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Será Porque Te Amo

Será Porque Te Amo

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos / Amor eterno
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 El encuentro al atardecer

El sol comenzaba a esconderse lentamente detrás de las colinas de la Toscana, pintando el cielo de tonos anaranjados, rosados y dorados. Era esa hora del día en la que el mundo parecía detenerse unos instantes para admirar su propia belleza.

Isabella caminaba por un estrecho sendero de tierra con el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que cualquiera podría escucharlo.

Se había cambiado de vestido tres veces antes de salir de casa.

Al final eligió uno sencillo, color marfil, con pequeñas flores bordadas en el escote. No quería parecer demasiado arreglada, pero tampoco quería que Darío pensara que aquel encuentro no era importante para ella.

Se soltó el cabello.

Respiró hondo.

Y siguió caminando.

Mientras avanzaba entre los viejos olivos, no dejaba de repetir en su cabeza todas las posibilidades de aquella conversación.

«Quizás quiera pedirme que sea su novia.»

«Tal vez quiera despedirse antes de irse a la universidad.»

«¿Y si... me besa?»

Solo imaginarlo hacía que sus mejillas se calentaran.

Nunca había besado a un hombre.

Ni había permitido que ninguno se acercara demasiado.

Había esperado durante años ese momento, convencida de que el primer beso debía darse con alguien especial.

Con alguien que la quisiera de verdad.

Llegó al lugar acordado unos minutos antes.

El sendero terminaba en un pequeño claro rodeado de viñedos pertenecientes a la familia Vivaldi.

El silencio era absoluto.

Solo el viento movía las hojas de las vides.

Isabella sonrió.

—Siempre llego temprano...

Se sentó sobre una roca mientras arrancaba distraídamente unas pequeñas flores silvestres.

Los minutos comenzaron a pasar.

Miró el camino.

Nada.

Miró el cielo.

Cada vez más oscuro.

Suspiró.

—Seguro viene en camino.

A varios cientos de metros de allí, Marco Vivaldi terminaba de supervisar la última parcela del día.

—La cosecha del sector este comenzará el lunes —informó uno de los encargados.

Marco observó los racimos maduros.

—Perfecto.

Que nadie entre aquí hasta entonces.

—Sí, señor.

Cuando los trabajadores comenzaron a marcharse, Marco decidió regresar caminando hasta la mansión.

Era un recorrido que hacía con frecuencia.

Le ayudaba a ordenar sus pensamientos.

Mientras caminaba, una ligera brisa levantó el aroma dulce de las uvas maduras.

Era un olor que siempre conseguía tranquilizarlo.

Sin embargo, aquella tarde algo llamó su atención.

Una figura femenina permanecía inmóvil al final del sendero.

Frunció el ceño.

Nadie tenía autorización para permanecer en esa zona cuando caía la noche.

Pensó que quizá alguna turista se había perdido.

Aceleró un poco el paso.

Isabella escuchó unas pisadas.

Su rostro se iluminó inmediatamente.

—¡Darío!

Sonrió ampliamente antes de darse la vuelta.

Pero la sonrisa desapareció en cuestión de un segundo.

No era él.

Frente a ella había un hombre alto, vestido con pantalón oscuro, camisa blanca remangada hasta los antebrazos y botas cubiertas de polvo.

Su presencia imponía.

Tenía el cabello negro ligeramente despeinado por el viento y unos ojos grises tan intensos que parecían incapaces de ocultar cualquier emoción... aunque, en ese momento, no expresaban ninguna.

Solo curiosidad.

Isabella retrocedió un paso por la sorpresa.

Su pie tropezó con una raíz que sobresalía del suelo.

Sintió que perdía el equilibrio.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Un instante estaba de pie.

Al siguiente...

...dos fuertes brazos la sostenían antes de que pudiera caer.

Uno rodeaba con firmeza su estrecha cintura.

El otro sujetaba su mano en el aire.

Sus rostros quedaron separados apenas por unos centímetros.

El tiempo pareció detenerse.

Isabella respiraba con dificultad.

Marco tampoco apartaba la mirada.

Aquellos enormes ojos color miel lo observaban con una mezcla de vergüenza, sorpresa y enfado.

No entendía por qué.

Pero le costaba dejar de mirarla.

Era diferente a todas las mujeres que había conocido.

No llevaba joyas llamativas.

Ni maquillaje exagerado.

Ni intentaba impresionarlo.

Simplemente...

...era hermosa.

De una forma sencilla.

Natural.

Casi peligrosa.

Porque despertaba en él una sensación completamente desconocida.

Fue Isabella quien rompió el silencio.

—¿Piensa sostenerme toda la noche?

Su tono era molesto.

Marco arqueó apenas una ceja.

—Creí que prefería no caer.

Ella bajó la vista hacia el brazo que rodeaba su cintura.

—Puede soltarme.

Él permaneció inmóvil.

—¿Está segura?

Isabella lo miró desafiante.

—Completamente.

Marco esbozó una sonrisa apenas perceptible.

