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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

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Capítulo 4

El teléfono seguía pegado a la oreja de Mateo cuando la voz de la mujer volvió a sonar: fría, altanera, imperiosa.

—Oye, tú, el mototaxista que vino ayer a pedir mi mano. Ven a la casa. Ahora —ordenó Diana sin rodeos.

Mateo exhaló despacio. El pecho todavía le pesaba por el hallazgo de Bastián.

—Estoy llevando un pasajero, Diana.

—Pues terminas y vienes directo. Sin demora —cortó Diana—. Es importante.

Ese tono soberbio le endureció la mandíbula. Estuvo a punto de colgar.

—Si es de noche, voy a estar cansado. Mejor mañana...

—Vienes —insistió Diana—. Eres mototaxista. No te hagas el difícil con eso de que estás cansado. Ni que ganaras gran cosa, y hablas como si fueras un ejecutivo.

Clic.

Le colgó sin más.

Mateo se quedó mirando la pantalla apagada. Había rabia, sí, pero más que nada inquietud.

—¿Quién era? —preguntó Bastián.

—La tipa insoportable y arrogante.

—¡Mira, hacen bonita pareja! —soltó Bastián.

—¡Oye!

Bastián volvió a reírse. Mateo desvió los ojos a la pantalla de la laptop. El nombre de Vale le daba vueltas en la cabeza, mezclado con las palabras accidente y hace dos años.

—Esa pierna... ¿Por qué después de dos años sigue sin sanar? ¿Tan grave fue la fractura? —murmuró.

Mientras tanto, Ricardo conducía sin rumbo. La carretera nocturna se extendía como un túnel interminable. Las luces de los autos se veían borrosas. El rostro de Vale aparecía una y otra vez: los ojos bajos, el asentimiento diminuto que le destrozó toda esperanza.

—Mentira... estás mintiendo —musitó, pero ni su propia voz sonaba convencida.

—No puede ser que te vayas a casar, Vale. Eso es puro invento de Diana, ¿verdad?

Apretó el volante. El pecho le reventaba. La vista se le nublaba por lágrimas que no se dio cuenta de que caían. Un bocinazo largo estalló, unas luces altas le cegaron los ojos...

¡CRASH!

El impacto desgarró la noche.

El auto de Ricardo giró y se estrelló contra la barrera de contención. El mundo pareció detenerse en un segundo de silencio, y después oscuridad.

En casa de don Ernesto, la noche se arrastraba lenta. Nadie sabía nada de Ricardo.

Diana iba y venía por la sala con el celular en la mano.

—¡Desgraciado! Le digo que venga y desaparece —refunfuñó.

Vale acababa de recoger los restos de la visita. Apareció con el gamis raído y medio húmedo, la mano sosteniendo la muleta. Le temblaban los hombros.

—¡Oye! ¡Vale! —ladró Diana—. ¿Dónde se metió tu mototaxista?

—No... no sé, Diana —respondió Vale en voz baja.

—¡Excusas! —Diana se le acercó con los ojos encendidos—. Lo hiciste a propósito, ¿verdad? ¡Para que no se concrete la boda con Mateo! ¡Lo que tú quieres es quedarte con Ricardo!

Don Ernesto se levantó.

—Diana, basta. No descargues tu rabia contra Vale.

—¡Siempre ella! —Diana rio con filo—. ¡Papá siempre la defiende!

Agarró la muleta de Vale con brusquedad.

—¡Esto también me tiene harta!

—¡De...! —Vale se sobresaltó.

La muleta voló al piso con estrépito. Se escuchó un crujido pequeño. Vale se tambaleó, el cuerpo se le iba de lado, y don Ernesto alcanzó a sostenerla justo a tiempo.

—¡Diana! —bramó don Ernesto—. ¡Te pasaste!

—¡Siga defendiéndola! —Diana señaló con el dedo—. ¡Estoy harta de vivir en esta casa! ¡Papá nunca me defiende a mí!

Giró sobre sus talones, tomó su bolsa y azotó la puerta al salir.

Marta, que llevaba rato callada, se levantó con el rostro enrojecido.

—¿Ves? Tu propia hija se fue porque prefieres a esa niña maldita.

