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Gemelos genios y un CEO implacable

Gemelos genios y un CEO implacable

Status: Terminada
Genre:CEO / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.

Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.

Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.

Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.

¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 29

El camino hacia las terrazas de cultivo regalaba un paisaje verde que era un deleite para la vista. La carretera serpenteaba y ascendía por los cerros de San Isidro, mientras el aire fresco se colaba poco a poco por la rendija de la ventanilla que Edgar había bajado apenas.

No tardaron mucho. Al fin, el auto quedó estacionado en el área reservada. En cuanto bajaron, una extensión de terrazas verdes escalonadas, con un fondo de neblina tenue y la imponencia de la montaña, salió a su encuentro.

—¡Guau! ¡Qué hermoso es este lugar, mami! —exclamó Rayan, maravillado, con los ojos muy abiertos ante el paisaje extraordinario que se abría frente a él.

—¡Sí! ¡Qué frío hace el aire, no como en la lavandería! —gritó Zayan, contentísimo, abriendo los brazos de par en par para llenarse los pulmones del aire puro de la montaña.

Edgar se acercó a Ariana, que se acomodaba el cabello alborotado por el viento de la tarde. La observó de perfil: el brillo de sus ojos lucía mucho más vivo y relajado que cuando estaba entre las paredes de la lavandería.

—Gracias por traerme hasta aquí, Ariana. Este lugar es de verdad hermoso; da una paz enorme —dijo Edgar con dulzura, su voz casi tragada por el soplo del viento.

Ariana se volvió despacio y esbozó una sonrisa tenue, dulcísima.

—No hay de qué, señor. Este lugar siempre es nuestra primera opción cuando los niños están aburridos. San Isidro tiene muchos rincones bonitos como este.

—¡Papá! ¡Mami! ¡Vengan rápido para acá, vamos a tomarnos fotos! —los llamó Rayan desde el sendero de madera que cortaba los sembradíos de hortalizas.

Edgar sonrió de oreja a oreja.

—¡Vamos!

Los cuatro recorrieron los mejores rincones para las fotos. Edgar no paraba de retratar a los gemelos con su celular. Es más, a hurtadillas, sus dedos dirigieron la cámara varias veces hacia Ariana, que reía sin reservas contemplando las travesuras de sus dos pequeños.

Cuando llegaron a un mirador que daba directo al valle, los gemelos, de pronto, jalaron a Edgar y a Ariana para que se pusieran uno al lado del otro.

—¡Papá, mami, párense aquí! ¡Yo los fotografío! —gritó Zayan, lleno de entusiasmo, sosteniendo el celular de Edgar, ya listo en modo cámara.

Ariana se puso rígida de golpe.

—Eh... Zayan, no hace falta...

—¡Ándale, mami, nada más una! ¡Aprovecha que estamos de paseo con papá! —la interrumpió Rayan de prisa, empujándole con suavidad la espalda para acercarla a donde estaba Edgar.

Edgar, que no pensaba dejar pasar aquella oportunidad de oro, se armó de valor y deslizó su posición un poco más cerca.

—Solo una foto, Ariana. Los niños se van a poner felices —le susurró bajito, muy cerca del oído.

Ariana inspiró hondo y bajó la mirada, avergonzada y resignada. Un rubor le trepó de repente por las dos mejillas al notar que el brazo firme de Edgar casi rozaba ya su hombro.

—¡Uno... dos... tres... whisky! —gritó Zayan, feliz, presionando el obturador.

Detrás del lente quedó capturado a la perfección aquel instante cálido: Edgar con una sonrisa apuesta, rebosante de orgullo, y a su lado Ariana, sonriendo con timidez, las mejillas encendidas.

—¡Mira nomás, papá! ¡Quedó buenísima! —presumió Zayan, corriendo a devolverle el celular a su padre.

Edgar tomó el aparato y contempló la imagen con los ojos encendidos de ternura.

Te lo juro, Ariana... Esta foto no es solo un recuerdo pasajero. Voy a llevarlos de vuelta a mi lado y a hacer que momentos felices como este estén presentes en cada uno de nuestros días, se prometió Edgar con firmeza, desde lo más hondo del corazón.

El sol empezó a deslizarse tras los cerros, irradiando un cálido tono anaranjado y dorado que remató el dulce instante de aquella pequeña familia recién reencontrada.

El sol terminó de ocultarse, reemplazado por la fresca penumbra de la noche. En el asiento trasero del lujoso auto de Edgar, Rayan y Zayan dormían profundamente, rendidos de tanto jugar y de haber devorado con ganas la merienda de la tarde.

Ariana contemplaba a sus dos tesoros por el espejo retrovisor con una mirada llena de amor. En el asiento del conductor, Edgar iba concentrado en el camino. Pero, en realidad, aquel hombre imponente se sentía sumamente nervioso. Ansiaba abrirle todo su corazón en ese mismo instante, pero la lengua se le había trabado de golpe.

—¡Ariana! —la llamó Edgar, rompiendo el silencio de la carretera.

—¿Sí, señor? —contestó ella con suavidad, volviéndose hacia él.

—¿No podrías dejar de llamarme "señor"? —pidió Edgar, lleno de esperanza.