Una sonrisa que muy pocas personas habían visto.

—Como quiera.

Retiró ambos brazos de golpe.

—¡Ah!

Isabella cayó sentada sobre el camino de tierra.

El golpe fue directo sobre sus nalgas.

—¡Ay!

Permaneció inmóvil apenas un segundo antes de incorporarse llena de indignación.

Se sacudió el vestido.

Lo señaló con el dedo.

—¡Es usted un patán!

Marco cruzó los brazos.

—Me pidió que la soltara.

—¡No así!

—No especificó cómo.

Ella abrió la boca sin encontrar una respuesta inmediata.

Después soltó el primer insulto que se le ocurrió.

—¡Maniático!

Marco no respondió.

—¡Maleducado!

Silencio.

—¡Insensible!

Seguía sin reaccionar.

Aquello terminó desesperándola más.

—¡Y seguramente también arrogante!

Marco dejó escapar un leve suspiro.

—¿Terminó?

—¡No!

Ella dio un paso hacia él.

—¿Quién se cree que es?

—Marco Vivaldi.

La respuesta fue tan simple que Isabella quedó desconcertada.

Parpadeó varias veces.

—¿Usted... es Marco Vivaldi?

Él asintió.

Recordó entonces la conversación con Chiara.

El dueño del viñedo.

El hombre más rico de la región.

Y también el más antipático, al parecer.

—Pues eso explica muchas cosas.

Marco frunció ligeramente el ceño.

—¿Como cuáles?

—Que el dinero no compra la educación.

Él soltó una pequeña risa.

Una risa breve.

Casi involuntaria.

Hacía tanto tiempo que no encontraba a alguien capaz de responderle sin miedo que aquella muchacha comenzaba a resultarle curiosa.

Isabella lo observó con los brazos cruzados.

—¿De qué se ríe?

—De usted.

—¡Qué grosero!

Marco volvió a recuperar su expresión seria.

Miró el cielo.

La oscuridad avanzaba rápidamente.

—Ya es tarde para que una joven ande sola por estos caminos.

—Eso no es asunto suyo.

—Ahora mismo está en mis tierras.

Ella levantó el mentón.

—Estoy esperando a alguien.

Marco recorrió el sendero con la mirada.

No había nadie más.

—Pues ese alguien la está haciendo esperar demasiado.

Ella sonrió sin poder evitarlo.

—Vendrá.

—¿Está tan segura?

—Sí.

Marco no respondió.

Por alguna extraña razón, aquella seguridad en la voz de la muchacha le produjo una sensación incómoda.

Como si no le agradara la idea de que estuviera esperando a otro hombre.

Sacudió la cabeza para alejar aquel pensamiento absurdo.

No tenía ningún sentido.

Ni siquiera conocía su nombre.

—Haga lo que quiera.

Comenzó a alejarse.

Después de unos pasos, habló sin volverse.

—Procure volver a casa antes de que oscurezca del todo.

—No necesito que un patán cuide de mí.

Marco siguió caminando.

Y, por primera vez en muchos años, una palabra quedó dando vueltas en su cabeza.

«Patán.»

No pudo evitar sonreír otra vez.

Isabella permaneció allí casi una hora más.

Darío nunca llegó.

La ilusión con la que había salido de casa comenzó a convertirse en preocupación.

Finalmente decidió marcharse.

Mientras caminaba de regreso, no dejaba de pensar en el desagradable hombre que había conocido.

—Qué insoportable...

Murmuró para sí.

Aunque, muy en el fondo, algo la desconcertaba.

Cuando él la sostuvo antes de caer...

...por un instante había sentido una extraña seguridad entre aquellos brazos fuertes.

Sacudió la cabeza.

—No, Isabella.

Ese hombre es un arrogante.

Y punto.

Esa misma noche, Marco se encontraba sentado en la terraza de su mansión con una copa de vino entre las manos.

La luna iluminaba los viñedos.

Todo estaba en silencio.

Sin embargo...

...su mente no.

Por alguna razón seguía recordando aquellos ojos color miel.

La forma en que la joven lo había enfrentado.

Su carácter.

Su espontaneidad.

Incluso la manera en que lo había llamado "patán".

Apoyó la copa sobre la mesa.

Frunció el ceño.

—¿Qué demonios me pasa?

Era absurdo.

Había conocido a cientos de personas durante su vida.

¿Por qué precisamente aquella muchacha ocupaba ahora sus pensamientos?

No encontraba una respuesta.

Y aquello era lo que más lo irritaba.

Mientras tanto, en una pequeña casa del pueblo, Isabella observaba la luna desde la ventana de su habitación.

No entendía por qué Darío no había aparecido.

Tampoco entendía por qué, entre todos los recuerdos de aquella tarde, el que más volvía a su memoria era el instante en que un desconocido la sostuvo antes de caer.

Ninguno de los dos podía imaginarlo.

Pero aquel encuentro, nacido de una simple confusión al atardecer, acababa de cambiar el rumbo de sus vidas para siempre.

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