Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
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Lo que él corazón calla.
Las primeras horas de la mañana transcurrían entre reuniones, informes y solicitudes provenientes de todos los rincones del Imperio.
Sacha caminaba por los pasillos del palacio con varios documentos entre las manos mientras dos secretarios intentaban seguir su paso.
—Los hospitales del oeste ya están terminados.
—Perfecto. Que los médicos comiencen el traslado la próxima semana.
—También llegó el informe de los nuevos maestros.
—Que sean enviados primero a las aldeas más alejadas. Las ciudades ya tienen suficientes escuelas.
Los dos hombres anotaban cada una de sus órdenes con rapidez.
Cinco años atrás, muchos nobles se habrían negado a recibir instrucciones de una joven.
Ahora nadie cuestionaba sus decisiones.
Su capacidad había hablado por ella.
Cuando terminó la reunión, los secretarios hicieron una reverencia y se marcharon.
—Siempre trabajas demasiado.
Aquella voz le resultaba demasiado familiar.
Sacha levantó la vista.
Dominic permanecía apoyado contra una de las columnas del corredor.
Llevaba el uniforme negro de comandante de la Orden Imperial, con la capa descansando sobre uno de sus hombros y una espada en la cintura.
Los años habían endurecido sus facciones, pero no la calidez de su mirada cuando la observaba.
—¿Cuánto tiempo llevas esperándome? —preguntó ella.
—Lo suficiente para ver salir a cuatro ministros, dos comerciantes y un embajador.
Sacha sonrió.
—Entonces has perdido toda la mañana.
—No.
Dominic dio unos pasos hasta quedar frente a ella.
—La invertí esperándote.
Por un instante, ninguno de los dos habló.
Ya no eran los adolescentes que ocultaban sus sentimientos detrás de discusiones y bromas.
Ahora el silencio entre ellos resultaba más peligroso que cualquier conversación.
—¿Terminaste tus inspecciones? —preguntó Sacha, rompiendo el momento.
—Sí.
—¿Y?
—Las fronteras están tranquilas.
Hizo una pequeña pausa.
—Demasiado tranquilas.
Sacha comprendió enseguida lo que quería decir.
Durante cinco años, ambos habían aprendido a desconfiar de una paz excesiva.
—Serafis piensa lo mismo.
Dominic suspiró.
—Ojalá estemos equivocados.
Antes de que pudiera decir algo más, una pequeña sombra salió corriendo por el pasillo.
—¡Tía Sacha!
El hijo de Edward y Simone se lanzó directamente a sus brazos.
—Otra vez tú.
Dominic lo levantó con facilidad antes de que pudiera derribar a Sacha.
—¿No deberías estar estudiando?
El pequeño cruzó los brazos.
—Serafis dice que tengo que concentrarme.
—¿Y eso es malo?
—Es aburrido.
Dominic soltó una risa baja.
—Entonces hoy entrenarás conmigo.
Los ojos del niño brillaron.
—¿Con espadas?
—Con espadas de madera.
—¡Sí!
Sacha observó la escena con una sonrisa imposible de ocultar.
Dominic siempre había sido serio.
Pero con el pequeño mostraba una paciencia que casi nadie conocía.
Mientras los dos discutían sobre cuál espada de entrenamiento era mejor, Sacha los contempló en silencio.
Por un instante, imaginó un futuro parecido.
Una familia.
Un hogar.
Una vida sin guerras.
No se dio cuenta de que Dominic también la estaba mirando.
Y que, por primera vez en muchos años, él imaginaba exactamente lo mismo.
Ninguno tuvo el valor de decirlo.
Todavía.
Desde una ventana del segundo piso, Simone presenció la escena junto a Edward.
Sonrió con ternura.
—Siguen siendo igual de tercos.
Edward negó con la cabeza.
—No.
Son mucho peores.
Los dos estallaron en una risa discreta.
Era evidente para cualquiera que los conociera.
Sacha y Dominic estaban enamorados.
Lo único que faltaba era que ellos dejaran de esconderlo.