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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 14: El mate y el espejo

El departamento olía igual que siempre: a yerba, a libros viejos y a ese perfume barato que usaba su abuela Lucía, el de jazmines sintéticos que se conseguía en cualquier farmacia de barrio. Valentina se quedó parada en el medio del living, sintiendo cómo el tiempo real —el suyo, el de Buenos Aires, el de 2026— se arremolinaba a su alrededor como agua tibia.

El mate seguía en la mesa de madera. La bombilla de alpaca sobresalía de la yerba mojada, y una pequeña mancha de líquido marrón se había secado en el mantel de cuadros. Valentina se acercó con pasos lentos. Sus propias pisadas le sonaban extrañas, como si estuviera caminando por la casa de otra persona.

—No toques nada todavía —dijo una voz detrás de ella.

Se dio vuelta de golpe. No había nadie. Pero el espejo del baño —el que Nora había señalado como la grieta— estaba abierto, y en su reflejo no se veía a ella misma. Se veía a Elena, sentada en el quirófano de Madrid, mirándola a través del vidrio.

—¿Elena? —preguntó Valentina—. ¿Cómo hacés eso?

—El espejo roto nos conecta. No sólo a vos con nosotras. También a nosotras con vos. No estamos en tu departamento, pero podemos verte. Podemos escucharte.

—¿La grieta de mi baño tiene que ver con esto?

—La grieta de tu baño es la puerta. El espejo roto es la llave. Por eso Nora te dijo que lo usaras para volver. Son el mismo tipo de objeto: espejos fracturados que reflejan lo que debería estar, no lo que está.

Valentina miró el espejo del baño. Era un espejo común, redondo, con marco de plástico imitación madera. Su abuela lo había comprado en un supermercado chino hacía veinte años y nunca lo cambió. Ahora, en su superficie, había una línea fina que no recordaba haber visto antes. Una grieta. Diminuta. Casi invisible.

—¿La veo porque ya sé que está? —preguntó Valentina—. ¿O porque se agrandó?

—Las dos cosas —respondió Elena—. El conocimiento abre los ojos. Y los ojos abiertos alimentan la grieta. Por eso el tiempo prefiere que no sepamos. La ignorancia es su escudo.

Valentina se obligó a apartar la mirada del espejo. Volvió a la mesa del living. El mate la esperaba, inmóvil, testigo de su primer salto.

—¿Ahora qué hago? —preguntó.

—Agarrá el mate. No lo limpies. No saques la bombilla. Necesitás que esté exactamente como lo dejaste el día que viajaste.

Sus manos temblaron al tocar la cerámica. El mate estaba frío, pero no del todo. Como si aún conservara un resto de calor de aquella tarde. Valentina lo levantó con cuidado, sintiendo el peso de treinta años de uso de su abuela y una semana de abandono propio.

—Ya lo tengo —dijo.

—Ahora —la voz de Elena cambió, se volvió más grave—, mirá el espejo de tu baño. Pero no a través de él. Mirá el espejo en sí. Mirá la grieta.

Valentina caminó hacia el baño. El departamento era pequeño, apenas dos ambientes, y el baño quedaba al fondo, junto a la única habitación. Abrió la puerta. El olor a jazmín sintético era más fuerte allí, mezclado con jabón de coco y humedad.

El espejo la miraba. La línea de la grieta ahora parecía más larga. Valentina juró que se movió un poco mientras ella parpadeaba.

—No le tengas miedo —dijo Elena—. La grieta no puede lastimarte. Es sólo una herida. Como las nuestras.

—¿Qué tengo que hacer con el mate?

—Romperlo contra el espejo.

—¿Qué? —Valentina casi deja caer el mate del susto—. ¿Romperlo? ¿Contra el espejo? ¿No dijeron que había que romperlo en el quirófano?

—Cambiamos de opinión —dijo otra voz. Esta vez era Nora, que se asomó al reflejo junto a Elena—. Analizamos el circuito mientras vos viajabas. Si rompés el mate en el quirófano, la grieta de tu departamento se cierra, pero se abre otra en Madrid. Es trasladar el problema, no resolverlo.

