Tras un accidente todos creen que Clara ha perdido la memoria. Ella permite que así sea luego de darse cuenta de que su reciente esposo y la supuesta amiga de él parecen haber estado engañandola desde antes del matrimonio.
Pero lo peor no es eso, lo peor viene cuando se da cuenta de que han tramado una red de mentiras entre las cuales existe un "esposo" del que ella no tiene idea.
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La habitación de los extraños
El aire dentro de la mansión Salvatierra era denso, cargado de un olor a cera para muebles y a una historia familiar que Clara sentía que la aplastaba. Julián caminaba por el vestíbulo con la prepotencia de un rey regresando a sus dominios, mientras Lucía se quitaba el abrigo de cachemira con una familiaridad que hacía que a Clara le escociera la piel.
—Matías, ayúdala a instalarse en el salón mientras pido que traigan el té —ordenó Julián, sin siquiera mirar a Clara, ya concentrado en la pantalla de su teléfono.
Matías asintió en silencio. Se acercó a Clara y, con una delicadeza que contrastaba con la frialdad de su hermano, la tomó por la cintura y el brazo para ayudarla a cruzar el umbral del salón principal. La estancia era inmensa, decorada con molduras de escayola y óleos que retrataban paisajes sombríos. En el centro, un enorme sofá de terciopelo azul noche presidía el espacio.
—Despacio —susurró Matías. Sus dedos apretaron suavemente el costado de Clara mientras la depositaba en los cojines profundos.
Clara se hundió en el terciopelo, sintiendo la pierna palpitar bajo la férula. Matías se quedó un momento inclinado sobre ella, ajustando un cojín tras su espalda. Por un instante, sus rostros quedaron a escasos centímetros. Ella pudo notar el ligero temblor en las manos del arquitecto; no era el temblor de la debilidad, sino el de alguien que sostiene una estructura que sabe que va a colapsar.
—Gracias... Matías —dijo ella, saboreando el nombre de su "esposo".
Antes de que él pudiera responder, el sonido rítmico de unos pasos rápidos anunció la llegada de una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme impecable y un delantal blanco almidonado. Era la señora Hattie, el ama de llaves. Traía una bandeja de plata, pero su atención se desvió de inmediato hacia los presentes.
—¡Bienvenidos! Qué alegría tenerlos de vuelta —exclamó la mujer, su rostro iluminándose con una calidez genuina—. Señor Julián, es bueno verlo. Señor Matías, qué sorpresa que haya podido dejar sus obras para estar aquí.
La mujer se volvió hacia Lucía y, para sorpresa de Clara, su sonrisa se volvió aún más amplia y confidente.
—Señorita Lucía, qué gusto verla de nuevo. Ya le preparé el té de jazmín que tanto le gusta, el que siempre toma por las tardes. Sus flores favoritas también están en el jarrón de la entrada.
Un silencio gélido se instaló en los pulmones de Clara. "Siempre toma". "Flores favoritas". Esas palabras eran puñales. Lucía no era una visitante ocasional ni una amiga que venía de paso; Lucía era una presencia constante, una sombra que ya había colonizado la casa mientras Clara creía estar construyendo un hogar con Julián en otro lugar.
Lucía soltó una risita nerviosa, acomodándose un mechón de cabello tras la oreja.
—Gracias, Hattie. Eres muy amable por recordarlo.
Clara bajó la mirada a sus manos, fingiendo una confusión infantil para ocultar el brillo de odio en sus ojos. Matías, notando la tensión, dio un paso al frente, colocándose entre la empleada y el sofá, como si intentara proteger a Clara de la verdad.
—Hattie —intervino Matías, su voz ganando una firmeza que no había mostrado antes—. Ella es Clara. Mi esposa. Ha tenido un accidente muy grave y no recuerda bien... las cosas. Necesito que te asegures de que no le falte nada y de que nadie la moleste mientras descansa.
La señora Hattie parpadeó, confundida. Miró a Clara con una mezcla de curiosidad y lástima.
—¿Su esposa? —repitió la mujer, lanzando una mirada fugaz hacia Julián, quien seguía fingiendo que no escuchaba desde el otro extremo del salón—. Oh, entiendo. Por supuesto, señor Matías. Bienvenida, señora... Clara. Es un honor conocerla al fin.
El "al fin" de la empleada resonó en los oídos de Clara como una bofetada. Nadie en esa casa la conocía. Julián la había mantenido oculta de su propia familia, y mientras ella se convertía en un fantasma, Lucía se había encargado de marcar su territorio, de elegir el té y las flores.
Clara apretó el borde del sofá de terciopelo. La red era mucho más profunda de lo que pensaba. No solo le habían robado a su esposo; le habían robado su lugar en el mundo antes incluso de que ella supiera que lo tenía. Pero mientras Matías la presentaba ante el servicio como su mujer, ella juró que usaría ese nombre, "Señora Salvatierra", para destruir los cimientos de esa casa hasta que no quedara una sola mentira en pie.
