Ocho años de un matrimonio helado, ocho años siendo el blanco del desprecio de Donato Santori, el temido Don de la Cosa Nostra. Para Fiorella, ser una Santori fue una condena en vida, culpada por su padre por la muerte de su madre y humillada por una hermana manipuladora, solo encontró en su esposo el eco del rechazo.
Donato la veía como una mujer frívola e histérica, cegado por las mentiras de Alessa, pero lo que nunca supo fue que el silencio de Fiorella escondía cicatrices profundas: el duelo por abortos misteriosos que él jamás presenció.
Ahora, el contrato llegó a su fin. ¿El motivo? La falta de un heredero. Libre de las cadenas, Fiorella desaparece para empezar de nuevo. Pero el destino guarda un secreto: no se fue sola. Cuando Donato por fin abre los ojos y decide que no puede vivir sin la mujer que descuidó, descubre que ella lleva en el vientre el futuro de la mafia. Él quiere su perdón, pero Fiorella solo quiere distancia del hombre que destrozó su corazón.
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Capítulo 17
Donato actuaba con una rapidez frenética, echando la ropa de Fiorella y algunas ropitas de Dante dentro de las maletas. Sus movimientos eran precisos, movidos por el instinto de protección que ahora gritaba en su pecho. La revelación de Nina sobre el envenenamiento cambió todo; el enemigo no estaba solo en Sicilia, tenía brazos largos.
Fiorella, aún pálida y sujetándose el vientre, observaba la escena atónita.
— ¿Qué estás haciendo, Donato? —preguntó ella, con la voz embargada.
Donato se detuvo por un segundo, la miró a los ojos con una intensidad que la dejó muda.
— Vamos a casa ahora, no te quedas aquí ni un minuto más, Fiorella. Pensaste que estabas segura, que nuestro hijo estaba saludable, pero aquí también están intentando hacerles daño.
Cerró una de las maletas con fuerza.
— No voy a perder a ninguno de ustedes, ¿entiendes? Puedes reclamar, puedes pelear, pero ya tomé la decisión por los tres, aquí no es seguro.
Paolo, que hasta entonces observaba al yerno con cautela, dio un paso al frente y puso la mano en el hombro de la hija.
— Hija... tu marido tiene razón, no es seguro, si consiguieron llegar a lo que ingieres dentro de tu propia casa, las barreras de aquí fueron rotas.
Fiorella comenzó a llorar, un llanto de agotamiento y miedo. El sueño de una vida independiente y segura en Nueva York se estaba desmoronando ante la cruel realidad de la guerra en la que vivían.
Donato soltó la maleta, caminó hasta ella y la envolvió en un abrazo aplastante, pero al mismo tiempo cuidadoso para no presionar el vientre.
— Amor, cálmate —susurró él contra el cabello de ella, usando el apodo cariñoso que ahora salía naturalmente—. No les va a pasar nada. Estoy aquí, Nina está aquí, tu familia está aquí, vamos a casa.
Marcela ya ayudaba a Nina a organizar los medicamentos y las muestras de sangre para el transporte. El plan de Donato era transformar la propiedad de los Santori en una unidad hospitalaria de seguridad máxima.
— ¡Bruno! —Donato gritó al cuñado que estaba en la sala—. Avísale al equipo del jet, salimos en treinta minutos. Y quiero seguridad armada en todo el trayecto hasta la pista. Si una mosca se posa cerca de este coche, quiero que sea abatida.
Fiorella apoyó la cabeza en el pecho de Donato, sintiendo el corazón de él latir fuerte. Ella sabía que a partir de aquel momento, su libertad sería sacrificada, pero al sentir a Dante moverse, un movimiento débil que ahora ella sabía el motivo, ella aceptó. Por el hijo, ella volvería al centro del imperio Santori.
Bruno, con la precisión de quien lidia con números y rastros digitales hace años, cerró el laptop con una expresión sombría.
— Donato, rastreé el pago a la farmacia de manipulación aquí de Nueva York. El dinero salió de una cuenta de fachada, pero los códigos de autorización y el canal de comunicación vinieron directamente desde dentro de la Cosa Nostra —reveló Bruno, con la voz baja—. Pero no fue Lucas ni Alessa, ellos no tienen acceso a esos protocolos.