—¿Y si lo rompo acá?

—El mate y el espejo son dos objetos de la misma naturaleza: cosas que estuvieron en el límite del tiempo. Si los hacés chocar, se anulan entre sí. La grieta desaparece, el mate se rompe, el espejo se sana. No queda nada.

Valentina miró el mate en su mano. Lo había usado su abuela todos los días durante treinta años. Lo había usado ella una sola vez, y ese mismo día había viajado en el tiempo. El objeto no era especial por sí mismo. Era especial por lo que representaba: el último mate compartido con Lucía, el último momento antes de que todo cambiara.

—¿Duele? —preguntó.

—No —dijo Nora—. El tiempo no duele cuando se cura. Duele cuando se rompe.

Valentina tomó aire. Se paró frente al espejo del baño, a unos pasos de distancia. La grieta en el vidrio ahora parecía una sonrisa torcida, burlona. Como si supiera lo que estaba por pasar y lo encontrara divertido.

—¿Alguna última instrucción? —preguntó.

—Una —dijo la voz de la piloto, que también apareció en el reflejo, junto a Clara enfermera. Las cuatro estaban allí, en el espejo roto, mirándola desde Madrid—. Cuando rompas el mate, no cierres los ojos. Mirá fijo la grieta. Mirá cómo se cierra. Necesitás verlo para que tu memoria lo fije. Si no lo ves, el tiempo lo va a olvidar y la grieta se va a volver a abrir.

—¿Y si me lastimo con los vidrios?

—No te vas a lastimar —dijo Clara enfermera con una sonrisa—. Las jardineras del tiempo no se lastiman con los objetos que curan. Es una regla no escrita.

Valentina levantó el mate por encima de su cabeza. La bombilla de alpaca brilló bajo la luz del baño. La yerba mojada goteó un poco sobre su muñeca.

—Por vos, abuela —susurró.

Y rompió el mate contra el espejo.

El sonido fue seco, pero no estridente. Más bien sordo, como si algo estuviera absorbiendo el ruido antes de que llegara a sus oídos. Los fragmentos de cerámica volaron en todas direcciones, mezclándose con los pedazos de vidrio del espejo. La yerba se esparció por el lavabo, el piso, sus brazos.

Pero Valentina no cerró los ojos. Miró fijo el centro del impacto, donde antes había un espejo y ahora había un agujero negro del tamaño de su puño. Un agujero que no dejaba pasar la luz. Un agujero que parecía respirar.

Y entonces, el agujero empezó a encogerse.

Los bordes del espejo roto comenzaron a juntarse solos, como si alguien los estuviera cosiendo desde adentro. Los fragmentos de vidrio volaron hacia el centro, se reacomodaron, se soldaron. La grieta —esa línea fina y burlona— se hizo más pequeña, más delgada, hasta convertirse en un punto.

Y el punto desapareció.

El espejo estaba entero. Perfecto. Como recién comprado.

Valentina miró sus manos. Estaban llenas de yerba y de pequeños cortes que ya no sangraban. El mate había desaparecido por completo, como si nunca hubiera existido. Sólo quedaban la bombilla de alpaca, intacta, y un montoncito de yerba mojada en el lavabo.

—¿Terminó? —preguntó en voz alta.

En el espejo ya no estaban las otras. Sólo su propio reflejo, un poco más viejo que antes, un poco más cansado, pero también más firme. Más entero.

—Terminó —dijo su propio eco, aunque ella no había abierto la boca.

Valentina sonrió. Guardó la bombilla en el bolsillo. No sabía para qué podía servirle, pero sintió que no podía dejarla ahí, mezclada con los restos de yerba y los recuerdos.

Cerró los ojos. Pensó en el quirófano. En las otras tres. En Elena, Nora, Clara, la piloto.

El vértigo la envolvió como una manta.

Cuando abrió los ojos, estaba de vuelta en Madrid. Las cuatro la esperaban con una mezcla de alivio y orgullo.

—Lo hiciste —dijo la piloto.

—Cerré mi primera grieta —respondió Valentina, y por primera vez en días, sintió que merecía llamarse jardinera

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