—¿Y entonces cómo debería llamarlo?

—Como sea... ¡menos con ese "señor" por delante! —respondió Edgar, anhelando de su amada un trato más cálido y dulce.

Ariana lo pensó un momento; sus bellos ojos giraron con gracia mientras sopesaba qué apelativo le venía bien.

¿Cómo, pues? Bien pensado, el señor Edgar tiene como la misma edad que el difunto tío Yanto, el hermano menor de mamá...

—Bueno, en ese caso, mejor lo llamo "tío Edgar", ¿le parece? —respondió Ariana con toda inocencia, sin el menor asomo de culpa.

Al oírlo, Edgar quedó de una pieza. Los dedos se le crisparon sobre el volante.

—¿Qué? ¿"Tío"...? ¿Desde cuándo me casé con tu tía, Ariana? —protestó, incapaz de resignarse, mientras ella reprimía a su lado una risita traviesa.

—Pero es que así me gusta llamarlo... ¿No hay problema con que le diga "tío Edgar"? —lo picó Ariana con ligereza.

A Edgar no le quedó más que resoplar, vencido.

¿Tan viejo me ve como para llamarme "tío"? Está bien, Edgar, acepta tu destino. Lo que importa es que Ariana se sienta a gusto con ese apodo, se lamentó para sus adentros.

Ariana volteó el rostro hacia la ventanilla, conteniendo la risa que le burbujeaba en el pecho.

Por Dios, ¿cómo se me ocurrió llamarlo "tío"? Bueno, tampoco es que sea un jovencito... ¡aunque viejo tampoco! rió para sus adentros, divertida.

*

*

A la mañana siguiente, antes de emprender el regreso a la ciudad, Edgar ya había estacionado su auto en el patio de la casa de la nana Meche desde que despuntó el alba. Quería despedirse en persona de sus dos hijos y de la mujer que le llenaba por completo el pecho.

—Papá... ¿vas a volver, verdad? —preguntó Rayan, abrazado con fuerza a la cintura de su padre.

—Sí, ¿vas a volver otra vez para vernos, verdad? —Zayan también se lanzó a abrazarle las piernas.

Edgar se arrodilló y besó con hondura la coronilla de cada uno de sus hijos, por turnos.

—Sí, mis amores, su papá va a volver sin falta. Y, si quieren, ¿les gustaría vivir conmigo en la ciudad?

Al instante, Rayan y Zayan se miraron con un brillo de felicidad.

—¡Sí, papá! ¡Queremos vivir allá contigo y también con mami! —dijeron los gemelos a coro. Don Fernando, que observaba la escena desde el interior del auto, sonrió de oreja a oreja, impaciente por llevarse a sus nietos y a su futura nuera a la residencia de los Alcázar.

Ariana se acercó, tratando de desinflar la ilusión inocente de sus hijos.

—Rayan, Zayan... Nuestra casa está aquí, no en la ciudad. Su papá va a volver, ya verán, pero no sean chillones —dijo con suavidad, aunque con firmeza, dejando claro que aún no estaba lista para poner un pie en la capital.

Edgar se incorporó y dio un paso, acercándose más a Ariana. Sin vacilar, sus dedos cálidos rozaron con suavidad los hombros de la mujer.

—Cuídate mucho, y te encargo a los niños. Si pasa cualquier cosa, llámame de inmediato a mi número —le encomendó Edgar, mirándola hondo a los ojos.

—Sí, tío Edgar... Le voy a llamar sin falta —respondió Ariana, algo cohibida.

Al oír aquel "tío Edgar" salir dulce de los labios de Ariana, a Edgar se le erizaron los oídos. Don Fernando, que lo escuchaba tras la ventanilla del auto, aguantó la risa hasta que los hombros le temblaron.

Jajaja... Bien merecido, Edgar. ¡A ver si es tan agradable que te digan "tío"! se regodeó don Fernando por dentro.

De pronto, Edgar se armó de valor y atrajo a Ariana hacia su pecho firme. La estrechó con fuerza, como si no soportara la idea de volver a dejar que se abriera una distancia entre ellos.

—Los voy a extrañar muchísimo, a ti y a los niños... Gracias por darme una felicidad tan perfecta, Ariana —le susurró al oído, sincero desde lo más profundo del alma.

El corazón le dio un vuelco a Ariana.

Se quedó muda, clavada en el sitio. Un rubor ardiente le encendió las dos mejillas. Despacio, pero con firmeza, alzó los brazos y correspondió al cálido abrazo del empresario.

—Buen viaje, tío Edgar... Maneje con cuidado. Los niños y yo vamos a estar bien aquí —susurró Ariana en voz baja.

Edgar deshizo el abrazo pero, antes de darse la vuelta del todo, depositó un beso dulce y suave en la frente de Ariana. Aquel roce fugaz la dejó petrificada, con el corazón desbocado, latiéndole salvaje y sin compás.

Continuará...

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Tere Jimenez
gracias increíble novela hermosa un abrazo gracias
Tere Jimenez
muy bueno el libro muchas felicidades increíble familia espero nos regales más éxitos tuyos bendiciones y felicidades
Noemi Fernandez
makdutos ambiciosos pero haci les va ir
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