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Mechas Carmesí

Mechas Carmesí

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mujer poderosa
Popularitas:502
Nilai: 5
nombre de autor: AlexAugustus

Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.

NovelToon tiene autorización de AlexAugustus para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: El Cálculo que se Desmorona

Marcus Hale se encontraba de pie en la sala de crisis del piso 78 de la Torre Hélix, con las manos apoyadas en la mesa holográfica que proyectaba un mapa en tiempo real de la ciudad. Las luces rojas parpadeantes marcaban las zonas afectadas por el reciente enjambre abismal en el Barrio Bajo 17 y partes del Distrito Medio. Su traje ejecutivo, impecable incluso a las 3:47 a.m., ocultaba la armadura Abyssal Mark IV que llevaba debajo, pero nada podía disimular la tensión en su mandíbula ni el tic nervioso en su ojo izquierdo.

—Repítanmelo —ordenó con voz baja, casi un gruñido.

El jefe de operaciones tácticas, un hombre calvo llamado Dr. Harlan Voss (sin relación con la rival Eclipse), tragó saliva antes de responder.

—Señor Hale, el enjambre no fue una incursión aleatoria. Nuestros sensores registraron coordinación. Seis puntos de ruptura simultáneos. Los zánganos no solo atacaron; mapearon nuestras defensas. Perdimos contacto con tres drones de vigilancia premium en menos de once minutos. Los equipos contratados que enviamos como “apoyo selectivo” sufrieron un 47% de bajas. Y lo peor… los civiles están grabando todo.

Marcus amplió el holograma. Imágenes captadas por el dron de Alex Chen y Sofia Ramirez se reproducían en bucle: la marea negra descendiendo, los exorcistas vaticanos colapsando bajo el peso numérico, Verónica arrodillada curando heridos en la retaguardia. La monja de las mechas carmesí. Siempre ella.

—Esa periodista y su técnico —murmuró Marcus—. ¿Cuánto han transmitido ya?

—Más de siete millones de vistas en las últimas cuatro horas, señor. La plataforma *Verdad Sin Filtro* está encriptada, pero nuestros hackers ya la tienen en la mira. Sin embargo, el daño está hecho. El Cardenal Rossi ha usado el material para reforzar su narrativa: “La Iglesia y el pueblo resisten mientras las corporaciones observan desde sus torres”.

Marcus golpeó la mesa con el puño. El holograma vibró.

—¡Maldita sea! Esto no era lo que proyectamos. Nuestros modelos predecían oleadas controlables, oportunidades de mercado. No… esto.

Se giró hacia la ventana panorámica. Desde esa altura, la ciudad parecía un tablero de ajedrez donde las piezas enemigas se multiplicaban más rápido de lo que sus algoritmos podían calcular. Las luces de emergencia en los barrios bajos brillaban como heridas abiertas. Helix había enviado “equipos de contención selectiva” a las zonas premium cercanas, cobrando tarifas de emergencia triplicadas, pero el verdadero caos se expandía fuera de sus contratos.

Victoria Lang, la CEO, apareció en una pantalla lateral vía holograma segura desde su ático.

—Marcus, la junta está nerviosa. Las acciones cayeron un 9% en pre-mercado. Eclipse y Kurogane están usando esto para posicionarse como “alternativas éticas”. Y el Vaticano… sus informes, esos malditos informes de la monja, están circulando en todos los canales.

Marcus se pasó una mano por el cabello, despeinándolo por primera vez en años.

—Verónica. Esa mujer. ¿Qué sabemos realmente de ella? Nuestros infiltrados en el convento dicen que solo transcribe y cura. Pero en las imágenes… hay algo. Esas mechas rojas. La forma en que los heridos se estabilizan a su alrededor. No es magia estándar de la Orden.

Harlan intervino:

—Hemos analizado las muestras residuales de energía de sus curaciones. Hay un componente carmesí que no coincide con ningún registro eclesiástico conocido. Podría ser una anomalía. O algo peor.

Marcus sonrió sin humor.

—O algo que podríamos usar. Si pudiéramos aislarla, estudiarla… Imaginen armaduras potenciadas con esa energía. Pero no. Ahora es una heroína popular. La Iglesia la protege. Los independientes la respetan. Incluso esa maldita periodista la entrevistó.

Caminó por la sala, sus botas resonando contra el suelo de mármol pulido. Recordaba su última conversación con Elena, su esposa, horas antes. Ella había permanecido indiferente en el pent-house, sorbiendo vino mientras veía los reportes.

—“Todo se está desmoronando, Marcus” —le había dicho él.

—“Siempre se desmorona algo —había respondido ella con esa sonrisa fría—. Mientras la torre se mantenga en pie, ¿qué importa?”

