Lois y Cristopher se conocieron a los catorce años, sin imaginar que ese primer encuentro cambiaría sus vidas para siempre. Años después, cuando por fin están juntos, personas muy cercanas harán todo lo posible por separarlos. Entre el amor, las traiciones y las decisiones más difíciles, descubrirán que algunos corazones jamás dejan de elegirse.
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Capítulo 24: Nuevas amistades
Los días en la universidad comenzaron a volverse parte de nuestra rutina.
Todo era nuevo, intenso, pero emocionante.
Cristopher en Medicina.
Yo en Biología Marina.
Y, aunque estudiábamos en áreas distintas, siempre encontrábamos la forma de vernos en los descansos.
Pero había algo más…
Steven.
Se había convertido en mi compañero de clases.
Desde el primer día fue amable, relajado, de esos que hacen que todo sea más fácil sin esforzarse demasiado.
—Tienes buena memoria para los ecosistemas marinos —me dijo un día mientras revisamos apuntes.
Reí.
—Es que me gusta de verdad.
Él asintió.
—Se nota.
No había incomodidad.
Solo una amistad que comenzaba de forma natural.
Por otro lado, Cristopher también había hecho su propio vínculo.
Danalieth.
Ella estaba en su misma área cercana a Medicina, y poco a poco se integró a su grupo.
Era simpática, segura, y siempre saludaba con respeto.
—Tu novia es muy tranquila —me dijo Cristopher un día mientras almorzábamos.
—Steventh también respondió sonriendo.
Y así, sin darnos cuenta, los cuatro empezamos a cruzarnos más seguido.
Una tarde, después de clases, estábamos en el patio central de la universidad.
Steven llegó con una sonrisa.
—Oye, Lois… ¿Qué haces este fin de semana?
Lo miré.
—Nada planeado… ¿por qué?
Él se encogió de hombros.
—Podríamos hacer algo tranquilo. Salir, comer algo, o simplemente juntarnos.
Cristopher, que estaba a mi lado, intervino.
—Podríamos hacer algo mejor.
Los tres lo miramos.
Él sonrió.
—Los invito a la mansión este fin de semana.
Silencio.
Steven abrió los ojos.
—¿La mansión del Cajón del Maipo?
Cristopher asintió.
—Sí.
Danalieth sonrió emocionada.
—Sería increíble.
Yo también sonreí.
—Entonces queda decidido.
El fin de semana llegó más rápido de lo esperado.
La universidad seguía siendo exigente, pero ese descanso prometía algo distinto.
No había tensiones.
No había rarezas.
Solo un grupo de cuatro personas están empezando a conocerse.
Cuando llegamos al Cajón del Maipo, la mansión volvió a recibirnos como siempre.
Grande.
Imponente.
Rodeada de montañas.
Steven se quedó mirando desde afuera.
—Esto es otro nivel…
Cristopher rio.
—Solo es una casa.
—“Solo una casa” —repitió él—. Claro…
Todos reímos.
Entramos juntos.
Danalieth miraba cada espacio con curiosidad.
La piscina.
El cine.
La cancha.
Los ventanales son enormes.
—Es hermosa —dijo sincera.
—Les va a gustar más cuando estemos relajados —respondí.
El día pasó entre risas.
Comimos juntos.
Jugamos vóleibol en la cancha.
Vimos películas en el cine privado.
Todo era natural.
Fluía.
Sin esfuerzo.
Sin incomodidad.
En la tarde, nos sentamos en la terraza mirando las montañas.
Steven estaba al lado mío.
Cristopher con Danalieth un poco más allá.
Pero todos conversando juntos.
Como si se conocieran de mucho antes.
—Me gusta este grupo —dijo Steven sonriendo.
Cristopher asintió.
—A mí también.
Danalieth miró a todos.
—Se siente… liviano.
Sonreí.
—Sí… así debería ser siempre.
El sol comenzó a caer sobre el Cajón del Maipo.
Y la mansión se iluminó lentamente con las luces exteriores.
Todo era paz.
Todo era armonía.
Todo era nuevo.
Sin saber que ese mismo inicio tranquilo…
Sería lo que haría que todo lo que venía
después doliera mucho más.
Pero por ahora…
solo éramos nosotros cuatro.
Y la vida recién estaba empezando.