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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

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Capítulo 11: La Danza de las Llamas Virtuales

El aire en el búnker comenzó a volverse denso, con ese sabor metálico que precede a la asfixia. Marta golpeaba la escotilla de acero con los puños sangrantes, pero el sonido moría en el blindaje. Abajo, en la pantalla del monitor, la imagen de Julián en su dormitorio era de una nitidez cruel. Él sostenía el encendedor, su llama bailando en el reflejo de sus ojos vacíos, mientras el líquido inflamable empapaba las sábanas de seda que Marta tanto había amado.

​—¡Julián, no! —gritó ella, aunque sabía que él no podía oírla. Era una espectadora de su propia ejecución emocional.

El búnker no era solo una habitación; era una trampa de eco. Cada vez que Marta gritaba, su propia voz le devolvía un tono distorsionado, como si Elena estuviera burlándose de su desesperación desde las esquinas oscuras.

​I. El Fantasma en la Máquina

​Marta dejó de golpear la puerta cuando se dio cuenta de que la pantalla no era solo una transmisión. Debajo del monitor, un teclado antiguo se iluminó. Un mensaje apareció en letras verdes fosforescentes: "PARA SALVAR EL PRESENTE, DEBES CONFESAR EL PASADO".

​—¿Qué quieres que diga? —le gritó Marta a la cámara oculta en el techo—. ¡Ya lo saben todo! ¡Saben que los dejé! ¡Saben que quería ser libre!

​—No lo sabes todo, Marta —la voz de Niclaus llenó el búnker, esta vez sin la interferencia de la cinta. Parecía estar justo detrás de ella, aunque la habitación estaba vacía—. No confesaste por qué el Maestro te eligió a ti para vigilar. No confesaste qué le dijiste a Elena al oído antes de cerrar la puerta.

​En la pantalla, Julián acercó la llama al borde de la cama. Marta cayó de rodillas frente al monitor. Sus dedos temblorosos se posaron sobre el teclado.

​—Le dije... le dije que no tuviera miedo —sollozó Marta—. Le dije que Niclaus estaría con ella para siempre. Que yo buscaría ayuda.

​—Mentira —sentenció la voz.

​Julián soltó el encendedor. El fuego brotó instantáneamente en la pantalla, una explosión naranja que devoró la imagen de la habitación de lujo. Marta gritó, tapándose los ojos, pero la transmisión no se cortó. A través de las llamas, vio algo que le heló la sangre: Julián no se movía. Se quedaba sentado, dejando que el fuego le lamiera la ropa, con una sonrisa de absoluta paz.

​II. El Detective en la Puerta

​Mientras tanto, en la mansión Valmont, el Detective Aranda frenaba en seco su coche patrulla. Había visto el resplandor desde la avenida. Corrió hacia la entrada principal, derribando la puerta de roble con el hombro. El olor a gasolina era abrumador.

​—¡Policía! ¡Salga de ahí! —gritó Aranda, subiendo las escaleras de dos en dos.

​Al llegar al dormitorio principal, se detuvo. El fuego rodeaba la cama, pero lo que vio no tenía sentido. El hombre sentado en medio del incendio tenía el rostro de Julián, sí, pero sus movimientos eran mecánicos. Aranda disparó al extintor de incendios del pasillo, sofocando las llamas más cercanas, y se lanzó hacia el hombre para arrastrarlo fuera.

​Al tocarlo, Aranda retrocedió con un grito de horror. La piel del hombre se sentía fría, dura... sintética. No era Julián. Era un maniquí hiperrealista, una obra de arte macabra vestida con la ropa de Julián, con una máscara de silicona perfecta y un sistema de audio interno que reproducía una respiración grabada.

​En el pecho del maniquí, había una nota pegada con un alfiler de plata: "EL VERDADERO JULIÁN ESTÁ BAJO TIERRA CON SU PASADO. BUSCA EN EL ALA ESTE".

​III. La Salida de Sangre

​En el búnker, Marta vio a través del monitor cómo Aranda descubría el engaño. La transmisión cambió de repente. Ya no mostraba la mansión, sino un pasillo estrecho, apenas iluminado, que parecía estar justo detrás de la pared donde ella estaba apoyada.

​—Julián está aquí, Marta —susurró la voz de Niclaus—. En el laberinto que el Maestro construyó para nosotros. Si quieres salvarlo, tienes que entrar. Pero recuerda: en el laberinto, solo uno puede salir con la luz.

​Un panel en la pared del búnker se deslizó lateralmente, revelando un túnel húmedo y estrecho. Marta no lo dudó. Tomó su linterna y se internó en la garganta de la mansión Blackwood.

​El túnel olía a tierra vieja y a ozono. A medida que avanzaba, escuchaba susurros. No eran voces claras, sino el eco de niños jugando, el sonido de platos rotos y el llanto sordo de alguien que ha sido olvidado durante décadas.

​De repente, la luz de su linterna iluminó algo al final del pasillo. Era una figura humana, encadenada a una tubería de vapor.

​—¡Julián! —gritó Marta, corriendo hacia él.

​Pero al acercarse, la figura levantó la cabeza. No era Julián. Era el verdadero Niclaus. Estaba demacrado, con el torso desnudo cubierto de cicatrices de quemaduras antiguas y recientes, pero sus ojos brillaban con una lucidez aterradora. En su mano, sostenía un detonador.

​—Hola, hermana —dijo Niclaus, con una sonrisa que mostraba más dientes que humanidad—. Julián está en la habitación de al lado. Pero para llegar a él, tienes que pasar por encima de mí. Y he llenado este túnel con el mismo gas que el Maestro usaba para "calmarnos".

​Marta sintió que las piernas le fallaban. El gas empezaba a surtir efecto, distorsionando su visión. Niclaus empezó a multiplicarse frente a sus ojos. Había diez Niclaus, cien Niclaus, todos riendo, todos recordándole que ella fue la que cerró la puerta.

​—Yo nunca me fui, Marta —dijeron todas las sombras a la vez—. Porque tú me llevas cosido al alma.

​Marta se desplomó, viendo cómo Niclaus se acercaba a ella con el detonador en la mano, mientras al fondo del túnel, la voz de Julián empezaba a gritar su nombre en una agonía real.

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