Traicionada, humillada y subestimada, Isabella dejó atrás un matrimonio tóxico para reconstruirse desde cero. Años después, regresa sin miedo y dispuesta a reclamar la fortuna millonaria de la abuela Genieve, dejando claro a quienes la despreciaron que la antigua Isabella ya no existe.
Una historia de renacimiento, poder y justicia donde las reglas del juego cambiaron para siempre y la venganza se sirve con elegancia.
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Capitulo 9
La penumbra de la noche avanzaba como una marea silenciosa. Eran las tres de la mañana cuando el rugido metálico de un motor deportivo rompió la calma del vecindario. Un instante después, el sonido de frenos secos resonó en la entrada de la mansión, seguido de risas estridentes y portazos violentos.
En el comedor, Isabella seguía junto al ventanal. Había decidido cambiarse el vestido granate por una ropa más simple, pero se había quedado allí, parada en el umbral, observando la mesa adornada que aún conservaba los restos de la cena fría, las flores importadas y el mantel impecable.
La puerta principal se abrió de golpe.
Una ráfaga de aire helado se coló en el recibidor, acompañada por el escándalo de pisadas torpes. Julián entró tambaleándose ligeramente, con la chaqueta del traje abierta y el cuello de la camisa desabrochado. No venía solo. Detrás de él entraron tres de sus amigos más cercanos de la alta sociedad —herederos acostumbrados al exceso y a la impunidad— y, sujetándose fuertemente de su brazo, Valeria Ríos.
Valeria vestía un minivestido dorado de lentejuelas que destellaba bajo las luces del vestíbulo, con una copa de champán a medio llenar en la mano y una sonrisa descarada.
—¡Bienvenido a la fortaleza Vane! —exclamó Julián con la voz arrastrada por el alcohol, haciendo un gesto exagerado con los brazos—. La fiesta no termina hasta que salga el sol, señores.
—¡Tu casa es una locura, Julián! —se rió uno de sus amigos, tropezando con la alfombra del pasillo—. Pensé que tu madre nos mandaría a sacar con los guardias.
—Mi madre está durmiendo, y mientras yo esté aquí, se hace lo que yo diga —presumió Julián, soltando una carcajada rasposa.
Valeria se inclinó hacia él, rozando su mejilla con insinuación.
—Julián, amor, tengo hambre. Dijiste que aquí habría algo para picar después del club.
—Lo que quieras, reina. La cocina es tuya —respondió él, pasándole el brazo sobre los hombros y arrastrándola hacia el pasillo central.
Fue entonces cuando la luz del comedor secundario llamó su atención. Julián se detuvo en seco en el arco de entrada, y el grupo de invitados chocó prácticamente con él.
Allí estaba el *banquete del desprecio*: la mesa larguísima decorada con velas apagadas, las dos copas de cristal cortado, la botella de vino de reserva y los platos cubiertos con campanas de plata que guardaban una cena elaborada minuciosamente y echada a perder por la espera.
En la esquina del salón, vestida de pie y en absoluto silencio, Isabella los contemplaba a todos.
El silencio se apoderó de la entrada durante un par de segundos. Los amigos de Julián intercambiaron miradas incómodas al reconocer a la esposa de su host. Sin embargo, Valeria rompió la tensión soltando una risita burlona que resonó en el techo alto como un látigo.
—Vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí? —dijo Valeria, recorriendo la mesa con una mirada llena de veneno—. Parece que alguien montó una escenografía de telenovela barata.
Julián miró la mesa y luego a Isabella. La bebida había anulado cualquier filtro de prudencia que le quedara. En lugar de sentir un mínimo de respeto o vergüenza, sus ojos se llenaron de una burla cruel y despectiva.
—Ah, verdad... —dijo Julián, haciendo una reverencia cómica hacia la mesa que hizo estallar en carcajadas a sus acompañantes—. Miren esto, muchachos. Mi querida esposa pasó todo el día jugando a la ama de casa perfecta. Miren el detalle: velas, florcitas, platos caros... ¡Todo un banquete romántico para celebrar nuestro aniversario!
Los tres amigos se unieron a las risas de forma sumisa, no queriendo contradecir al anfitrión.
—¿De verdad esperaste hasta las tres de la mañana con la mesa puesta, Isabella? —se mofó uno de ellos, dando un trago a su petaca de petaca metálica—. Hermano, tu mujer vive en los años cincuenta.
