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Cautiva

Cautiva

Status: Terminada
Genre:Elección equivocada / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4 El nombre enterrado en papel

El nombre “Montenegro” no dejó en paz a Ana Laura en todo el camino de regreso.

Cada kilómetro que el automóvil avanzaba alejándose del orfanato, su mente parecía acercarse más a una idea incómoda: no era una coincidencia.

Había algo detrás.

Algo grande.

Algo que no le estaban diciendo.

Samuel conducía en silencio, respetando el torbellino interno de su hija. Pero cada cierto tiempo la observaba con preocupación. Ana sostenía la nota del orfanato entre sus manos como si fuera lo único sólido en su mundo.

—Montenegro… —murmuró ella de pronto.

Samuel giró ligeramente el rostro.

—¿Dijiste algo?

Ana lo miró.

—El apellido que escuchó la monja.

El rostro de Samuel se tensó apenas un segundo, casi imperceptible… pero Ana lo notó.

—¿Lo conoces? —preguntó de inmediato.

—No —respondió demasiado rápido.

Ese “no” fue suficiente para encender aún más sus dudas.

Ana entrecerró los ojos.

—Papá…

Samuel suspiró.

—No sé nada de ese apellido, Ana.

Ella bajó la mirada, pero no lo creyó.

No del todo.

Porque había aprendido a leerlo.

A lo largo de los años había conocido sus silencios.

Y ese era uno distinto.

Cuando el automóvil se acercó al centro de la ciudad, Ana tomó una decisión repentina.

—Para aquí —dijo de golpe.

Samuel la miró confundido.

—¿Cómo?

—Bájame aquí.

—Ana, acabamos de salir del orfanato, deberíamos ir a casa y—

—Necesito aire. Necesito pensar.

El tono no era de petición.

Era de necesidad.

Samuel redujo la velocidad hasta detenerse junto a la acera.

—¿Estás segura?

Ana asintió.

—Te llamo luego.

El hombre dudó unos segundos, pero finalmente cedió.

—No te alejes demasiado.

—No lo haré.

Bajó del auto sin esperar más.

Y en cuanto la puerta se cerró detrás de ella, sintió algo extraño.

Libertad.

Pero también vértigo.

Porque ahora estaba sola frente a sus preguntas.

Observó la ciudad moverse a su alrededor.

Gente caminando.

Autos.

Ruidos.

Una vida normal que parecía insultantemente ajena a lo que ella estaba viviendo.

Sin pensarlo demasiado, comenzó a caminar.

No sabía exactamente hacia dónde iba.

Solo sabía que no podía volver a casa aún.

No todavía.

Necesitaba respuestas.

Y si no estaban en las personas…

estarían en los registros.

La biblioteca central de la ciudad era un edificio antiguo, de esos que aún conservaban el olor a papel viejo y madera pulida.

Ana empujó la puerta de cristal con determinación.

El silencio del lugar la envolvió de inmediato.

Era casi sagrado.

Filas de estanterías infinitas.

Mesas de estudio.

Luz suave entrando por ventanales altos.

Se acercó al mostrador.

—Busco archivos antiguos —dijo.

La bibliotecaria la miró con curiosidad.

—¿De qué tipo?

Ana dudó un segundo.

—Periódicos. Registros. Todo lo que tenga sobre una familia: Montenegro.

La mujer levantó ligeramente las cejas.

—¿Montenegro?

—Sí.

—Es un apellido… poco común.

—Por eso lo busco.

La bibliotecaria asintió lentamente.

—Puedes usar la sección de hemeroteca en el sótano.

Ana sintió un pequeño impulso de esperanza.

—Gracias.

El sótano olía aún más a historia.

Ana se sentó frente a una mesa llena de periódicos amarillentos, carpetas polvorientas y microfilms.

Encendió la lámpara.

Y comenzó a buscar.

Horas.

Pasaron horas.

Revisó páginas enteras de noticias antiguas.

Eventos sociales.

Notas económicas.

Crónicas policiales.

Y el apellido no aparecía.

Ni una vez.

—No puede ser… —murmuró frustrada.

Revisó otra carpeta.

Luego otra.

Nada.

Era como si los Montenegro no hubieran existido jamás.