Pero ahora, incluso Marcus dudaba. La torre seguía en pie, sí. Pero el suelo bajo ella temblaba.

—Informe de daños colaterales —exigió.

Harlan proyectó nuevos datos.

—Veintisiete civiles muertos confirmados en el Bajo 17. Sesenta y tres heridos. Nuestros clientes premium en la Zona Dorada exigen reembolsos por “falta de contención preventiva”. Además, tres de nuestros cazadores contratados desertaron tras ver las imágenes. Dijeron que preferían unirse a los “idealistas” de Mateo y Elena Vargas.

Marcus soltó una risa amarga.

—Idealistas. Esa alianza entre la Orden y los independientes… era predecible en teoría, pero no a esta escala. Pensamos que el miedo los dividiría. En cambio, los une.

Se detuvo frente a un panel que mostraba proyecciones financieras. Los ingresos por contratos de emergencia subían, sí. Pero los costos —reparaciones, bonos por riesgo, litigios— los devoraban. Y lo peor: la percepción pública. Sofia Ramirez y Alex Chen se habían convertido en héroes mediáticos. Sus transmisiones en vivo mostraban la crudeza del enjambre, pero también la humanidad de la Iglesia y los Vigilantes del Umbral.

—Quiero un contraataque narrativo inmediato —ordenó Marcus—. Filtren datos que sugieran que la monja Verónica usa magia no autorizada. Hagan que parezca peligrosa. “¿Una santa o una amenaza abisal disfrazada?” Que los influencers pagados lo amplifiquen.

Victoria asintió desde su holograma.

—Se hará. Pero Marcus… los sensores profundos muestran que las fisuras se están estabilizando. No colapsan después de las oleadas. Se expanden. Como si algo las alimentara desde el otro lado.

Marcus sintió un escalofrío que rara vez admitía. Él, que había experimentado con esencia demoníaca en laboratorios secretos, que había modificado su propio cuerpo para ser más fuerte, ahora enfrentaba algo que escapaba a su control.

—Reúnan al equipo del Proyecto Eclipse Interno —dijo finalmente—. Quiero un informe completo sobre cómo podemos monetizar esto. Armas nuevas. Zonas de exclusividad ampliadas. Tal vez incluso… alianzas temporales con la Iglesia para contener el daño mayor, mientras nosotros nos quedamos con los contratos premium.

Pero en su mente, las dudas crecían. Había subestimado la coordinación del Enjambre. Había creído que el miedo era un recurso infinito que Helix podía cosechar. Ahora, el miedo se volvía contra ellos. La gente no solo temía a los demonios; temía que las corporaciones fueran parte del problema.

Regresó a su oficina privada en el piso 87. Elena estaba allí, despierta, observando la ciudad con su habitual indiferencia.

—¿Viste las transmisiones? —preguntó él, sirviéndose un whisky doble.

—Las vi —respondió ella sin girarse—. Tu monja de las mechas rojas se está volviendo famosa.

—No es *mi* monja —gruñó Marcus—. Es un problema. Sus informes, sus curaciones, su presencia… están robando el relato.

Elena se encogió de hombros.

—Entonces elimínala. O cómprala. O exponla. Siempre has sido bueno con los números, Marcus. Pero los números ya no cuadran.

Marcus se acercó al ventanal. Abajo, en la distancia, podía distinguir las luces del convento. Un faro pequeño pero obstinado.

—He ordenado vigilancia intensificada sobre ella. Drones discretos, infiltrados. Si tiene poder real, lo usaremos. Si es solo una monja con carisma, la convertiremos en mártir útil.

Pero mientras hablaba, una alerta llegó a su comunicador personal. Harlan.

—Señor, nuevo pico. No en el Bajo 17. En el Distrito Industrial. Y esta vez… los sensores captaron una firma mayor. Algo con forma humanoide. Alto. Con cuernos.

Marcus palideció ligeramente.

—Vorath —murmuró, recordando los informes clasificados del equipo de investigación demoníaca—. El Caballero.

Elena lo miró por primera vez con algo parecido a interés.

—¿Ahora crees en sus nombres?

—Creo en lo que amenaza mis números —respondió Marcus con frialdad—. Prepara el helicóptero. Bajo personalmente.

Marcus Hale aterrizó en una zona segura del Distrito Industrial cuarenta y siete minutos después. El lugar era un caos controlado: equipos de Hélix en armaduras completas Abyssal Mark IV formaban perímetros, mientras drones armados barrían el cielo. El aire olía a ozono quemado y azufre.

—Informe —exigió al capitán Irina Voss, que había liderado operaciones previas.

