Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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12
El interior de la taberna del Alba Roja era exactamente lo que Valeria esperaba: un caos de humo, ruido y desesperación. El olor a cerveza rancia, sudor y tabaco impregnaba el aire, tan denso que casi podía saborearlo. Hombres y mujeres de dudosa reputación se apiñaban en mesas improvisadas, sus voces creando un murmullo constante que era a la vez reconfortante y amenazante.
—Qué lugar... encantador—murmuró Eleanor, su ceño fruncido en una mueca de disgusto.
—Es perfecto—respondió Valeria, su voz baja. —Nadie nos buscará aquí. Nadie nos verá.
Se dirigieron hacia la barra, donde un hombre corpulento con un delantal manchado estaba limpiando una jarra con una rabia que parecía personal.
—¿Qué quieren?—gruñó sin mirarlas.
—Una habitación privada—dijo Valeria, su voz firme a pesar del nerviosismo que sentía. —Y dos jarras de tu mejor cerveza.
El hombre levantó la vista, sus ojos pequeños y perezosos evaluándolas con una lentitud deliberada. Su mirada se detuvo en el vestido carmesí de Valeria, ahora manchado de polvo y suciedad, y en el libro que llevaba firmemente en sus manos.
—No tenemos habitaciones privadas para damas como tú—dijo, su tono despectivo. —Y menos para las que traen juguetes extraños.
Valeria sintió un escalofrío. ¿Sabía algo? ¿Era parte de la red de Harrington?
—¿Y si te digo que el príncipe Kaelan nos envió?—preguntó, su voz baja pero segura.
El hombre la miró de nuevo, esta vez con más interés. No había miedo en sus ojos, sino una curiosidad calculadora, como si estuviera midiendo el valor de su información.
—El príncipe no envía damas a mi taberna—dijo, aunque su tono había cambiado ligeramente. —Especialmente no con libros como ese.
—¿Y si te digo que Marcus nos está esperando?—intentó Valeria, aunque no estaba segura de que fuera la aproximación correcta.
El hombre frunció el ceño, su expresión ahora seria. —No conozco a nadie llamado Marcus. Y no me gustan los juegos, especialmente cuando implican a la nobleza.
Valeria sintió cómo el pánico comenzaba a crecer en su pecho. ¿Y si se habían equivocado de taberna? ¿Y si Marcus no existía o había sido capturado?
—Por favor—dijo Eleanor, su voz temblando ligeramente. —Es importante. Más de lo que puedes imaginar. Estamos en peligro. Necesitamos ayuda.
El hombre las observó en silencio por un momento, su expresión impenetrable. Luego, con un suspiro que parecía cargar el peso del mundo, se giró y gritó hacia la cocina.
—¡Oye, Marie! ¡Ven a encargarte de la barra! ¡Tengo clientes especiales!
Una mujer con el pelo gris y una expresión cansada salió de la cocina, secándose las manos en el delantal. El hombre le hizo una seña a Valeria y Eleanor para que lo siguieran, guiándolas a través de un laberinto de mesas y clientes borrachos hasta una pequeña puerta en la parte trasera de la taberna.
La abrió, revelando un estrecho escalera de madera que ascendía hacia la oscuridad. —Suban. La tercera puerta a la izquierda. No salgan hasta que yo les diga.
Valeria asintió, su corazón martilleando contra sus costillas mientras subía las escaleras, Eleanor a su lado. El piso superior era tan oscuro y polvoriento como el inferior, pero mucho más silencioso. Encontraron la tercera puerta a la izquierda y entraron, encontrándose en una pequeña habitación amueblada con solo una cama, una mesa y una silla. La ventana estaba tapiada, y la única luz provenía de una vela parpadeante en la mesa.
—¿Ahora qué?—preguntó Eleanor, su voz apenas un susurrro. —¿Esperamos?
—Supongo que sí—respondió Valeria, ya sentándose en la silla con el libro en el regazo. —Pero mientras esperamos, intentemos entender esto.
Abrió el libro, sus páginas manchadas pero intactas, y comenzó a examinar los símbolos con más detenimiento. No eran solo mapas o diagramas; eran algo más. Algo que parecía cambiar, moverse, reorganizarse mientras los miraba.
—¿Qué ves?—preguntó Eleanor, acercándose.
—No estoy segura—respondió Valeria, su voz concentrada. —Es como si... como si los símbolos estuvieran vivos. Como si estuvieran tratando de decirme algo.
Mientras hablaban, escucharon un ruido en la puerta. Se giraron bruscamente, sus corazones acelerándose, solo para relajarse ligeramente cuando vieron entrar al hombre de la barra.
—Marcus, supongo—dijo Valeria, aunque no estaba completamente segura.
—Y supondrías bien—respondió él, su voz ahora más suave, más educada. —Soy Marcus. Y ustedes, Valeria Montrose y Eleanor Vance, están en más problemas de los que imaginan.
Valeria sintió un escalofrío. ¿Cómo sabía sus nombres? ¿Y por qué las ayudaba?
