INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Capítulo 13: La Reconstrucción de las Horas
El lunes amaneció con una luz diáfana y limpia, de esas que quedan después de que las grandes tormentas limpian el aire de la ciudad. El pequeño Andreis Julián despertó sin rastro de fiebre, con un apetito voraz y una sonrisa que iluminó por completo la casa. Para Andrés, ver al niño sentado en la barra de la cocina comiendo los panqueques que Juliana había preparado con paciencia, fue el recordatorio más vivo de que el pacto de la madrugada no había sido un sueño.
Habían acordado ir despacio, y cumplir su palabra requería, antes que nada, deshacer los nudos que su propio orgullo había atado.
A media mañana, tras dejar a los niños en sus respectivas actividades académicas bajo un ambiente de tranquilidad que la familia no experimentaba en días, Andrés llegó a las oficinas de la constructora Fontane. Su semblante ya no era el del hombre sombrío y rígido del viernes anterior; había una determinación serena en sus pasos. Al cruzar el pasillo principal, su mirada se topó con el escritorio de recepción. Viviana estaba allí, revisando unos documentos con una rigidez evidente, denotando que la humillación de haber sido abandonada en el restaurante La Lanterna todavía le escocía en el amor propio.
Andrés se detuvo frente a ella, adoptando una postura profesional pero sumamente distante.
—Viviana, por favor, pasa a mi oficina en cinco minutos. Necesito que revisemos unos asuntos de la agenda —dijo con voz clara y neutral, antes de entrar a su despacho.
Exactamente cinco minutos después, la secretaria entró, cerrando la puerta detrás de sí. Su expresión fluctuaba entre la indignación y la expectativa de recibir una disculpa romántica por lo sucedido la noche de su cumpleaños.
—Andrés, sobre lo del viernes... —comenzó ella, dando un paso al frente con la voz suavizada.
—Precisamente de eso quería hablarte, Viviana —la interrumpió él, manteniéndose de pie detrás de su escritorio, con las manos apoyadas sobre la superficie de madera—. Quiero pedirte una disculpa formal por mi comportamiento del viernes por la noche. No debí aceptar esa cena. Estaba pasando por un momento personal muy complejo y actué de manera impulsiva, lo cual fue una falta de respeto hacia tu tiempo.
Viviana parpadeó, desconcertada por la frialdad corporativa con la que él despachaba el asunto.
—Sé que te dolió que me marchara así, y lo lamento —continuó Andrés, sosteniéndole la mirada con una fijeza que no dejaba espacio a las dudas—. Pero quiero dejar las cosas completamente claras para evitar futuros malentendidos. Nuestra relación en esta empresa es, y seguirá siendo, estrictamente profesional. Sos una excelente secretaria, pero entre nosotros no hay, ni habrá, espacio para nada más. Mi prioridad absoluta, y el único lugar donde está mi corazón, es mi familia... es Juliana.
El nombre de Juli sonó en la oficina con el peso de una declaración irrevocable. Viviana asimiló el golpe, apretando los labios mientras su postura se volvía rígida. Entendió que la grieta en la armadura del jefe se había cerrado para siempre, y que no importaba cuántos años esperara, ese territorio ya tenía dueña.
—Entendido, señor Fontane —respondió ella con voz cortante—. Con su permiso, vuelvo a mis labores.
Andrés asintió en silencio, viendo cómo salía de la oficina. Sintió que un peso invisible se desprendía de sus hombros; había aclarado el malentendido y, sobre todo, había honrado la promesa de ir despacio, limpiando el camino de cualquier sombra de desconfianza.
Mientras tanto, en la academia de danza, el orden habitual regresaba a los salones. Juliana marcaba los pasos de la coreografía con una soltura que sus alumnas notaron de inmediato. La rigidez de hielo que la había acompañado durante la última semana parecía haberse derretido, reemplazada por una paz suave y una concentración renovada.
Al mediodía, durante el descanso, Emmeline entró al salón de baile. Llevaba dos tazas de café y observaba a su mejor amiga con una ceja levantada y una sonrisa cómplice que no podía ocultar.
—Bueno... creo que la tormenta del fin de semana causó estragos, pero de los buenos —comentó Emme, extendiéndole una de las tazas—. Mi hermano me llamó temprano. Sonaba como un hombre nuevo, Juli. ¿Me vas a contar qué pasó o tengo que adivinarlo por la cara de alivio que traés hoy?