—Una fisura mayor se abrió hace veinte minutos. No zánganos comunes. Una figura liderándolos. Alto, tres metros, armadura de obsidiana. Mató a doce de nuestros hombres antes de retirarse. No parecía interesado en conquistar. Observaba.

Marcus caminó hacia el cráter. El suelo aún palpitaba con energía residual. En el centro, grabadas en el hormigón derretido, había runas que sus sensores no lograban descifrar completamente.

—Está probándonos —dijo Marcus en voz baja—. Igual que en el Bajo 17. El Enjambre no quiere destruirnos todavía. Quiere que nos desgastemos. Que las corporaciones y la Iglesia nos matemos entre nosotros.

Uno de sus analistas se acercó.

—Señor, las transmisiones de Sofia Ramírez ya incluyen imágenes de este lugar. Están llamándolo “la mano del Caballero”.

Marcus apretó los dientes. Esa periodista otra vez. Y detrás de ella, Verónica. Siempre conectadas de alguna forma invisible.

—Intercepten sus señales. Si no pueden, desacredítenlos. Digan que exageran para ganar vistas.

Pero sabía que era tarde. La narrativa escapaba de Hélix. Los contratos premium seguían entrando, pero la deserción entre sus cazadores contratados aumentaba. Tres más esa misma noche.

De regreso en el helicóptero, Marcus revisó reportes financieros en su tablet. Hélix aún era dominante en el mercado de protección de élite. Pero el mercado masivo —el que la Iglesia y los independientes atendían gratis o por poco— estaba creciendo en legitimidad. La gente prefería morir defendida por “idealistas” que pagar fortunas por protección parcial.

—Victoria —llamó por comunicador—. Necesitamos una jugada audaz. Propongo una “alianza temporal de contención” con el Vaticano. Ofrecemos tecnología a cambio de legitimidad compartida. Mientras tanto, aceleramos el Proyecto Eclipse Interno. Implantamos núcleos demoníacos controlados en nuestros mejores hombres. Si el Enjambre viene con un Caballero, responderemos con un ejército propio.

La CEO dudó.

—¿Y si perdemos el control de esos núcleos?

—Entonces culpamos a la Iglesia por no haber actuado antes —respondió Marcus con frialdad calculada.

Pero en el fondo, la duda lo carcomía. Por primera vez en su carrera, Marcus Hale sentía que los números no mentían: el sistema que había construido para beneficiarse del miedo ahora generaba más miedo del que podía monetizar. Las fisuras se expandían. El Caballero observaba. Y esa monja de mechas carmesí, con su serenidad irritante, parecía ser el eje alrededor del cual giraba todo.

Llegó al pent-house al amanecer. Elena dormía. Marcus se sirvió otro whisky y se sentó frente al ventanal. La ciudad despertaba con más humo, más sirenas, más miedo.

—Todo se está saliendo de control —susurró para sí mismo.

Por primera vez, no tenía una ecuación clara para resolverlo. Hélix seguía siendo poderosa. Sus modificaciones genéticas lo hacían fuerte. Pero frente al Abismo, incluso los vicepresidentes ejecutivos se sentían pequeños.

Abajo, en el convento, Verónica probablemente ya estaba transcribiendo otro informe impecable. En los barrios, Mateo y Elena reorganizarían sus defensas. Sofia y Alex seguirían grabando.

Marcus Hale, el hombre que controlaba el miedo, ahora sentía cómo ese mismo miedo se volvía contra él.

Y por primera vez en mucho tiempo, no sabía cuánto tiempo más podría mantener la torre en pie.

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Marcus no durmió esa mañana. En cambio, convocó una reunión virtual con los accionistas principales. Les presentó datos optimistas: ingresos récord por contratos de emergencia, prototipos de armaduras mejoradas, planes para “zonas de contención corporativa” donde solo clientes premium tendrían acceso total.

Pero en privado, después de la reunión, abrió un archivo encriptado: *Escenario Colapso Total*.

En él, detallaba lo peor: fisuras masivas, deserción generalizada de cazadores, colapso económico si la Iglesia ganaba la narrativa moral, y la posible emergencia de un “Caballero Abisal” que sus laboratorios aún no podían contrarrestar.

Cerró el archivo y miró su reflejo en la pantalla oscura.

—Todavía controlo esto —se dijo—. Todavía.

Pero las mechas carmesíes de Verónica parecían brillar en su mente como un recordatorio. No todo se compraba con contratos. No todo se controlaba con armaduras y algoritmos.

El cálculo se desmoronaba. Y Marcus Hale, por primera vez, se preguntaba si él sería uno de los escombros.

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