En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 4
El calor de la mano de Alexander en mi cintura era una marca de propiedad, un recordatorio físico de que, aunque me despreciara, ante el mundo yo era suya. Vanessa se había ido, dejando tras de sí un rastro de perfume floral empalagoso que ahora me resultaba asfixiante, pero el silencio que quedó en el vestíbulo era mucho más denso. La mano de Alexander no se retiró de inmediato. Podía sentir la presión de sus dedos a través de la fina seda de mi vestido, un calor que subía por mi columna y me obligaba a ser consciente de lo cerca que estábamos.
—Fuiste muy valiente ahí abajo —su voz vibró contra mi sien, baja y cargada de una extraña tensión.
—No fue valentía, Alexander. Fue dignidad —respondí, tratando de mantener mi voz firme a pesar de que el corazón me martilleaba en la garganta—. No permitiré que nadie me llame inválida en la casa donde se supone que soy la señora.
Él soltó un bufido, una risa seca que no llegó a ser una burla. Me giró con un movimiento lento pero decidido, obligándome a quedar frente a él en el estrecho rellano de la escalera. El aire entre nosotros se volvió pesado, eléctrico. Como siempre que estaba cerca, mis sentidos se agudizaron. Olía a ese sándalo persistente, a éxito y a una masculinidad cruda que me hacía sentir peligrosamente pequeña.
—La señora de la casa —repitió él, saboreando las palabras como si fueran un licor amargo—. Tienes garras, Elina. Pensé que solo eras una muñeca de cristal que mi abuelo me obligó a cargar.
—Las muñecas de cristal se rompen, Alexander. Yo solo me he transformado.
Sentí su aliento rozando mi frente. Estaba tan cerca que podía percibir el calor irradiando de su pecho. Sus dedos subieron por mi costado, un roce casi imperceptible que hizo que se me erizara la piel. Se detuvieron justo debajo de mi mandíbula, obligándome a inclinar la cabeza. Sabía que me estaba observando, analizando mis ojos inexpresivos como si buscara una grieta en mi defensa.
—Vanessa tiene razón en algo —susurró, y su tono bajó a un registro que me erizó el vello de la nuca—. Es una farsa. Pero tú... tú haces que esta farsa se sienta demasiado real a veces.
Su pulgar rozó mi labio inferior, un gesto cargado de una sensualidad inesperada que me dejó sin aliento. Fue un contacto fugaz, pero el fuego que encendió recorrió todo mi cuerpo. Por un segundo, la oscuridad no fue una condena, sino un escenario donde el tacto lo era todo. El roce de su traje contra mis brazos, el sonido de su respiración volviéndose más pesada, la firmeza de su agarre. Me sentía como si estuviera al borde de un precipicio, y él fuera el único capaz de empujarme o salvarme.
—¿Qué quieres de mí, Alexander? —pregunté, mi voz apenas un murmullo roto.
—Quiero que dejes de ser tan... presente —respondió él, y aunque sus palabras eran frías, su mano se cerró con fuerza en mi nuca, atrayéndome un poco más hacia él—. Quiero que seas la esposa silenciosa que planeé, no esta mujer que desafía a mis amantes y me obliga a mirar lo que no quiero ver.
Se apartó tan bruscamente que el frío de la casa me golpeó como una bofetada. Escuché sus pasos alejándose hacia su despacho, el sonido seco de la puerta cerrándose y el clic del cerrojo. Me quedé allí, en la penumbra de la escalera, con el sabor de su aroma todavía en mi nariz y una punzada de deseo y rabia luchando en mi pecho.
Los días siguientes fueron una prueba de resistencia. Alexander volvió a su rutina de hielo, ignorándome en las mañanas y recluyéndose en su despacho por las noches. Sin embargo, algo había cambiado. Ya no era el silencio indiferente de la primera semana; era un silencio cargado de vigilancia. Lo sentía en la forma en que el personal de servicio ahora me hablaba con una cortesía casi temerosa. Alexander les había dado una orden, estaba segura de ello.
Me dediqué a mi propia conquista: la mansión. Pasé horas caminando por las habitaciones vacías, contando los pasos desde la puerta hasta la ventana, memorizando la textura de los tapices y el peso de las cortinas. Descubrí que el salón de música tenía una acústica maravillosa que hacía que el menor suspiro reverberara. Encontré una pequeña biblioteca personal con libros que olían a cuero viejo y aventura, y aunque no podía leerlos, pasar mis dedos por sus lomos me hacía sentir menos sola.
Una tarde, mientras exploraba el ala este, escuché un ruido metálico en la cocina. Me acerqué con cuidado, guiándome por el olor a comida condimentada. La señora Hudson estaba allí, hablando en voz baja con una de las criadas jóvenes.
—Es una carga, te lo digo yo —decía la señora Hudson con ese tono ácido que reservaba para cuando creía que no la escuchaba—. El señor Thorne no tardará en cansarse de jugar a las casitas con una ciega. Tarde o temprano, buscará a alguien que sí pueda verlo a los ojos. Alguien como la señorita Vanessa.
