"Vete de aquí... ¡No quiero volver a ver tu cara en esta casa! No estoy dispuesto a vivir con una tramposa como tú." El grito que resonaba hasta el techo de la habitación tenía el poder de hacer temblar el corazón y el cuerpo de Karla. Con todas sus fuerzas, trataba de contener las lágrimas que ya se acumulaban en sus párpados.
Si para la mayoría de los hombres sería motivo de felicidad descubrir que su esposa sigue siendo virgen, para Jairo, la situación era todo lo contrario; se sentía engañado.
Ya que su matrimonio tuvo lugar después de ser sorprendidos juntos en la habitación de un hotel, y en ese momento, las circunstancias parecían indicar a cualquiera que algo había sucedido con Karla, por lo que, sin más remedio, Jairo tuvo que aceptar casarse con la que había sido novia de su hermano.
Sin embargo, meses después del matrimonio, al tener relaciones con su esposa, Jairo descubrió que ella aún era virgen. Jairo, quien odiaba las mentiras por encima de todo, por supuesto no pudo aceptar esta situación y terminó por echar a su esposa.
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La decisión de Thalia
La llegada de Adrián aquella tarde puso fin a la conversación entre Rodrigo y sus tres amigos.
En la cafetería que se encontraba frente al hospital, allí estaban los dos hermanos. Sentados uno frente al otro, separados únicamente por una mesa.
—¿Ya preparaste la casa donde van a vivir? —preguntó Adrián, dado que el médico había dicho que en unos días Thalia recibiría el alta.
—Sí, hermano, pero... —Rodrigo dejó la frase a medias.
—¿Pero qué? —como hermano mayor, Adrián conocía perfectamente a su hermano y sabía que algo le rondaba la cabeza.
—El problema es que mi esposa no quiere irse a la casa que preparé. Thalia insiste en quedarse a vivir en la pensión con nuestro hijo —confesó Rodrigo. Aquella decisión de Thalia lo tenía inquieto.
—¡Tienes que seguir convenciendo a Thalia de que te acepte de vuelta! Esfuérzate al máximo, estoy seguro de que lo lograrás. A ver, ¿fuiste capaz de amarla en silencio y no vas a ser capaz de ganarte su corazón?
—¿A qué te refieres, hermano? —en realidad Rodrigo no era tan ingenuo como para no entender las palabras de Adrián, pero lo que le intrigaba era desde cuándo su hermano conocía sus sentimientos hacia Thalia.
—Nos criamos en el mismo lugar. Te conozco desde que llegaste al mundo. ¿Cómo no iba a entenderte, Rodrigo? Hasta lo que dicen tus ojos soy capaz de leerlo.
Rodrigo tragó saliva con dificultad al escuchar la respuesta de Adrián.
—Perdóname por no haber sabido hacerme a un lado en aquel momento. Yo también la amaba, y con todo el dolor del alma tuve que cerrar los ojos ante tus sentimientos por ella. Pero después de los problemas entre nosotros, cuando Thalia se fue sin decirme una sola palabra, me convencí de que ella y yo simplemente no estábamos destinados. Hasta que el destino me puso en el camino a la madre de Abelito, la mujer que me hizo olvidar todo mi pasado con Thalia, la mujer que hace que el corazón me lata con fuerza con solo pensar en ella —al recordar el rostro de su esposa, Adrián sintió unas ganas enormes de volver al departamento y reunirse con la madre de su hijo.
—Demuéstrale tu amor con hechos, porque en este momento las declaraciones de amor no van a bastar para convencer a tu esposa, teniendo en cuenta cómo la trataste antes. Me parece que eres lo suficientemente inteligente para entender la situación, Rodrigo.
Rodrigo asintió.
—Uf... —después de que Adrián se marchó, Rodrigo exhaló el aire contenido. A decir verdad, aún estaba en shock por descubrir que, al final, Adrián siempre había conocido sus sentimientos hacia Thalia, incluso desde la época en que ella era la prometida de su hermano.
Tras meditar largamente todos los consejos de su hermano mayor, Rodrigo se puso en marcha de regreso al hospital.
Clic.
Thalia volvió la mirada hacia la puerta, observando a Rodrigo mientras entraba.
—El doctor dice que en dos días me dan de alta —le informó.
Rodrigo no respondió de inmediato. Siguió caminando hasta llegar a la cama, donde Thalia estaba sentada recargada en los almohadones, con su hijo dormido a un lado.
