"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 18: El Intruso en el Corazón
La mañana amaneció gris, con una neblina que se negaba a abandonar los jardines de "La Heredad". El sonido de varios motores rompió el silencio de la entrada principal. Diego (a quien su familia llamaba cariñosamente David), que no había dormido vigilando los perímetros, abrió el portón de hierro con el corazón en la garganta.
No solo era Valeria. Del coche principal bajaron también sus padres, cansados y con el miedo aún reflejado en sus rostros tras las amenazas sufridas. Valeria se veía pálida, pero al ver a Diego, se lanzó a sus brazos por puro instinto de supervivencia.
—Diego... no podíamos quedarnos solos. Tus padres estaban aterrados —susurró ella.
Desde el gran ventanal del segundo piso, Ciela observaba la escena. Ver a Diego sosteniendo a Valeria mientras sus padres lo abrazaban le provocó una mezcla de alivio por la seguridad de ellos, pero una punzada de inseguridad por la cercanía de la exnovia. Bajó las escaleras justo cuando el grupo entraba al gran salón.
—Ellos son mis padres y ella es Valeria —dijo Diego, presentando a su familia con orgullo y preocupación—. Estarán aquí unos días hasta que estemos seguros de que el peligro de los hombres de Valenzuela se ha disipado por completo.
Ciela asintió con cortesía, pero antes de que pudiera darles la bienvenida, Elena apareció en el salón con las maletas hechas y una expresión de furia contenida.
—¡Ya basta de este circo! —gritó Elena, ignorando a los recién llegados—. Valenzuela está muerto. El peligro terminó. Ciela, sube a recoger tus cosas. Nos vamos a nuestra casa ahora mismo. Roberto ya está en el auto.
Beatriz salió de la biblioteca, cruzándose de brazos con esa elegancia natural que tanto irritaba a Elena.
—Ciela todavía necesita cuidados médicos, Elena. Esta casa tiene enfermeras y seguridad. En tu casa, ella es vulnerable.
—¡En mi casa ella es mi hija! —replico Elena, acercándose a Beatriz—. Tú tienes el dinero, pero yo tengo los años. No voy a permitir que sigas usando tu fortuna para comprar su afecto. ¡Vámonos, Graciela!
—¡Basta! ¡Las dos, cállense! —La voz de Ciela retumbó en las paredes de mármol. Su fuerza hizo que incluso los padres de Diego se detuvieran.
Ciela caminó hacia Elena y le tomó las manos con firmeza.
—Mamá Elena, te amo. Eres la mujer que me enseñó a ser quien soy. Pero tienes que dejar los celos. Cada vez que atacas a Beatriz, me hieres a mí. No soy un trofeo que se gana por años. Si te vas ahora, huyendo de la verdad, me estarás perdiendo de verdad. Nos vamos a quedar aquí, todos, hasta que yo decida mi propio camino.
Elena soltó las maletas, que cayeron al suelo con un golpe seco. Su defensa se desmoronó ante la mirada de su hija.
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La Cena de Bienvenida
Esa noche, el inmenso comedor de "La Heredad" se llenó por primera vez de voces que no eran solo abogados o guardias. Beatriz había ordenado una cena abundante para recibir a los padres de Diego y a Valeria. Era una mesa extraña: los padres adoptivos de Ciela (Elena y Roberto), su madre biológica (Beatriz), su hermana (Lucía), y la familia de Diego.
Ciela se sentó en la cabecera, observando cómo la madre de Diego le servía comida a su hijo con el mismo amor con el que Elena lo hacía con ella. La tensión era palpable cuando Valeria intentaba incluirse en las conversaciones familiares de Diego, lanzando miradas furtivas a Ciela.
—Es una casa hermosa, señora Beatriz —dijo el padre de Diego, tratando de romper el hielo—. Gracias por darnos refugio.
—Es lo mínimo que puedo hacer por la familia del hombre que le salvó la vida a mis dos hijas —respondió Beatriz con sinceridad, mirando de reojo a Elena, quien pinchaba su comida con desgana.
Elena no pudo evitarlo y soltó un suspiro ruidoso.
—Espero que la comida esté a su gusto. Aquí todo es de "primera clase", como pueden ver.
Ciela puso su mano sobre la de Elena por debajo de la mesa, apretándola suavemente para recordarle su advertencia. Elena se calló, pero sus ojos seguían fijos en Beatriz.
La cena terminó con un brindis agridulce. Mientras los padres de Diego agradecían la hospitalidad, Valeria se acercó a Diego en un rincón del salón, susurrándole algo al oído que lo dejó pálido. Ciela lo notó desde lejos, y el sentimiento de que la paz era solo una fachada volvió a invadirla.
Tras despedir a los invitados a sus respectivas habitaciones, Beatriz encuentra un sobre con el sello de las Caleras del Norte sobre su escritorio. Julián, el padre biológico de Ciela, finalmente ha decidido que es hora de reclamar su parte en este drama familiar.
¿Qué sería eso que le susurro Valeria a Diego?
¿Qué querrá Julián?
¿Vendrá a armar otro drama más grande?
¿Será que por fin Elena dejara los celos de Beatriz?
Holis lectores bellos, espero que les esté gustando mi historia hasta ahora.. comenten mucho y dejen muchos corazones 🥰 bye 😘