—¿Quién eres?—preguntó Eleanor, su voz firme a pesar del miedo. —¿Por qué nos ayudas?
—Porque el príncipe Kaelan me lo pidió—respondió Marcus con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. —Y porque los Guardianes del Tiempo me deben un favor. Un favor grande.
La revelación golpeó a Valeria con la fuerza de un golpe físico. Marcus no solo era un contacto del príncipe; era un Guardián. O al menos, alguien que trabajaba para ellos.
—¿Eres tú?—preguntó Valeria, su voz apenas un susurrro. —¿Eres uno de ellos?
—Fui—respondió Marcus, su expresión melancólica. —Antes de que Harrington comenzara su purga. Antes de que todo se derrumbara. Ahora soy solo... un superviviente.
Se sentó en el borde de la cama, su peso haciendo que los resortes chirriaran en protesta. —Harrington ha estado planeando esto durante años. Usando a los Guardianes para obtener información, para identificar a los renacidos, para entender cómo funciona el futuro. Y ahora que tiene el conocimiento que necesita, nos está eliminando uno por uno.
—¿Y el príncipe?—preguntó Valeria, su preocupación creciendo. —¿Está seguro?
—Tan seguro como puede estar alguien en su posición—respondió Marcus. —Harrington no puede moverse contra él abiertamente. El príncipe es el heredero del trono, y matarlo sería una traición abierta que incluso sus aliados no perdonarían. Pero puede... desacreditarlo. Aislarlo. Hacerlo impotente.
La idea la heló hasta los huesos. Harrington no solo estaba tratando de controlar el imperio; estaba tratando de eliminar a cualquiera que pudiera oponérsele, incluso al príncipe.
—¿Y nosotros?—preguntó Eleanor, su voz temblando. —¿Qué vamos a hacer?
—Van a encontrar el Observatorio—respondió Marcus, su mirada fija en el libro. —Es el único lugar seguro que les queda. El único lugar donde Harrington no puede llegar.
—¿Pero dónde está?—exigió Valeria, su frustración creciendo. —Aurelius dijo que lo encontrara, pero no dijo dónde.
—Porque no es un lugar que puedas encontrar en un mapa—respondió Marcus, su voz enigmática. —Es un lugar que debes entender. Un lugar que debes... sentir.
Se levantó, caminando hacia la ventana tapiada. —El Observatorio no es un edificio, Valeria. Es un concepto. Una forma de ver el mundo, de ver el tiempo, de ver el futuro. Y solo puedes encontrarlo cuando dejas de buscarlo con los ojos y empiezas a buscarlo con la mente.
Valeria frunció el ceño. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo se suponía que encontraría un lugar que no era un lugar?
—No entiendo—dijo, aunque una parte de ella temía que sí lo entendía.
—Oh, creo que sí—respondió Marcus, volviéndose hacia ella con una sonrisa triste. —Has estado usando tu conocimiento del futuro como un arma, como una herramienta. Pero eso no es para lo que sirve. El futuro no es algo que se controle, Valeria. Es algo que se navega. Y el Observatorio es el faro que te guía a través de la tormenta.
Mientras hablaba, Valeria sintió una extraña sensación en su mente, como si los símbolos del libro estuvieran tratando de comunicarse con ella, de mostrarle algo que no podía ver.
—¿Qué necesito hacer?—preguntó, su decisión tomada.
—Necesitas leerlo—respondió Marcus, señalando el libro. —Realmente leerlo. No como lees un libro normal, sino como lees... el futuro. Con tu mente, tu corazón, tu alma. Necesitas abrirte a él, dejar que te muestre lo que necesita mostrarte.
Valeria asintió lentamente, su corazón martilleando contra sus costillas. Se sentó de nuevo en la silla, el libro abierto sobre sus rodillas, y cerró los ojos, tratando de concentrarse, de abrirse a la extraña energía que emanaba de las páginas.
Mientras se sentaba allí, en silencio, sintió cómo el mundo a su alrededor se desvanecía. El ruido de la taberna, el olor a cerveza rancia, incluso la presencia de Eleanor y Marcus... todo se desvaneció hasta que solo quedaba ella y el libro.
Y entonces, comenzó a ver. No con sus ojos, sino con su mente. Vio imágenes, fragmentos de futuros posibles, corrientes de tiempo que se bifurcaban y volvían a unirse. Vio la guerra, la destrucción, el colapso del imperio. Pero también vio esperanza, resistencia, un nuevo amanecer.
Vio a Harrington, sentado en un trono que no le pertenecía, su sonrisa triunfante mientras el imperio ardía a su alrededor. Vio a Cassian, su rostro distorsionado por el odio y la venganza, dirigiendo ejércitos contra su propio pueblo. Vio a Alistair, de pie en medio de las ruinas, su expresión de satisfacción mientras el mundo que odiaba se consumía en las llamas.
Y luego se vio a sí misma. No como la villana odiada de su vida anterior, ni como la fugitiva desesperada que era ahora. Se vio como una líder, como una luchadora, como alguien que podía cambiar el destino no a través de la fuerza o el engaño, sino a través de la comprensión y la compasión.
