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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

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Capítulo 24: Las sombras del custodio y el paisaje de la duda

El viaje de regreso al sur fue un laberinto de presiones silenciosas. Benjamín no había podido abordar el avión privado en Miami debido a una auditoría imprevista en las acciones de los hospitales, un compromiso empresarial que lo obligaba a quedarse en los Estados Unidos al menos por dos semanas. Sin embargo, su desesperación por no perder el control de la situación lo llevó a mover su mejor pieza. Convenció a Amelia de llevar a Julián, su secretario privado de máxima confianza. Julián no era un simple empleado; era el único que sabía toda la verdad, el que ayudaba a Benjamín a tapar los baches de la mentira y el que respondía ciegamente a sus órdenes. Benjamín lo mandó con una misión clara y oculta: ser la sombra de Amelia, vigilar cada paso que diera y evitar, a cualquier costo, que descubriera el verdadero origen de su pasado hasta que él pudiera viajar para asegurar su control sobre ella.

Al aterrizar en el aeropuerto de Neuquén, el aire seco y el viento frío golpearon el rostro de Amelia. Mientras la camioneta de traslado ejecutivo avanzaba hacia la ciudad, ella miraba fijamente por la ventanilla. No reconocía a las personas, pero las imágenes del paisaje —el cielo inmenso, la tonalidad grisácea de las mesetas lejanas y la silueta recortada de las bardas— le provocaron una opresión extraña en el pecho, un déjà vu visual que la dejó pensativa.

En su mente resonaba una y otra vez la gran pregunta que la atormentaba: ¿Por qué nadie me buscó? ¿Por qué nadie reclamó mi cuerpo?

Apoyada en el respaldo del asiento, Amelia recordó un fragmento exacto de una conversación que había tenido con Benjamín dos años atrás, cuando sus crisis por la falta de identidad eran más intensas. Benjamín, con voz suave y manipuladora, le había jurado que ellos habían hecho lo imposible:

—Pegamos carteles por todos lados, Amelia. Buscamos en los registros de cada provincia, pusimos investigadores privados y no había absolutamente nada de información sobre vos —le había dicho él, acariciándole el pelo—. El reporte policial del pueblo fue claro: tuviste un accidente automovilístico en una ruta solitaria, el auto explotó y no quedaron registros de patentes ni documentos. Tu familia debió darte por muerta en ese incendio. Yo le pedí a mi papá que no te diera los detalles escabrosos para que no sufrieras pensando en que alguien te había dejado tirada, pero la verdad es esa. Estás sola en el mundo, salvo por nosotros.

El padre de Benjamín, que consentía a su hijo en cada capricho y obsesión, había aceptado sostener esa falsa historia clínica del accidente de auto para desviar cualquier pista que pudiera llevar a Amelia hacia las bardas de Neuquén. Amelia suspiró, cerrando los ojos. La historia cerraba perfectamente en su mente, pero su instinto, esa parte de Camila que la amnesia no había podido matar, le decía que había algo más.

La camioneta se detuvo frente a la imponente fachada de cristal del Hotel Alto Comahue Tower, el lugar más exclusivo de la ciudad, donde se hospedaban los altos ejecutivos del petróleo y la gente de poder. Al ingresar al lobby, el gerente del hotel la recibió con una reverencia exagerada, consciente del descomunal estatus económico de la inversora norteamericana.

—Sea bienvenida, señorita Amelia. Es un absoluto honor para nuestra cadena tenerla aquí. Todo el personal está a su entera disposición —dijo el gerente con extrema cortesía.

Amelia lo miró por encima de sus gafas oscuras, manteniendo esa postura rígida, fría y poderosa que infundía respeto inmediato. Julián, el secretario de Benjamín, se paró a su lado, con la mirada atenta y anotando todo en su tablet.

—Gracias, gerente —respondió Amelia con voz cortante—. Mi agenda en esta provincia va a ser muy compleja y manejo asuntos de extrema confidencialidad. Por lo tanto, exijo las máximas medidas de seguridad del hotel. Necesito un esquema particular: cuando salga de noche o a reuniones de alto nivel, quiero dos guardaespaldas escoltándome. Pero lo más importante es que requiero de un guardaespaldas constante, el mejor que tenga en su plantilla, que esté conmigo las veinticuatro horas en cada lugar donde yo me mueva. No tolero errores.

