Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 21
El beso no se había ido de mi cabeza ni un solo día desde que dejé el balcón de Evelyn aquella noche.
Era ridículo, considerando que en ese momento debería estar completamente concentrado en la campaña militar contra Cristember, repasando estrategias, posiciones de tropas, rutas de avance. Y sin embargo, ahí estaba yo, en medio del campo de batalla, con la espada todavía en la mano y el polvo de la lucha reciente cubriendo mi armadura, pensando en la suavidad de sus labios y en cómo se había sentido tenerla entre mis brazos.
—Vas a hacer que te maten si sigues distraído así —dijo Erick a mi lado, esquivando con facilidad el golpe de un soldado enemigo antes de desarmarlo con un movimiento limpio.
—No estoy distraído.
—Llevas toda la mañana con esa expresión de idiota enamorado —respondió él, riendo mientras bloqueaba otro ataque—. Ni siquiera la guerra logra sacarte la cabeza de las nubes.
Sin pensarlo, las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas.
—Entré a su habitación —dije, casi para mí mismo—. La besé.
Erick se detuvo en seco, lo suficiente como para que un soldado enemigo casi lograra alcanzarlo, aunque lo desarmó con un golpe casi distraído, su atención completamente puesta en mí.
—¿Enserio entraste a su habitación? —preguntó, con una sonrisa que se ensanchaba por momentos a pesar del caos de la batalla a nuestro alrededor—. Wow. El rey Kael ahora es Romeo.
—Cállate —respondí, esquivando un ataque con más fuerza de la necesaria—, o te confundiré con el enemigo y te atravesaré con mi espada.
—Ambos sabemos que no lo harías.
—Pruébame.
—La abuela Elisabeth te mataría por eso —dijo Erick, riendo mientras seguía luchando con esa facilidad que solo daban años de práctica—, y ya sabes cómo es ella.
—Ni me lo recuerdes —respondí, con un suspiro que se mezcló con el esfuerzo de bloquear otro ataque—. La próxima semana es su cumpleaños.
—Deberías ir —sugirió Erick, derribando a otro soldado con una facilidad casi aburrida—. Así le presentas a tu prometida. Y quién sabe, tal vez se entere de lo del flan.
—No le va a contar nada sobre el flan.
—Yo se lo contaría con muchísimo gusto.
—Erick.
—Es broma —dijo él, aunque su sonrisa no sugería absolutamente ningún arrepentimiento—. O tal vez no. Depende de cómo te portes el resto del día.
La batalla, para ser honesto, no resultó tan complicada como Modric había anticipado en sus reportes iniciales. La emboscada que planeamos contra las tropas de Cristember funcionó casi a la perfección, tomando por sorpresa a un ejército que claramente no esperaba la rapidez con la que respondimos a sus provocaciones fronterizas. En cuestión de horas, lo que se suponía sería una campaña prolongada se convirtió en una victoria decisiva, con las fuerzas enemigas rindiéndose en masa una vez que quedó claro que la resistencia era inútil.
Para cuando el polvo finalmente se asentó, Cristember era oficialmente nuestro.
*Y ahora,* pensé, observando cómo nuestras tropas aseguraban el territorio recién conquistado, *finalmente puedo regresar con ella.*
Días después, ya de regreso en el palacio, nos encontrábamos en la sala del trono cuando los guardias trajeron, escoltado y visiblemente furioso, al antiguo rey de Cristember.
—Arnold de Cristember —anunció el heraldo, mientras los guardias lo obligaban a arrodillarse frente al trono.
—Tú eres un maldito —escupió Arnold, con la voz cargada de odio impotente—. ¿Cómo te atreves a atacar mi reino?
—Hablas demasiado —comentó Erick, recostado contra una columna cercana con esa actitud despreocupada que nunca lo abandonaba del todo—. Además, ya era hora. Tienes como unos mil años de vida y sigues aquí.
—Mi primo tiene razón —agregué, observando al hombre arrodillado frente a mí con una expresión que no se molestaba en disimular ningún rastro de simpatía—. Además, esto es para que los demás reinos sepan que nadie se mete con Varken. Debiste pensarlo dos veces antes de declararme la guerra.
—Esto no se quedará así —amenazó Arnold, aunque su voz ya carecía de la convicción necesaria para hacer que la amenaza sonara remotamente creíble—. Tendrás consecuencias por esto.
—Las únicas consecuencias aquí —respondí, con calma absoluta— son las que tú mismo provocaste al pensar que podías amenazar mis fronteras sin esperar una respuesta apropiada. Cristember ahora pertenece a Varken. Tus súbditos serán tratados con justicia, mucho más de la que probablemente tú les ofreciste durante tu reinado, según los reportes que he recibido.
Arnold apretó los dientes, pero no encontró ninguna réplica válida que ofrecer.
—Llévenselo —ordené a los guardias—. Que se le mantenga con las comodidades adecuadas para su rango, pero bajo vigilancia constante.
Mientras los guardias se llevaban al antiguo rey, sintiendo el peso de la victoria asentándose finalmente sobre mis hombros con toda la satisfacción que merecía después de meses de tensión fronteriza, Erick se acercó con esa sonrisa que ya anticipaba, con bastante precisión, lo que vendría a continuación.
—Bueno —dijo, cruzándose de brazos—, oficialmente terminamos aquí. ¿Ahora qué, Majestad? ¿Vamos directo al palacio de los Hawthorne, o prefieres bañarte primero? Porque, sinceramente, dudo que Lady Evelyn aprecie que su héroe conquistador huela a campo de batalla.
Lo pensé un momento, sintiendo la ansiedad familiar de las últimas semanas instalarse nuevamente en mi pecho, esta vez acompañada de algo que se parecía sospechosamente a la impaciencia.
—Un baño primero —respondí finalmente—. Y después, sí. Vamos directo con Evelyn.
—Por fin —dijo Erick, con una expresión de alivio teatral—. Pensé que tendría que soportar tus suspiros melancólicos durante toda la campaña.
—No suspiré.
—Suspiraste exactamente cuatro veces solo durante la emboscada de esta mañana. Las conté.
No respondí, principalmente porque, en el fondo, sabía perfectamente que tenía razón, y porque ya tenía la mente puesta completamente en el momento en que finalmente podría volver a verla.