Donato cerró los puños, con los nudillos blancos.
— ¿Me estás diciendo que hay otro traidor?
— Exactamente —confirmó Bruno—. Alguien que sabe exactamente cómo los Santori y los Florentino operan. Alguien que sabía la dirección de Fiorella en Nueva York y tuvo la audacia de interferir en el tratamiento médico de ella. Lucas y Alessa son los perros rabiosos, pero ese... ese es el maestro que está soltando las correas.
Donato sintió una quemazón de odio, el enemigo no estaba solo queriendo el poder; estaba intentando asesinar a su heredero antes incluso de que naciera.
Donato salió de la cabina y fue directo al fondo del jet, donde Fiorella estaba acostada, cercada por Marcela y Nina. El semblante de ella era de cansancio extremo, pero ella se sentía un poco mejor bajo el cuidado de la Dra. Nina.
— ¿Cómo está? —Donato preguntó a Nina.
— El suero está ayudando, pero la recuperación completa va a llevar tiempo. Dante es un guerrero, pero necesitamos eliminar el agente tóxico del organismo de ella inmediatamente —respondió la médica, seria.
Donato se sentó al lado de Fiorella y tomó la mano de ella. Paolo observaba al yerno con un respeto renovado; veía que Donato no estaba actuando más por ego, sino por un amor feroz.
— Tenemos un nuevo problema, Paolo —dijo Donato, mirando al suegro—. Tenemos un traidor dentro de la organización, alguien que conoce nuestros códigos de seguridad.
Paolo endureció la mirada.
— Entonces Italia no será segura hasta que hagamos una limpieza.
— Mi mansión será segura —replicó Donato—. Voy a cercar aquella propiedad con mi ejército personal. Nadie entra, nadie sale, y toda la comida y agua serán testadas.
Fiorella apretó la mano de Donato, con los ojos llenos de lágrimas.
— Donato... ¿quién podría ser? ¿Alguien que creció con nosotros?
Donato besó la mano de ella, con la mirada prometiendo justicia.
— Lo voy a descubrir, amor, y cuando lo descubra, la muerte de Melissa parecerá un acto de misericordia cerca de lo que haré con ese traidor.
El jet comenzó el descenso hacia el territorio siciliano, la guerra no era más solo por poder o dinero; era por la supervivencia del nuevo heredero de los Santori.
La llegada a Sicilia fue un espectáculo de poder y tensión. El jet mal había estacionado y una flota de coches blindados ya cercaba la pista. El clima era de guerra. Donato descendió primero, dando la mano a Fiorella, que caminaba despacio bajo la mirada atenta de Nina y de Marcela.
A la espera de ellos, en la entrada de la mansión, estaba la alta sociedad Santori: Lucia y Alessandro, y el patriarca Massimo, el abuelo que aún mantenía la mirada de acero. Ellos estaban confundidos y visiblemente contrariados con la movilización súbita y el retorno de Fiorella.
— ¿Qué significa esto, Donato? —Massimo preguntó, golpeando el bastón en el suelo de piedra—. ¿Por qué esa seguridad de guerra? ¿Y por qué Fiorella volvió, si el contrato había sido cerrado y el divorcio era cierto? ¡Déjala en paz!
Lucia se acercó, cruzando los brazos, mirando de reojo a Paolo y Bruno que venían justo detrás.
— Explícate, mi hijo, ¿qué está sucediendo para que movilices a los soldados de esa manera?
Donato se detuvo en el centro del salón, manteniendo el brazo firmemente alrededor de la cintura de Fiorella, que parecía pequeña delante de la imponencia de los suegros.
— Fiorella está embarazada —disparó Donato, con la voz resonando por las paredes de la mansión—. Vamos a tener un hijo, el heredero de los Santori está en camino.
Un silencio chocado tomó cuenta del ambiente. Alessandro y Massimo intercambiaron miradas rápidas, mientras Lucia abría los ojos. Pero el semblante de Donato luego oscureció.
— Pero la situación es crítica, alguien intentó matar a Dante.
Lucia frunció el ceño, confusa con el nombre desconocido.
— ¿Quién es Dante? ¿Algún guardia de seguridad? ¿Un aliado nuevo?