Rodrigo acarició la mejilla suave de su hijo. Se quedó contemplando su rostro un buen rato antes de volverse hacia su esposa.
—Sé que te hice mucho daño y que tienes todo el derecho de estar enojada, pero ¿no piensas en nuestro hijo si te empeñas en volver a la pensión? —por enésima vez, Rodrigo insistió con la esperanza de que esta vez Thalia entrara en razón.
—¡Por favor, Thalia... te lo suplico, piensa en la comodidad de nuestro hijo! —agregó al ver que Thalia permanecía en silencio.
—Mi decisión está tomada, Rodrigo. Santi y yo viviremos en la pensión. No te voy a impedir que nos visites, porque al fin y al cabo Santi lleva tu sangre. Pero si te sientes incómodo con el lugar donde vivo, entonces tampoco te voy a obligar a ir a vernos.
—Thalia... —la voz de Rodrigo sonó suplicante.
—¡Basta, Rodrigo!
—Está bien, si esa es tu decisión. Pero como tú misma dijiste, puedo ir a ver a nuestro hijo cuando quiera —finalmente, Rodrigo cedió.
*
Dos días después.
Thalia recibió el alta. Ahora estaban de camino a la pensión de Thalia, mientras Mariana conducía su propio auto detrás del lujoso carro de Rodrigo. En realidad, Thalia se resistía a que Rodrigo la llevara, pero la insistencia de Mariana la hizo ceder.
La llegada de Thalia a media mañana se convirtió en el centro de atención de los vecinos de la pensión. Y lo que más llamó la curiosidad de las vecinas fue el auto lujoso de Rodrigo que acababa de entrar al estacionamiento.
Rodrigo bajó primero del auto, lo cual avivó aún más la curiosidad de las señoras.
—¿Quién será? Está guapísimo...
—Seguro anda buscando un cuarto para rentar.
—¿En serio? Un hombre con esa pinta, ¿va a querer vivir en una pensión como esta? —entre el auto de lujo y la apariencia de Rodrigo, no tenía el menor sentido que estuviera buscando una habitación, o al menos eso pensaron las vecinas.
—Pues sí, tienes razón.
Los murmullos de las vecinas arreciaron al ver a Rodrigo. Él les dedicó una sonrisa a las señoras que estaban reunidas frente a una de las habitaciones.
Rodrigo rodeó el auto y le abrió la puerta a Thalia. Al poco rato, ella bajó con su bebé en brazos.
—¡Es Thalia! ¿No es Thalia? —una de las vecinas aguzó la vista y, en efecto, la mujer que acababa de bajar del auto de lujo no era otra que Thalia, una de las inquilinas de la pensión. Tres de las vecinas se apresuraron a acercarse, dedicándole al hombre que sacaba una maleta grande de la cajuela la sonrisa más dulce que pudieron.
Antes de que Thalia alcanzara a presentar a Rodrigo, él ya se le había adelantado.
—Buenos días, señoras. Mi nombre es Rodrigo. Soy el esposo de Thalia.
Thalia no tuvo más remedio que asentir, confirmando las palabras de Rodrigo.
—¡Vaya! No tenía idea de que el esposo de Thalia fuera tan guapo —comentó una señora de mediana edad cuya habitación estaba al final del pasillo—. Con ver algo tan agradable a la vista, dan ganas de volver a ser joven para conseguirse uno así... —agregó la misma señora.
—Ay, señora, si quiere uno así de guapo, primero tiene que ser tan bonita como Thalia, para que el joven se fije en usted —replicó otra de las vecinas.
—Ya, ya... ¿por qué se ponen a disparatar? ¿No ven que la pobre criatura se está asoleando? —intervino la dueña de la pensión, meneando la cabeza ante las ocurrencias de las señoras.
Thalia sonrió.
—Bueno, con su permiso, nosotros nos retiramos, señoras —se despidió Thalia.
Después de que entraron a la habitación, las vecinas siguieron hablando de Thalia.
—¿Vieron al bebé de Thalia? ¡Precioso!
—Pues con razón, señora. Con esos papás tan guapos que tiene...
—Es verdad... ¡Jajaja!
Todo ese tiempo, Thalia les había dicho a los vecinos que su marido estaba trabajando fuera de la ciudad. Lo hizo para ser aceptada sin problemas en aquella comunidad, sin tener que soportar comentarios desagradables, considerando que en ese entonces estaba embarazada de Santi.