"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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Miradas que Hablan
El sol de la tarde en Jurubirá caía pesado, tiñendo el mar de un dorado que Pablo nunca había visto en las galerías de Madrid. Estaba sentado en el muelle, observando a Santiago intentar pescar. La risa limpia del niño hacía que Pablo se sintiera como un intruso con sus dudas de ciudad.
De repente, Sofía se acercó al muelle llevando una jarra de agua fresca. Se había puesto una cinta colorida en el cabello y caminaba con una timidez que no solía tener.
—Señor Pablo... pensé que tendría sed con este calor —dijo Sofía, entregándole un vaso. Sus dedos rozaron los de él por un segundo y ella bajó la mirada de inmediato, con las mejillas encendidas.
—Gracias, Sofía. Siempre eres muy amable conmigo —respondió Pablo con una sonrisa fraternal. Para él, ella era la dulzura del pueblo, pero no notaba el brillo especial en los ojos de la joven.
Desde la distancia, bajo la sombra de un almendro, Aurora observaba la escena. No sentía celos, sino una punzada de preocupación. Conocía a su hermana menor mejor que nadie y ese lenguaje corporal —el cabello arreglado, la voz suave, la prisa por atenderlo— era una señal de alerta que no podía ignorar.
Más tarde, en la cocina de los Garcés, el silencio era interrumpido solo por el sonido del mortero donde Bertha machacaba especias. Sofía entró tarareando una melodía, todavía con la cinta en el pelo.
—Esa cinta te queda muy bonita, hija —dijo Bertha sin levantar la vista—. Pero recuerda que las flores que se arreglan mucho para que otros las vean, a veces terminan marchitas antes de tiempo.
—Solo quería verme bien, mamá —respondió Sofía, esquivando la mirada de su madre.
—Sofía, mírame —ordenó Bertha, dejando el mortero a un lado—. El señor Pablo es un hombre de paso. Tiene su vida en Europa y su corazón ya tiene dueño allá. No quiero que te hagas castillos de arena que la primera marea se va a llevar. El amor no es un juego de niñas, y menos con hombres que no hablan nuestro mismo idioma.
Sofía apretó los labios y salió de la cocina sin decir nada. Bertha suspiró, sintiendo un peso en el pecho. Sabía que su hija estaba empezando a sentir algo que solo traería tormentas a la casa.
Al anochecer, Aurora se encontró con Pablo en el camino de regreso a la posada.
—Rossi, tenga cuidado —le dijo ella, deteniéndolo bajo la luz de un farol amarillento.
—¿Cuidado con qué? ¿Con los caimanes otra vez? —bromeó él.
—No —respondió Aurora con seriedad—. Tenga cuidado con las esperanzas que siembra sin querer. Mi hermana es joven y ve en usted un mundo que no existe. No confunda su amabilidad con otra cosa, porque en esta familia cuidamos lo nuestro con garras.
Pablo se quedó mudo. No había pasado por su mente que su presencia pudiera causar ese efecto en Sofía. Se dio cuenta de que su "estancia temporal" en Jurubirá estaba empezando a enredar vidas de una forma que ningún contrato de su padre podría prever.
Esa noche, Pablo guardó el catálogo de las alianzas de oro blanco en el fondo de su cajón. Ya no solo le pesaba la presión de su padre y la sombra de Beatriz; ahora también le pesaba la inocencia de una joven que veía en él una salida a un mundo que él mismo estaba empezando a detestar.