Donato miró hacia abajo y, con una ternura que dejó a sus padres boquiabiertos, posó la mano sobre el vientre de Fiorella, que ahora recibía todo el foco de las atenciones.
— Dante, madre —dijo él, con la voz firme y cargada de orgullo—. Tu nieto, el nombre de mi hijo es Dante Santori.
Lucia llevó la mano a la boca, al caer la ficha, la hostilidad inicial de Massimo dio lugar a un brillo de posesividad en los ojos, un bisnieto cambiaba todas las reglas del juego.
— ¿Intentaron matar a mi nieto? —Alessandro preguntó, con la voz saliendo como un rugido de trueno.
— En Nueva York —explicó Donato—. Envenenamiento, alguien de la organización dio las órdenes. Por eso, a partir de ahora, esta casa es una fortaleza. Nina va a monitorear la salud a mi esposa y a mi hijo.
Massimo dio un paso al frente, mirando a Fiorella.
— Si alguien osó tocar la sangre Santori, esa persona ya está muerta, solo que aún no lo sabe. Preparen el piso superior. Si el heredero necesita protección, él tendrá al ejército a su alrededor.
Fiorella sintió el peso de aquella protección, pero también el peligro. Ella estaba de vuelta al nido de la mafia, pero esta vez, ella no era solo una pieza de contrato; ella cargaba la corona.
La noche en la mansión era de una vigilancia extrema allá afuera, pero dentro del cuarto de Donato, el clima era de una intimidad que ellos nunca habían experimentado en años de matrimonio. Donato estaba obsesionado por cada detalle de la salud de ella. Él mismo aferró la presión, chequeó la glucosa y garantizó que ella tomara las vitaminas puras que Nina había traído.
— Todo normal, amor —dijo él, guardando el aparato y sentándose en el borde de la cama. La miró con una ternura que desarmaba cualquier resistencia—. ¿Tuviste algún antojo hoy? ¿Alguna cosa que quieras comer? Yo mismo voy a comprar, o pido a mi madre hacer si no sé.
Fiorella dio una sonrisa de lado, observando la dedicación de él.
— Yo tuve solo un antojo... pero pasó.
Donato arqueó las cejas, curioso.
— ¿Cuál fue? Puedes pedir lo que sea.
Fiorella rió, un sonido leve que calentó el pecho de él.
— Tú, mis hormonas estaban una locura hoy temprano, yo te quería locamente.
Los ojos de Donato oscurecieron en la hora, el instinto de predador y de hombre apasionado se mezclando.
— ¿Y tú aún quieres? —preguntó él, con la voz quedando más grave—. Yo puedo matar tu antojo ahora mismo...
Fiorella puso la mano en el pecho de él, sintiendo el corazón de él acelerar.
— Cálmate, Donato, vamos a gastar nuestras energías con nuestro hijo, ahora necesito descansar.
Donato hizo un puchero infantil, una expresión que nadie en la Cosa Nostra creería que el temido Don era capaz de hacer.
— Eso es maldad, tú despiertas al niño aquí y luego tiras un balde de agua fría.
— Baño frío ayuda —ella provocó, riendo de la cara de él.
— No, ni pensarlo —él replicó.
Con la naturalidad de quien estaba en casa, él se levantó y comenzó a desvestirse. Cuando quitó la última pieza, su erección saltó, pulsando con el deseo que la confesión de ella había despertado. Él no tuvo vergüenza; por el contrario, dio una leve balanceada, exhibiéndose para ella con una sonrisa traviesa.
— Vamos a dormir entonces —dijo él, caminando para la cama—. Pero vas a sentirlo en tus espaldas toda la noche.
Fiorella rodó los ojos, pero no consiguió contener la sonrisa mientras se acomodaba en las sábanas de seda.
— Eso es tortura, Donato.
Él se acostó, jalándola para su abrazo de concha, pegando su cuerpo caliente al de ella y protegiendo el vientre donde Dante descansaba.
— Quiero que nuestro matrimonio sea siempre así, Fiorella —susurró él cerca del oído de ella, con la voz ahora suave y llena de promesas—. Leve. Con nosotros bien, jugando uno con el otro sin sombras, sin contratos, solo nosotros.
Fiorella relajó contra él, sintiéndose, por primera vez, verdaderamente en casa.