—Desocúpese de eso, señorita. Le voy a asignar personalmente a nuestro jefe de seguridad operativa. Es un hombre impecable, el más capacitado del sur del país —aseguró el gerente con una sonrisa de confianza.

Amelia asintió levemente. Pasó el resto de la tarde en su suite presidencial junto a Julián, organizando los documentos y contratos para la gran reunión que tenía planeada al día siguiente con los máximos ejecutivos textiles de la región. El guardaespaldas definitivo se presentaría mañana a primera hora.

A la mañana siguiente, Amelia bajó al lobby con un impecable traje sastre blanco, lista para la acción. Al ver al gerente, se acercó con paso firme.

—¿Está listo mi guardaespaldas? —preguntó de inmediato.

—Buenos días, señorita Amelia. Sí, por supuesto —respondió el gerente, algo apenado—. Pero surgió un pequeño contratiempo de fuerza mayor. Su guardaespaldas asignado, Bruno, se encuentra en este preciso momento dictando un curso de capacitación táctica obligatorio de alta seguridad que no pudo suspender. Lo terminará a media tarde. Por lo tanto, para esta primera reunión matutina, lo va a reemplazar su segundo al mando y chofer de confianza. Mañana, sin falta, Bruno se presentará formalmente ante usted.

Amelia soltó un leve bufido de fastidio, pero no tenía tiempo para retrasos. Al salir a la explanada del hotel, vio la hilera de autos negros de seguridad. Un joven alto, de mirada simpática y porte atlético llamado Marcos, se paró frente a ella. Marcos era el mejor amigo de Bruno en la agencia de seguridad, un excelente profesional pero con una personalidad mucho más relajada y descontracturada que la de su jefe.

Al ver a Amelia, Marcos quedó completamente cautivado, casi mudo por el magnetismo de la mujer. Su rostro le generó una extraña y milimétrica vibración de familiaridad, pero la elegancia y la frialdad de Amelia lo intimidaron de inmediato. Le abrió la puerta trasera del auto de lujo con una sonrisa.

Amelia subió al asiento trasero junto a Julián, quien no le quitaba la vista de encima a Marcos. Mientras los otros autos de escolta se acomodaban en caravana, Marcos subió al asiento del conductor, se acomodó el traje de apuro y arrancó el vehículo. Sin embargo, antes de salir a la avenida, Marcos agarró discretamente su radiotransmisor y llamó a Bruno por privado:

—Bruno, hermano... escuchame —susurró Marcos de reojo, vigilando el espejo retrovisor—. Tenés que hacer el relevo de la tarde vos sí o sí, no sabés lo que es esta mujer de Estados Unidos, te impone un respeto que te tiemblan las piernas. Yo te cubro la mañana de chofer, pero metele pata con ese curso porque mañana tenés que tomar el mando completo.

Amelia, que tenía el oído sumamente aguzado y odiaba las desprolijidades, captó el murmullo de la radio y vio por el espejo cómo el chofer se acomodaba el saco de manera informal. Se inclinó sutilmente hacia adelante y, con una voz gélida que congeló a Marcos en el asiento, comentó:

—Si bien la gerencia del hotel me lo recomendó como parte del "mejor equipo", parece que el personal de aquí no respeta demasiado la formalidad de su trabajo. No me gustan los murmullos ni las distracciones cuando estoy a bordo, señor.

Marcos sintió el golpe en el orgullo y se puso colorado, acomodándose la corbata con prisa.

—Mil disculpas, señorita. No va a volver a ocurrir —respondió, adoptando una postura rígida frente al volante.

A partir de ese segundo, Amelia sintió una fuerte antipatía por ese guardaespaldas suplente. El viaje transcurrió en un silencio sepulcral. Llegaron al centro de convenciones, Amelia brilló en la reunión ejecutiva manejando las negociaciones con una solvencia implacable, demostrando el monstruo corporativo en el que se había convertido, mientras Julián observaba desde atrás, asegurándose de que nadie del entorno local se acercara a hablar con ella de temas personales.

Al finalizar la jornada, la caravana de autos la regresó al hotel. Amelia entró a su suite agotada pero con la mente fría, sabiendo que el verdadero trabajo de investigación empezaría pronto. Se sacó los zapatos altos y se acostó a descansar.

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