Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 8 Cuidados que no se dicen con palabras
Pasaron dos días desde que me quitaron el ventilador y me trasladaron de la UCI a una habitación común, mucho más amplia, luminosa y tranquila.
Aunque todavía sentía debilidad en todo el cuerpo y necesitaba ayuda con el oxígeno en algunos momentos, la sensación de paz era inmensa.
Esa mañana los médicos llegaron con una sonrisa tranquila mientras revisaban mis signos vitales y los nuevos análisis.
—Vamos muy bien —nos confirmó el doctor—.
La pulmonía está cediendo por completo, el tratamiento funciona perfectamente.
Ya no hay ningún riesgo grave, y si sigues así, en unos pocos días más podremos darte el alta para volver a casa.
Realmente has tenido mucha suerte de haber llegado a tiempo, fue una situación muy delicada.
Él estaba de pie junto a la ventana escuchando atentamente cada palabra.
Cuando el médico salió, se quedó mirándome en silencio unos segundos, como si todavía no pudiera creer que estuviera recuperándome.
—Lo escuchaste —dijo finalmente con su tono habitual, serio y firme, aunque se notaba una suavidad que antes no tenía—.
Todo saldrá bien. Pronto volveremos.
Pero yo veía más allá de esas palabras.
Se notaba que no había descansado bien:
Tenía ojeras muy marcadas, la ropa un poco arrugada y su postura, siempre tan erguida, se veía más cansada de lo normal.
Cuando intenté incorporarme un poco para ver por la ventana, mis brazos me fallaron de inmediato y tuve que volver a recostarme.
Él se acercó rápido.
—No te apresures —me dijo bajito, y con mucho cuidado acomodó las almohadas detrás de mi espalda—.
La recuperación es lenta, tienes que ir paso a paso.
No fuerces tu cuerpo.
Más tarde trajeron la comida.
Intenté tomar la cuchara, pero mi mano temblaba tanto que sabía que no podría ni acercarla a mi boca.
Él lo notó en seguida, tomó el plato sin decir nada, se sentó a mi lado y comenzó a darme de comer él mismo.
Lo hacía con mucha paciencia, esperando a que yo tragara bien antes del siguiente bocado, cuidando que no estuviera ni muy caliente ni muy fría.
No me miraba mucho a los ojos, pero cada movimiento era suave, como si temiera hacerme el más mínimo daño.
—¿Los niños están bien? —pregunté con voz débil.
Él asintió mientras limpiaba suavemente la comisura de mis labios.
—Están muy bien, no te preocupes.
Les he dicho que estás descansando mucho para ponerte buena pronto.
Preguntan por ti a cada rato, especialmente Alana, que quiere traerte un dibujo que hizo.
Les prometí que cuando llegues a casa estarán todo el día contigo.
—Tú podrías irte un rato a descansar —le sugerí—.
No tienes que quedarte aquí todo el tiempo.
Él negó con firmeza.
—No me iré.
Tengo que estar aquí contigo.
Es mi responsabilidad cuidarte.
Pero yo ya empezaba a entender que para él esto ya no era solo un deber.
Esa noche, cuando todo estaba en silencio, pensó que yo dormía profundamente.
Se acercó despacio a la cama y se quedó mirándome un instante.
Luego tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas con una ternura infinita.
—No me asustes más así, susurró tan bajito que casi no lo escuché —.
No sé qué habría hecho si te perderia ese día.
No sé cómo habría soportado que te fueras.
Por favor, cuídate mucho, no me dejes solo.
Se quedó así unos minutos más, apretando suavemente mi mano, antes de volver a su silla a vigilar mi sueño.
A la mañana siguiente volvió a ponerse esa máscara de seriedad y distancia.
Pero yo ya no tenía ninguna duda:
detrás de ese hombre frío y distante, había alguien que me quería y me cuidaba más de lo que se atrevía a admitir.