—Me parece que deberías descansar —dijo Matías unos minutos después —¿te ayudo a ir a tu habitación? —preguntó, ella asintió.
El ascenso por la gran escalera de caracol fue lento. Matías la llevaba en brazos, una necesidad física debido a la férula en su pierna, pero un tormento emocional para ambos. Clara podía sentir los músculos tensos de los brazos de Matías y el latido rítmico de su corazón contra su pecho. Era un corazón que latía demasiado rápido para alguien que supuestamente cargaba a su esposa de años.
Al llegar al rellano del segundo piso, se dirigieron hacia el ala derecha. Lucía y Julián se habían quedado abajo, susurrando en la penumbra del salón, creyéndose a salvo de la mirada de Clara.
Matías se detuvo frente a una puerta de madera oscura, tallada con motivos florales. Dudó antes de girar el pomo. Cuando la puerta se abrió, el olor a limpieza y a sábanas nuevas golpeó a Clara. Era una suite elegante, pero impersonal, como una habitación de hotel de lujo.
—Clara —comenzó Matías, depositándola con extrema delicadeza sobre un sillón de terciopelo cerca de la ventana—. He pensado que... bueno, dadas las circunstancias y tu estado, lo mejor es que te instales aquí. Es la habitación más tranquila de la casa.
Él evitó mirarla a los ojos mientras caminaba hacia un pequeño vestidor lateral.
—Yo me quedaré en el ala opuesta, en mi antiguo dormitorio. Así tendrás privacidad para recuperarte, para... recordar a tu ritmo. No quiero que te sientas invadida por un hombre que ahora no reconoces.
Clara sintió la trampa. Si permitía que él se marchara, perdía su mayor fuente de información. Necesitaba que Matías estuviera bajo su vigilancia las veinticuatro horas del día. Necesitaba que él se sintiera incómodo, culpable y expuesto.
—¿Dormir separados? —preguntó Clara, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. Fue un movimiento calculado, una pieza de actuación que habría envidiado cualquier actriz de método—. No entiendo. ¿He hecho algo malo? ¿Nuestra relación era tan mala antes del accidente que no quieres estar conmigo?
Matías se giró bruscamente, el rostro pálido.
—No, no es eso. Es solo que... los médicos dijeron que podrías sentirte confundida.
—Me siento confundida porque nada de esto me resulta familiar —interrumpió ella, forzando un temblor en sus manos—. Pero tú eres mi esposo. Se supone que eres mi ancla, el único lugar seguro que tengo en este mundo de confusión y sombras. Si me dejas sola en esta habitación, sentiré que realmente lo he perdido todo.
Caminó mentalmente sobre la cuerda floja. Sabía que estaba apelando a la fibra moral que había detectado en él en el hospital. Matías suspiró, pasándose una mano por el cabello, deshaciendo su peinado impecable.
—Está bien —cedió él, su voz apenas un susurro—. Si eso es lo que necesitas para sentirte segura, compartiremos la habitación.
La noche cayó sobre la mansión Salvatierra con una pesadez asfixiante. Tras una cena incómoda donde Julián y Lucía no dejaron de intercambiar gestos de complicidad, Clara y Matías regresaron a la habitación.
El momento de acostarse fue un baile de silencios. Matías se cambió en el vestidor y salió con una camiseta de algodón gris y pantalones de pijama, moviéndose con la rigidez de un prisionero. Clara ya estaba en la cama, con las sábanas subidas hasta la barbilla.
—¿Estás cómoda? —preguntó él, manteniéndose a una distancia prudencial.
—Sí. Ven, por favor.
Matías se acostó en el borde extremo del colchón, dejando un abismo de tela entre ambos. Clara podía sentir la tensión que emanaba de él; estaba tan rígido que parecía que sus huesos se romperían en cualquier momento.
En la oscuridad, Clara escuchó los ruidos de la casa: el crujir de la madera, el viento contra los cristales y, finalmente, el sonido de una puerta cerrándose con fuerza en el pasillo: la habitación de Julián.
—Matías —susurró ella.
—¿Sí?
—Gracias por no dejarme sola. Sé que esto debe ser difícil para ti también.
Él no respondió, pero Clara notó cómo su respiración se entrecortaba. Ella cerró los ojos, ocultando una sonrisa fría. Estaba en el corazón del enemigo, compartiendo su cama, escuchando sus secretos en el silencio de la noche. El juego apenas comenzaba, y Matías, no tenía idea de que estaba a punto de presenciar cómo la estructura de su propia mentira se desmoronaba piedra por piedra.
Marcos que noticias traerá y si encontró el vehículo que la atropello.
Como harán porque Clara algún día tiene que dejar de fingir la amnesia allí que dirá o que hará Julian y la Lucia 🤔🤔🤔❓❓❓
Veremos que noticias trae Marcos 🤔🤔🤔❓❓❓
Regresa Marcos después de una semana veremos si encontró el vehículo y que paso con el.