—Marta... —Don Ernesto intentó hablar.

—¡Basta! —Marta agarró su bolsa—. Me voy con Diana. Quédate a gusto con tu hija de la mala suerte.

La puerta volvió a estrellarse.

Silencio.

El cuerpo de Vale se desplomó. Las lágrimas le cayeron sin ruido.

—Perdón, papá... —la voz se le quebró—. Por mi culpa... a papá le pasa esto. La familia se destruyó por mí.

Don Ernesto se arrodilló frente a ella y le tomó el rostro con suavidad.

—No digas eso.

—Yo no debería existir —sollozó—. Si yo no existiera, Diana no estaría furiosa. Mi madrastra tampoco...

Don Ernesto abrazó a Vale con fuerza. Le temblaban los hombros.

—Soy yo quien te pide perdón —murmuró—. Le prometí a tu madre... a Sofía... que te iba a cuidar. Pero fallé.

Ese nombre hizo que Vale llorara con más fuerza.

—Mamá...

—Perdóname —susurró don Ernesto—. Soy yo el débil.

La mañana llegó con golpes fuertes en la puerta.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Don Ernesto se despertó sobresaltado. Vale, que estaba cocinando en la cocina, también se asustó.

—¡Ernesto! ¡Marta! ¡Salgan!

Al abrir la puerta, un matrimonio los esperaba con el rostro descompuesto de furia. Los ojos de la mujer estaban hinchados de tanto llorar; el hombre a su lado apretaba los puños.

—¿Qué sucede, doña Aurora, don Arturo?

—¡¿Todavía preguntas?! —estalló el hombre—. ¡Todo es culpa de ustedes!

—¿A... qué se refiere? —Don Ernesto no entendía—. ¿Por qué vienen así?

—¡¿Sabes lo que le pasó a mi hijo?! —gritó la mujer entre lágrimas—. ¡Ricardo tuvo un accidente! ¡Después de salir de tu casa!

—¿Qué?

El mundo de Vale pareció derrumbarse.

—¿Un accidente...? —El cuerpo se le aflojó.

—¡Ahora está inconsciente! —prosiguió la mujer, histérica—. ¡Los doctores dicen que su estado es crítico!

Don Ernesto se tambaleó.

—Nosotros... no sabíamos nada. Cuando Ricardo se fue de aquí estaba bien, señor, señora.

—¡No se hagan! —rugió el padre de Ricardo—. ¡Ustedes le arruinaron la vida a mi hijo! ¡Sobre todo ella! —Su mano señaló a Vale.

Vale tembló.

—¿Yo...?

—¡Sí, tú!

—¡Si no fuera por ti, Ricardo no habría salido destrozado! —chilló la madre.

Las lágrimas de Vale brotaron a raudales.

—Les pido disculpas...

Don Ernesto se interpuso frente a Vale.

—Entiendo que estén furiosos por lo de Ricardo. Pero culpar a Vale no es justo.

—¡No nos importa! ¡Van a responder si a Ricardo le pasa algo! —amenazó el hombre antes de arrastrar a su esposa de vuelta.

Vale se dejó caer al suelo.

—Ricardo... por mi culpa... Papá, ¿de verdad solo traigo mala suerte? —sollozó, desconsolada.

—No. No te eches la culpa, Vale. Ricardo tuvo un accidente porque no fue cuidadoso. No por ti.

—Pero, papá...

—¡Basta! No pienses más en eso.

—Papá... quiero ir al hospital.

—No, Vale. ¿Para qué?

—Quiero ver cómo está Ricardo. —Vale suplicó. Don Ernesto sabía que si Vale iba, solo le causaría más dolor. Y no quería eso.

—Papá... —Las mejillas de Vale estaban empapadas. Don Ernesto cedió. Asintió, aunque sabía de antemano el trato que le esperaba a Vale.

—¿Qué haces aquí?

En el hospital, la madre de Ricardo ya tenía el semblante agrio. Nada de amabilidad para quien venía a ver a su hijo.

—¡No tenías que venir! ¡Solo vas a empeorar a Ricardo! ¡Todo es culpa de ustedes!

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