora.
Pero cuando Sabina subió a su habitación esa noche, se asomó a la ventana y vio a Ernesto sentado en el pozo del patio, mirando las estrellas. Tenía el rostro cansado, pero tranquilo.
Como si hubiera encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Ten cuidado, se dijo a sí misma. Los hombres buenos son los más peligrosos. Porque es más fácil odiar a un malvado que resistirse a uno que te trata con decencia.
Cerró la ventana, apagó la vela y se acostó junto a Abel, que ya dormía profundamente.
—Buenas noches, mi hijo —susurró en la oscuridad—. Tu hermana te quiere más que a su propia vida.
Y en ese "hermana" que solo ella escuchaba, se escondía todo el dolor de la mentira.
Habían pasado tres días desde que Ernesto Montenegro empezó a trabajar en la finca. Tres días de limpiar establos, de aprender a distinguir el trigo de la cebada, de cargar costales de semilla bajo el sol inclemente.
No había protestado ni una sola vez. Se ganó el respeto de don Elías cuando ayudó a sujetar a un garañón que se había desbocado, y el de don Pedro cuando se quedó hasta el anochecer regando las parcelas del norte porque el sistema de riego había fallado.
Pero esa noche, Ernesto no dormía en la posada del pueblo.
Don Elías le había prestado un cuartito contiguo a las caballerizas, un espacio pequeño con una cama de hierro, una mesa coja y una vela que ardía hasta consumirse.
La yegua tordilla, la misma que había estado cojeando, había entrado en trabajo de parto. Don Elías le pidió que la vigilara.
—Las primeras crías son delicadas —le dijo el anciano—. Si ves que se complica, me avisas. Yo duermo en la casa de al lado.
Ernesto aceptó. No tenía nada mejor que hacer, y la idea de pasar la noche a pocos metros de la casona de Sabina —con sus ventanas cerradas y sus luces apagadas— no le desagradaba.
Había algo en esa mujer que lo mantenía despierto. No era solo su belleza, aunque esa belleza era innegable incluso cubierta de luto. Era su forma de moverse por el mundo, como si llevara una armadura invisible.
Como si hubiera visto cosas que nadie debería ver.
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