Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
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capitulo 20
El Año Nuevo no llegó con un estruendo, sino con el roce de la seda pesada contra mis tobillos. Me miré en el espejo de cuerpo entero de la suite principal por última vez antes del descenso. Llevaba un qipao de diseño moderno, de un rojo tan profundo que bordeaba el negro en las sombras, bordado con hilos de oro que formaban fénix ascendiendo por mis costillas. Era una armadura de alta costura. Las joyas —el juego de rubíes que Alexander me había entregado esa misma tarde— pesaban sobre mi cuello con la autoridad de un grillete real.
Ya no era Luna, la chica que lloraba en los bancos del parque. Era la Matriarca de la casa Blackwood.
Alexander entró en la habitación. Estaba impecable en su traje a medida, pero su mirada, al posarse en mí, perdió esa frialdad empresarial que mantenía ante el mundo. Se acercó con la parsimonia de un depredador que admira a su pareja. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron en mi cintura desnuda, justo donde el corte del vestido revelaba la piel.
—Estás letal —susurró, su voz resonando en mi pecho—. Hoy no solo cambias el año, Luna. Cambias el orden natural de la vida de Liam.
—Él cree que todavía puede mirarme a los ojos —respondí, girándome en sus brazos. Apoyé mis manos en su pecho, sintiendo la vibración de su risa contenida—. Cree que esta cena es una oportunidad para que su tío "recobre el sentido" y lo perdone.
Alexander me tomó de la nuca, sus dedos enredándose en el peinado perfecto que me habían hecho horas antes. Me besó con una urgencia contenida, un beso que sabía a vino caro y a una victoria inminente. La sensualidad entre nosotros era el combustible de nuestra guerra; cada caricia suya era una medalla que yo lucía con orgullo bajo la seda. Sus labios bajaron por mi cuello, deteniéndose justo donde el rubí principal descansaba sobre mi piel, y por un momento, el mundo exterior desapareció. Éramos solo nosotros, dos arquitectos del caos sellando el pacto final.
—Baja —dijo él, separándose apenas unos milímetros—. Haz que se arrodille sin tocarlo.
El gran salón de la mansión estaba bañado en una luz dorada. La familia extendida, los socios comerciales y los Miller estaban allí. El aire olía a incienso y a las flores exóticas que yo misma había seleccionado para reemplazar los caprichos de Elena. Cuando Alexander y yo aparecimos en lo alto de la escalera, el murmullo de la sala se extinguió.
Caminamos del brazo, con una sincronía que solo el poder otorga. Al pie de la escalera, vi a Liam. Llevaba un esmoquin que gritaba desesperación por encajar, pero su rostro estaba pálido. A su lado, Elena Miller me miraba con una mezcla de envidia y terror. Ella sabía que el terreno bajo sus pies se estaba convirtiendo en arenas movedizas.
La cena transcurrió bajo el rigor del protocolo más estricto. Yo presidía el otro extremo de la mesa larga, frente a Alexander. Cada vez que Liam intentaba intervenir en la conversación sobre los activos de la empresa en el extranjero, yo lo interrumpía con una precisión quirúrgica, redirigiendo la charla hacia temas de los que él no sabía nada. Lo estaba asfixiando socialmente, y Alexander observaba con una satisfacción gélida.
Llegó el momento de la entrega de los hongbao. Es la tradición: los mayores, los que tienen la autoridad y la riqueza, entregan los sobres rojos a los jóvenes, a los subordinados, como símbolo de protección y bendición. Pero en nuestra familia, era un recordatorio de quién sostenía las riendas.
Alexander entregó los suyos primero. Luego, se giró hacia mí y me tendió una bandeja de laca negra con un solo sobre rojo. El sobre para el sobrino.
—Luna —dijo Alexander, su voz proyectándose por todo el salón—, como mi esposa y cogestora de la herencia familiar, te corresponde a ti bendecir el futuro de Liam.