Vió el Observatorio, no como un edificio, sino como un estado de ser. Un lugar de calma en medio del caos, de claridad en medio de la confusión. Un lugar donde podía ver el futuro no como una sentencia de muerte, sino como una posibilidad de cambio.
Cuando abrió los ojos, el mundo volvió a la normalidad. La taberna seguía siendo la misma, pero ella había cambiado. Su perspectiva había cambiado.
—Lo vi—dijo, su voz apenas un susurrro. —Vi el Observatorio.
Marcus asintió, su expresión de aprobación. —Bueno. Porque el tiempo se está agotando. Harrington ya está en movimiento. Y si no lo detienen pronto, no habrá futuro que salvar.
—¿Qué hacemos?—preguntó Eleanor, su voz firme pero temerosa. —¿Cómo luchamos contra él?
—No luchan contra él—respondió Marcus, su voz grave. —Al menos no directamente. Harrington es demasiado poderoso, tiene demasiados aliados. Si lo enfrentan directamente, perderán.
—Entonces... ¿qué?—preguntó Valeria, su confusión creciente.
—Cortan sus cuerdas—respondió Marcus, su voz fría como el acero. —Aislan a sus aliados, exponen sus planes, destruyen su base de poder desde adentro. Lo convierten en un hombre solo, sin ejército, sin influencia, sin poder.
—¿Y cómo hacemos eso?—preguntó Valeria, aunque ya temía la respuesta.
—Usando el libro—dijo Marcus, señalando el objeto en su regazo. —Usando tu conocimiento del futuro para identificar a sus aliados más débiles, para prever sus movimientos, para estar siempre un paso por delante.
Valeria sintió cómo el peso de la responsabilidad se asentaba sobre sus hombros. No solo tenía que salvar el imperio; tenía que hacerlo de una manera que no repitiera los errores de su pasado. Tenía que ser inteligente, no brutal. Tenía ser una líder, no una tirana.
—¿Y dónde empezamos?—preguntó, su decisión tomada.
—Con Lord Thornton—dijo Marcus, su voz segura. —Es el aliado más poderoso de Harrington, pero también el más ambicioso. Y la ambición siempre es una debilidad.
Mientras hablaban, escucharon un ruido abajo. Voces gritando, el sonido de metal contra madera. El pánico se extendió por la taberna como el fuego.
—¡Guardias!—gritó alguien. —¡La guardia real está aquí!
—Han encontrado la taberna—dijo Eleanor, su voz llena de pánico. —¿Qué hacemos?
—Van a escapar—respondió Marcus, ya moviéndose hacia la puerta. —Hay un pasadizo, uno que los Guardianes usaban en casos de emergencia. Los llevará a las alcantarillas, y desde allí pueden salir a la ciudad.
Abrió un pequeño panel en la pared, revelando una abertura oscura y estrecha. —Rápido. No tenemos mucho tiempo.
Valeria asintió, ya guardando el libro en su bolso. Mientras se deslizaba por el pasadizo, se giró hacia Marcus, una pregunta en los labios.
—¿Y tú?—preguntó. —¿Qué vas a hacer?
—Yo voy a... distraerlos—respondió él con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. —Alguien tiene que comprarles tiempo. Y parece que esta noche soy yo.
Mientras se deslizaba por las oscuras y húmedas alcantarillas, Valeria sentía el peso del sacrificio de Marcus sobre sus hombros. Había arriesgado su vida para darles una oportunidad, para dar al imperio una oportunidad.
Y no iba a desperdiciarla.
Llegaron a una salida, una pequeña reja que daba a un callejón oscuro y maloliente. Mientras subían a la superficie, el aire fresco de la noche les golpeó la cara como un bálsamo.
—¿Ahora qué?—preguntó Eleanor, su voz temblando ligeramente. —¿Dónde encontramos a Lord Thornton?
Valeria se quedó en silencio por un momento, su mente racing, el libro en sus manos como un recordatorio constante de su misión. Luego, con una determinación que no sabía que poseía, comenzó a caminar, no con la prisa desesperada de una fugitiva, sino con el propósito de una líder.
—Vamos a encontrar a Lord Thornton—dijo, su voz firme y clara. —Y vamos a cortar sus cuerdas. Una por una.
Mientras caminaban por las calles oscuras de la capital, Valeria sentía cómo el mundo cambiaba a su alrededor. Ya no era solo una fugitiva, una renacida con un conocimiento peligroso. Era una estratega, una jugadora en un juego mucho más grande y complejo de lo que había imaginado. Y estaba decidida a ganar, sin importar el costo.
Pero mientras se acercaban a la mansión de Lord Thornton, imponente y amenazadora bajo la luz de la luna, Valeria no podía evitar sentir que estaba entrando en la boca del lobo. ¿Podría realmente usar su conocimiento del futuro para derribar a un hombre tan poderoso como Harrington? ¿O estaba simplemente caminando hacia su propia ejecución, esta vez sin posibilidad de regresar?