Me detuve en el umbral, con el corazón apretado. La crueldad de sus palabras no me sorprendía, pero el recordatorio de mi condición dolía. Entré en la cocina con la cabeza bien alta, haciendo que el sonido de mis zapatos sobre el azulejo anunciara mi presencia. El silencio fue instantáneo.
—Señora Hudson —dije con calma—, el té de esta tarde está amargo. Asegúrese de que mañana usen las hojas nuevas que llegaron. Y no se preocupe por el señor Thorne; él sabe perfectamente lo que está mirando, incluso cuando no hay ojos que le devuelvan la vista.
No esperé respuesta. Salí de la cocina sintiendo la humillación arder en mis mejillas. Me refugié en el jardín, buscando el aire fresco y el aroma de los jazmines que Alexander me había regalado indirectamente. Me senté en el banco de hierro, dejando que el sol calentara mi piel. Estaba tan absorta en mis pensamientos que no escuché los pasos sobre la hierba.
—Las azucenas se están marchitando —la voz de Alexander me sobresaltó. No estaba en la oficina. Estaba allí, de pie frente a mí—. Deberías haber pedido que las cambiaran.
—Estaba ocupada aprendiendo a ser una carga, según tu ama de llaves —respondí sin pensar, el sarcasmo goteando de mis palabras.
Hubo un silencio largo. Escuché el crujir de la grava cuando él dio un paso hacia mí.
—¿Qué ha dicho Hudson?
—Nada que tú no hayas pensado antes, Alexander. Que soy un estorbo. Que no puedo darte lo que una mujer de verdad te daría.
Sentí que el banco se hundía bajo su peso cuando se sentó a mi lado. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su muslo contra el mío a través de la tela de mi vestido. Su mano se movió, y por un momento pensé que iba a tocarme, pero solo escuché el roce de sus dedos contra el jarrón de flores que estaba en la mesa de hierro junto a nosotros.
—Ella no sabe de lo que habla —dijo él, y su voz tenía una cualidad sombría que no había escuchado antes—. Y tú no deberías escuchar las conversaciones de la servidumbre.
—Es lo único que tengo, Alexander. Oídos. Escucho lo que otros ignoran. Escucho el tono de tu voz cuando estás irritado, escucho cómo cambias el ritmo de tus pasos cuando entras en una habitación donde estoy yo. Escucho incluso el silencio que dejas cuando te vas.
Sentí su mirada sobre mí, intensa, casi física. Sin previo aviso, tomó mi mano. Su palma era grande y áspera, una sensación que me envió una descarga de electricidad directamente al vientre. Entrelazó sus dedos con los míos, una unión firme que no permitía escape.
—A veces —susurró, acercándose tanto que su aliento acarició mi oreja—, el silencio es lo único que me mantiene cuerdo. Pero tú... tú haces demasiado ruido en mi cabeza, Elina.
Llevó mi mano a su rostro. Me quedé helada cuando guio mis dedos por su mejilla. Sentí la piel suave, la línea firme de su mandíbula, la ligera sombra de la barba que empezaba a asomar. Era un mapa de poder y ángulos rectos. Mis dedos se movieron por instinto, explorando el contorno de sus labios, que se sentían carnosos y calientes bajo mi tacto. Fue un momento de una intimidad tan cruda que me sentí desnuda.
Él soltó un gruñido bajo, un sonido que era mitad deseo y mitad frustración. Me soltó la mano y se levantó bruscamente.
—Mañana tenemos una cena benéfica —dijo, su voz volviendo a ser la máscara de acero del CEO—. Es importante para la fundación de mi abuelo. Vendrá un modista a prepararte. No quiero errores, Elina. Tienes que ser la esposa perfecta.
—Lo seré —respondí, tratando de ocultar el temblor de mis manos—. Pero no lo haré por ti, Alexander. Lo haré por mí.
Lo escuché alejarse hacia la casa, pero esta vez el silencio que dejó no se sentía vacío. Estaba lleno de la promesa de algo que ambos estábamos tratando de ignorar, una tensión que crecía con cada roce, con cada palabra compartida en la penumbra.
Esa noche, mientras estaba acostada en la inmensidad de mi cama, el aroma de las azucenas marchitas se mezclaba con el recuerdo del calor de su mano. Sabía que la cena de mañana sería el inicio de una nueva fase. El mundo nos vería juntos, y yo tendría que demostrar que, aunque no pudiera ver las luces de las cámaras, podía brillar más que cualquiera de ellas.
Pero en el fondo de mi mente, la advertencia de Alexander seguía resonando: *Haces demasiado ruido en mi cabeza*. Me pregunté si algún día ese ruido se convertiría en una melodía que ambos pudiéramos bailar, o si terminaría rompiéndonos a los dos en pedazos imposibles de reconstruir. Con ese pensamiento, y el fantasma de sus labios rozando mis dedos, me entregué al sueño, sabiendo que la oscuridad ya no era mi única compañera en esta mansión de cristal.