Juliana soltó una pequeña risa, aceptando el café y sentándose en el suelo de madera, apoyando la espalda contra el gran espejo.
—Andreis se puso muy mal el domingo, Emme. Volaba en fiebre y estaba delirando. Andrés me llamó desesperado, llorando... nunca lo había escuchado así —confesó Juli, con la mirada fija en el líquido oscuro de la taza—. Fui de inmediato. Y en medio de la crisis, cuando el niño por fin se durmió, nos abrimos como nunca antes lo habíamos hecho.
Emmeline se sentó a su lado, escuchando con atención absoluta.
—Le dije todo, Emme. Le hablé del dolor del pasado, del impacto que tuvieron sus palabras cuando me despreció en el embarazo y me dijo que nunca me amaría por su amor de la infancia. Le confesé el pánico que me daba volver a sufrir por él, y por qué usaba a mis padres, Julia y Joaquín, y a las casas separadas como mi único refugio seguro.
—¿Y él qué hizo? —preguntó Emme en un susurro, conmovida por la vulnerabilidad de su amiga.
—Me escuchó. Lloró conmigo y me pidió perdón desde lo más profundo. Entendió, por fin, que él no era la única víctima de esta historia. Me explicó lo de Viviana; fue un arranque de orgullo herido para demostrarse que podía avanzar tras mi rechazo del lunes, pero me juró que no hay nada ahí. Y le creo, Emme. Decidimos ir despacio. Sin presiones de mudanza, respetando mis tiempos y mis límites, pero con la puerta abierta para que me ayude a sanar la herida que él mismo abrió.
Emmeline abrazó a Juliana por los hombros, dejando escapar un suspiro de felicidad genuina.
—No sabés lo feliz que me hace escuchar eso, Juli. Mi hermano cometió demasiados errores en su juventud, pero el hombre de treinta y cuatro años que es hoy te ama con locura. Sanar lleva tiempo, pero hacerlo juntos es el mejor camino.
A las cinco de la tarde, el motor del auto de Andrés se escuchó afuera de la academia. Juliana salió a la recepción junto a Athenea, quien llevaba su mochila de arte al hombro.
Cuando la puerta de cristal se abrió, Andrés entró al lugar. Vestía ropa casual, una camisa oscura con las mangas remangadas hasta los antebrazos, y su rostro reflejaba una calma madura. Al ver entrar a su papá, Athenea corrió hacia él y le entregó un papel doblado.
—¡Feliz cumpleaños atrasado, papá! Este es el dibujo que te hice el viernes —dijo la niña con una sonrisa brillante.
Andrés se acuclilló, tomando el dibujo con una delicadeza infinita. Era un retrato de los cuatro: él, Juliana, Athenea y el pequeño Andreis, tomados de la mano bajo un arcoíris. A Andrés se le hizo un nudo en la garganta, pero sonrió con ternura, besando la mejilla de su hija.
—Es el mejor regalo de cumpleaños del mundo, mi princesa. Lo voy a colgar en mi oficina hoy mismo —respondió con su voz grave, enderezando la postura.
Sus ojos oscuros se encontraron con los de Juliana. Ya no había el desafío arrogante del lunes pasado, ni la distancia gélida del miércoles, ni el pánico del viernes en el restaurante. Había una mirada limpia, cargada de un respeto profundo y una paciencia infinita que le aceleró el pulso a Juli de una forma completamente nueva.
—Hola, Juli —dijo él con suavidad.
—Hola, Andrés —respondió ella, permitiéndose sostenerle la mirada con una sonrisa de lado, pequeña pero honesta.
—¿Está todo listo para llevar a Athenea a su clase? —preguntó él, manteniendo una distancia respetable, demostrando con hechos que estaba dispuesto a cumplir el pacto de no presionar.
—Sí, todo listo. Su cuaderno está en la mochila —asintió Juliana, dando un paso imperceptible hacia adelante—. Que les vaya muy bien.
Andrés le dedicó una última mirada cargada de una promesa silenciosa, tomó la mano de la niña y caminó hacia la salida. Juliana se quedó de pie en la recepción, mirando a través del cristal cómo el auto se alejaba. Por primera vez en cinco años, las casas seguían separadas y los límites estaban claros, pero el abismo que los distanciaba ya no se sentía permanente. Ahora, cada hora que pasaba era un ladrillo nuevo en la reconstrucción de un amor que, por fin, estaba aprendiendo a madurar.