O como si alguien hubiera borrado cuidadosamente su rastro.

Ana se recostó en la silla, exhalando con frustración.

—Esto no tiene sentido…

Fue entonces cuando escuchó una voz a su lado.

—Buscas algo que no quiere ser encontrado.

Ana se sobresaltó.

Giró rápidamente.

Jared estaba allí.

Apoyado contra la estantería.

Como si hubiera estado ahí todo el tiempo.

Tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella de inmediato.

Jared sonrió levemente.

—Vengo bastante a esta biblioteca.

—No te creo.

—No tienes que hacerlo.

Ana lo observó con desconfianza.

—¿Me seguiste?

—No.

—Entonces es demasiada coincidencia.

Jared caminó lentamente hacia la mesa.

—Tal vez solo tenemos los mismos hábitos.

Ana cerró una carpeta con fuerza.

—Estoy ocupada.

—Lo veo.

Él observó los papeles.

—Montenegro.

Otra vez ese nombre.

Ana se tensó.

—¿Qué sabes?

Jared no respondió de inmediato.

Se sentó frente a ella, sin pedir permiso.

—Estás removiendo cosas viejas.

—Necesito saber.

—¿Por qué?

Ana dudó.

Pero algo en su interior ya no podía detenerse.

—Porque escuché ese apellido en el orfanato donde supuestamente me dejaron.

Jared la observó con más atención ahora.

—Santa Elena…

Ana asintió.

—¿Qué sabes tú de eso?

Jared bajó la mirada por un segundo.

Como si eligiera sus palabras.

—Ese lugar… no es solo un orfanato.

Ana frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que hay cosas que pasaron allí que nadie registró oficialmente.

El estómago de Ana se apretó.

—Eso no responde nada.

—Te estoy diciendo que lo que buscas puede no estar en los archivos públicos.

—Entonces ¿dónde?

Jared la miró fijamente.

—En lo que no está escrito.

El silencio cayó entre ambos.

Ana sintió un escalofrío.

—Estás hablando en acertijos.

—No quiero que te metas en algo sin entenderlo.

—Ya estoy metida.

Jared la observó en silencio.

Y por primera vez su expresión perdió parte de su calma habitual.

—Entonces deberías tener cuidado.

Ana lo miró directamente.

—¿Por qué te importa tanto?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

Hubo un segundo de silencio.

Uno real.

Pesado.

Luego respondió.

—Porque sé lo que es buscar respuestas… y encontrar algo peor.

Ana sintió un pequeño choque interno.

—¿Qué estás escondiendo, Jared?

Él sostuvo su mirada.

Demasiado tiempo.

Demasiado fijo.

—No estoy escondiendo nada.

Pero su voz no sonó completamente honesta.

Ana lo notó.

Y eso la inquietó más que cualquier respuesta.

—Si sabes algo —dijo ella—, tienes que decírmelo.

Jared negó lentamente.

—No todavía.

Ana golpeó suavemente la mesa.

—¡No puedes aparecer y desaparecer así con información a medias!

Él se inclinó un poco hacia ella.

—Puedo… porque si te digo todo ahora, podrías salir de aquí directamente hacia un problema que no estás lista para enfrentar.

Ana lo miró con rabia contenida.

—No soy una niña.

—No dije eso.

El silencio volvió a extenderse.

Finalmente Jared se puso de pie.

—Sigue buscando si quieres.

—Lo haré.

—Pero no te quedes sola mucho tiempo aquí.

Ana lo observó confundida.

—¿Por qué?

Jared se detuvo antes de irse.

—Porque hay nombres que, cuando empiezas a buscarlos… alguien más también empieza a buscarte a ti.

Y sin decir más, desapareció entre los pasillos de la biblioteca.

Ana se quedó inmóvil.

El corazón acelerado.

Las manos frías.

Miró los papeles frente a ella.

Montenegro.

Y por primera vez, sintió que no solo estaba buscando el pasado.

Sino que el pasado también la estaba buscando a ella.

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Primi Mendez
pero no tiene sentido que diga que no podrá escaparse de su pasado si ella es lo que esta buscando. y lo que se busca siempre se encuentra /Bye-Bye/
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