—Es una tierna —añadió Valeria con tono condescendiente, acercándose a la mesa con sus tacones de aguja resonando con fuerza—. Tan dramática, tan cursi... Mírate, Isabella. Pasaste días enteros planificando esto pensando que a Julián le importaría un solo segundo. ¿No te das cuenta de lo ridícula que te ves?
Julián se acercó a la mesa y levantó una de las campanas de plata con torpeza. Un olor rancio a comida helada se dispersó en el aire. Con una mueca de asco, dejó caer la cubierta de plata sobre la mesa con un estruendo metálico que hizo eco por toda la casa.
—Qué patético —dijo Julián, mirando a Isabella a los ojos mientras se reía entre dientes—. Un esfuerzo completamente desperdiciado. ¿Pensaste que con un pedazo de carne y un par de rosas me ibas a hacer olvidar tus escenas de celos? ¿Pensaste que me ibas a amarrar a esta mesa mientras mis amigos estaban pasándola bien?
Isabella no se movió un solo centímetro. No bajó la mirada. No apretó los puños. Se quedó parada con una compostura helada, observando el circo de borrachos que se desarrollaba frente a ella.
—Te sirvió de algo la espera, al menos —continuó Julián, dándole un empujón suave al centro de flores, haciendo que un florero de cristal tambaleara y dejara caer agua sobre el mantel blanco—. Ya que te gusta tanto jugar a la servidumbre, puedes recoger este desastre antes de irte a acostar. O mejor aún... sirve un par de copas para Valeria y para mí.
Valeria ahogó una risita maliciosa y se apoyó en el hombro de Julián, disfrutando abiertamente de la humillación pública a la que estaban sometiendo a la esposa titular.
—Sí, por favor —añadió Valeria con una voz fingidamente dulce—. Tráenos un poco de ese vino. Sería una lástima que una botella tan cara se eche a perder solo porque tu cena romántica fue un fracaso total.
Los amigos de Julián volvieron a reírse, aunque uno de ellos comenzaba a notar que la mirada de Isabella no era la de una mujer rota o llorosa. Era la mirada de un depredador estudiando a su presa antes de dar el zarpazo.
Isabella dio dos pasos hacia adelante, saliendo de la penumbra y quedando bajo la luz directa de la araña de cristal. La serenidad de su rostro era tan absoluta que, por una fracción de segundo, la risa de Julián se congeló en su garganta.
—¿Terminaron? —preguntó Isabella. Su voz no tuvo un solo temblor. Sonó grave, tranquila y ridículamente dominante.
Julián fruncio el ceño, molesto por la falta de lágrimas o histeria.
—¿Qué dijiste?
—Pregunté si ya terminaron su pequeño show —repitió ella, mirando a Valeria y luego a los tres amigos, quienes de pronto se sintieron ridículamente pequeños bajo su escrutinio—. Les aconsejo que disfruten la risa mientras puedan. Porque esta mesa no representa mi fracaso, Julián. Representa la última gota de consideración que te tenía.
Julián soltó una carcajada forzada para no perder la postura frente a su grupo.
—¿Me estás amenazando, Isabella? Por favor, mírate. No eres nadie sin mi apellido, no eres nadie sin esta casa.
—Tienes razón en algo, Julián —respondió ella, esbozando una sonrisa helada que le erizó la piel a Valeria—. En esta casa no soy nadie. Pero cruzando esa puerta, soy todo lo que tú jamás podrás comprar con tu dinero ni con la aprobación de tu madre.
Isabella caminó despacio hacia la mesa, tomó la botella de vino de reserva por el cuello y, sin desviar la mirada de los ojos de Julián, volteó la botella sobre el centro de la mesa. El líquido rojo oscuro comenzó a derramarse sobre el mantel blanco, tiñendo las rosas, empapando la vajilla y cayendo en un hilo constante hacia el suelo de madera clara.
El grupo de borrachos se quedó en absoluto silencio, impactados por la frialdad del gesto.
—El banquete se terminó —sentenció Isabella, dejando la botella vacía sobre la mesa teñida de rojo—. Puedes quedarte con la mesa, con la casa, con tus amigos vacíos y con tu modelo de portada. Disfruta los restos, Julián. Es lo único que te queda.
Dio la vuelta con una elegancia impecable. Cruzó el pasillo con pasos firmes, subió la escalinata sin mirar atrás una sola vez y dejó al grupo en el comedor, paralizados frente al desastre teñido de vino.
En esa madrugada de alcohol y burlas crueles, Julián creyó haber ganado una batalla más. No tenía idea de que acababa de presenciar el nacimiento de su peores pesadillas. La reina no había sido derrotada; simplemente había quemado el palacio antes de ir por la corona.