Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 4: El Caballero Que No Cae
La luz del amanecer entró lentamente por las cortinas.
Suave. Dorada. Silenciosa.
Victoria abrió los ojos con pesadez.
Por un instante, olvidó dónde estaba.
Luego recordó.
El compromiso.
La firma.
La noche extraña.
Giró ligeramente la cabeza hacia el otro lado de la habitación.
La cama, intacta.
Como esperaba.
Pero él estaba ahí.
De pie.
Apoyado ligeramente sobre la funda de la Espada Dragón Negro, cuya punta descansaba contra el suelo de mármol. Sus manos reposaban sobre la empuñadura, una sobre otra.
La espalda recta.
El uniforme aún impecable.
Inmóvil.
Victoria frunció el ceño.
Se incorporó despacio.
Se quedó observándolo.
No respiraba con la profundidad de alguien despierto.
No parpadeaba.
Estaba… dormido.
Dormido de pie.
Sus labios se curvaron apenas.
“Conque no duermes, ¿eh?”
Se levantó sin hacer ruido y caminó hacia él.
Se detuvo a poca distancia.
De cerca, las ojeras eran más visibles bajo la luz del amanecer.
No eran profundas.
Pero estaban ahí.
Persistentes.
Victoria cruzó los brazos.
—Eres ridículo… —murmuró en voz baja.
Rafael no reaccionó.
Dormía con una quietud que parecía casi artificial.
Como una estatua colocada para vigilar.
Victoria dio una vuelta a su alrededor, examinándolo.
No había tensión agresiva en su postura.
Era más bien… costumbre.
Disciplina llevada al extremo.
“Siempre de guardia.”
Victoria levantó una mano.
Dudó.
Y luego, con suavidad inesperada, dio un leve toque en su hombro.
Rafael abrió los ojos al instante.
No sobresaltado.
No confundido.
Simplemente consciente.
—Buenos días, princesa.
Como si hubiera estado esperando ese momento.
Victoria alzó una ceja.
—Estabas dormido.
—No completamente.
Ella rodó los ojos.
—Claro.
Se acercó un paso más.
—¿Cuánto tiempo llevas haciendo eso?
Rafael parpadeó una vez.
—Desde que recibí mi primera bendición importante.
—Eso no responde mi pregunta.
Pausa.
—Años.
Victoria lo miró en silencio.
Años.
Sin recostarse con normalidad.
Sin bajar la guardia.
Sin permitirse vulnerabilidad.
Se dio la vuelta con brusquedad para ocultar la expresión que casi apareció en su rostro.
—Hoy vas a probarte el traje.
Rafael inclinó levemente la cabeza.
—Como ordene.
Victoria se detuvo.
No se giró.
—No es una orden.
Silencio breve.
—Es una advertencia.
Finalmente lo miró por encima del hombro.
—Mi ex prometido llega en una semana. No permitiré que piense que me dejaron sola o que fui abandonada.
Rafael sostuvo su mirada con calma.
—No la dejaré en ridículo.
—Más te vale.
Ella caminó hacia la ventana y abrió las cortinas completamente. La luz inundó la habitación.
—Y esta noche…
Se giró hacia él con una expresión casi desafiante.
—Dormirás en la cama.
Rafael parpadeó apenas.
—No es necesario.
Victoria lo interrumpió con una mirada firme.
—No discutas conmigo en esto.
Se acercó hasta quedar frente a él.
No agresiva.
Pero decidida.
—Si vas a quedarte aquí… aunque sea por poco tiempo…
Su voz bajó apenas.
—No actuarás como si fueras una estatua en mi habitación.
El silencio entre ellos cambió.
Ya no era choque.
Era ajuste.
Rafael bajó la mirada por un segundo.
No por sumisión.
Por reflexión.
—Lo intentaré.
Victoria sonrió apenas.
Una sonrisa pequeña.
Casi invisible.
—Eso quería escuchar.
Se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, habló sin mirarlo:
—Y Rafael…
Él levantó la vista.
—Buenos días.
Fue simple.
Pero diferente.
La puerta se cerró suavemente.
Rafael permaneció quieto unos segundos más.
Luego, por primera vez en mucho tiempo…
Apartó la espada del suelo.
Y respiró profundo.
Capítulo 4
Parte 2 — Lo Que Hay Más Allá del Deber
El sol ya estaba alto cuando Victoria decidió salir del palacio.