El silencio fue absoluto. Liam se puso de pie, sus manos temblando ligeramente. Elena se quedó sentada, con la boca abierta. Liam tuvo que caminar hacia mí, cruzando el salón frente a todos los ojos importantes de la ciudad. Se detuvo a dos pasos, con la cabeza gacha por instinto, pero cuando levantó la vista, vi el fuego de la rabia mezclado con la humillación.
Me levanté con una gracia felina. Tomé el sobre rojo entre mis dedos. No era solo papel; contenía la asignación anual que yo había recortado personalmente, reduciéndola a una fracción de lo que él estaba acostumbrado. Era una "propina" para su existencia.
—Liam —dije, mi voz suave, casi cariñosa, cargada de una condescendencia que cortaba más que un cuchillo—. Ha sido un año de muchos cambios. Espero que este pequeño gesto te ayude a comprender el valor de la lealtad y el peso de la jerarquía en esta casa.
Le tendí el sobre con una sonrisa radiante, la misma sonrisa que él me dedicaba cuando me decía que "me cuidaría siempre" en el orfanato. Pero esta vez, mis ojos estaban fríos como el mármol.
Liam dudó. Sus ojos viajaron del sobre a mi rostro, y luego a Alexander, que lo miraba con una advertencia silenciosa. Finalmente, Liam extendió la mano y tomó el sobre. En ese momento, la justicia poética se completó. Él, el heredero, estaba recibiendo una limosna de la mujer que había despreciado por ser "pobre".
—Gracias... tía Luna —masculló. Las palabras parecieron quemarle la garganta.
—De nada, sobrino —respondí, mi sonrisa ensanchándose—. Ahora, ve a sentarte. Elena parece necesitar tu apoyo.
Él regresó a su sitio, pequeño, disminuido, con el sobre rojo apretado en su puño como si fuera una prueba de su propia ejecución. La cena continuó, pero para Liam, el mundo se había acabado. Ya no era el heredero; era el pupilo.
Cuando los invitados finalmente se retiraron, la mansión recuperó su silencio señorial. Alexander y yo subimos a la suite en silencio. Al cerrar la puerta, la máscara de Matriarca cayó. Me apoyé contra la madera, sintiendo el cansancio y el triunfo vibrando en mis huesos.
Alexander se acercó, deshaciéndose de su chaqueta. Me tomó por la cintura y me sentó en el tocador de mármol, apartando mis frascos de perfume. Sus manos subieron por mis muslos, la tela del qipao deslizándose para revelar la piel que Liam nunca volvería a tocar.
—Lo has roto —dijo Alexander, su mirada ardiente—. He visto su cara cuando le has sonreído al entregarle el sobre. Ha sido el insulto más elegante que he presenciado en mi vida.
—Se lo debía —susurré, rodeando su cuello con mis brazos—. Se lo debía a la chica que se quedó sola en aquella estación de tren.
Alexander me besó con una pasión que borró cualquier rastro de la frialdad de la noche. En la penumbra de la habitación, mientras los fuegos artificiales de la ciudad estallaban a lo lejos, nos entregamos el uno al otro con una intensidad salvaje. La sensualidad era nuestra forma de celebrar que el tablero era nuestro. Sus manos marcaron mi piel, sus labios reclamaron cada centímetro de mi cuerpo, y en cada movimiento, yo sentía que estaba reclamando mi propia vida.
No había sombras en esa cama. No había fantasmas del pasado. Solo estábamos nosotros, los dueños de la cima, disfrutando del sabor dulce y metálico de la venganza cumplida. El Liam estaba en el lugar que le correspondía: bajo mi bota, esperando mis migajas, mientras yo florecía en los brazos del hombre que lo había hecho todo posible.
Al quedarme dormida contra el pecho de Alexander, escuché el viento invernal afuera. Pero aquí dentro, el fuego de nuestra alianza quemaba con una fuerza que nada podría apagar. Mañana, Liam aprendería lo que significa vivir bajo las reglas de la tía política que nunca debió subestimar.