No avisó a nadie.
Simplemente caminó hacia la entrada principal.
Y, como una sombra silenciosa…
Rafael la siguió.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
A su lado.
Las calles del Ducado estaban más tranquilas de lo habitual. Comerciantes abriendo puestos, niños corriendo entre fuentes de piedra, guardias patrullando con respeto visible hacia la princesa.
Al verla caminar junto al Santo de la Espada, los murmullos no tardaron.
Victoria ignoró todos.
Caminaba con paso firme.
Después de varios minutos en silencio, giró ligeramente el rostro hacia él.
—Y bien.
Rafael mantuvo la mirada al frente.
—¿Sí?
—¿Qué haces en tu tiempo libre?
Él tardó apenas un segundo en responder.
—No tengo tiempo libre.
Victoria lo miró con incredulidad.
—¿Cómo que no?
—Entreno.
—¿Y cuando no entrenas?
—Entreno de otra forma.
Ella frunció el ceño.
—Eso no cuenta.
Rafael parpadeó levemente.
—Reviso informes militares. Evalúo estrategias. Superviso escuadrones.
Victoria soltó un suspiro largo.
—Eres aburrido.
Rafael la miró por primera vez directamente.
—Lo sé.
La respuesta fue tan tranquila que ella casi tropieza.
Esperaba defensa.
Orgullo.
Algún comentario sobre disciplina.
Pero no eso.
Victoria entrecerró los ojos.
—¿No te molesta que te lo diga?
—No.
Siguieron caminando.
Un grupo de niños pasó corriendo frente a ellos. Uno tropezó y cayó cerca de Rafael.
Sin pensarlo, él se agachó inmediatamente.
—¿Estás bien?
Su voz cambió.
Más cálida.
El niño asintió, algo intimidado al reconocer quién era.
Rafael lo ayudó a levantarse con cuidado.
Victoria observó en silencio.
No había tensión en él.
No había distancia.
Solo amabilidad natural.
El niño sonrió antes de irse corriendo otra vez.
Rafael se puso de pie.
Victoria habló sin mirarlo directamente.
—Eso sí no parecía aburrido.
Él tardó en entender.
—¿Qué?
—Eso.
Ella hizo un gesto vago con la mano.
—Actuar como persona.
Rafael guardó silencio unos pasos más.
—No estoy seguro de saber cómo actuar de otra forma.
Victoria lo miró de reojo.
—Pues aprende.
—¿A qué?
—A hacer algo inútil.
Él la observó con genuina confusión.
—¿Inútil?
Victoria señaló un puesto cercano donde vendían dulces tradicionales del ducado.
—Comprar algo sin razón estratégica.
Rafael miró el puesto como si estuviera evaluando una amenaza.
Victoria rodó los ojos.
—No es una emboscada, Santo de la Espada.
Él dudó… apenas.
Luego caminó hacia el puesto.
El comerciante temblaba ligeramente al atenderlo.
Rafael pidió dos piezas al azar.
Pagó sin negociar.
Volvió hacia Victoria y le extendió una.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué es?
—No lo sé.
—¿Lo compraste sin saber?
—Usted dijo que debía hacer algo inútil.
Victoria lo observó unos segundos.
Luego tomó el dulce.
Le dio un pequeño mordisco.
Sus ojos se abrieron apenas.
—Está bueno.
Rafael miró el suyo como si fuera un artefacto desconocido.
Probó un pedazo.
Su expresión no cambió mucho.
Pero hubo algo distinto en su mirada.
Más ligera.
Victoria sonrió levemente.
—¿Ves? No todo es entrenamiento y deber.
Rafael miró al frente, masticando lentamente.
—Supongo que no.
Caminaron un poco más.
El ambiente era más relajado.
Hasta que Victoria habló otra vez, más baja.
—Cuando venga mi ex…
Rafael la miró.
Ella mantuvo la vista al frente.
—No necesito que lo intimides.
Pausa.
—Solo necesito que estés ahí.
Rafael no respondió de inmediato.
Luego dijo con calma:
—Estaré.
Sin promesas grandiosas.
Sin juramentos dramáticos.
Solo certeza.
Victoria no volvió a hablar.
Pero esta vez, el silencio entre ellos no era incómodo.
Era… compartido.