La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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RITMO DE CONGA Y CERO CONTROL DE CALIDAD
A las cinco y media de la mañana, mientras Miranda Guzmán repasaba coeficientes de fricción y corregía planos con bisturí mental, Gael Fuentes flotaba ingrávido en un sueño profundo donde la única ley física era el ritmo de una tumbadora.
Para Gael, de treinta y cinco años, la vida era un gran pentagrama desordenado y sabroso. Propietario en las sombras de una cadena de antros nocturnos que administraba su compadre Kevín, arquitecto por vocación bohemia y bailarín profesional de salón por absoluta debilidad ante la buena música, su mundo funcionaba exactamente al revés que el de la "Reina de Concreto". Mientras más improvisado fuera el plan, más auténtico le parecía.
—¡Papá! ¡Despierta, que el sol ya te pegó en las pestañas y la cafetera lleva media hora suplicando piedad!
Unos deditos pequeños pero firmes apartaron la sábana de un solo tirón, dejando al descubierto el metro noventa de músculo y piel tostada de Gael, quien dormía en pantalones cortos de algodón y con la marca de una almohada grabada en la mejilla de ángel.
Gael abrió un ojo, perezoso, y esbozó una sonrisa torcida que desarmaba a cualquiera antes del mediodía.
—Zoe, mi amor, mi chiquita de oro... son las seis de la mañana. Los arquitectos que diseñan para el ocio nocturno tienen derecho a un descanso sagrado —murmuró con voz ronca, estirando los brazos como un oso perezoso.
—Y las niñas de diez años con sentido común tienen derecho a no llegar tarde al colegio por culpa de un padre que se queda hasta las tres de la mañana bailando salsa casino en su propio local —respondió Zoe, cruzándose de brazos con una seriedad pasmosa que recordaba de manera alarmante a su tía más severa, aunque adornada con una coleta alta y una mochila llena de calcomanías de anime.
Zoe era una fuerza de la naturaleza en miniatura. Heredera de la gracia física de su padre, pero provista de una lengua afilada y un detector ultrasónico de hipocresía, aborrecía todo lo que oliera a falsos modales corporativos. Y, por supuesto, encabezaba una cruzada personal contra la "amiga fija" de su papá, una mujer a la que Zoe se refería en privado como "el maniquí de escaparate" y a la que le negaba el saludo con la precisión de un francotirador.
—Oye, respeta a tu viejo, que te alimenta y te paga la colección de mangas —bromeó Gael, saltando de la cama con una agilidad felina. En calzoncillos y descalzo, comenzó a contonear los hombros al ritmo imaginario de una campana de timbales mientras caminaba hacia la cocina—. ¿Qué hay para desayunar, mi sargento de bolsillo? Panqueques con extra de azúcar o vamos a sufrir con la avena saludable?
—Avena con frutos rojos, papá. Tienes treinta y cinco años, no veintidós, y tu colesterol no sobrevive a otra semana de fritanga nocturna —sentenció Zoe con un suspiro dramático, entregándole una taza de café negro con la misma eficiencia que una enfermera de urgencias.
Gael se rió a carcajadas, dándole un beso sonoro en la coronilla a su hija mientras devoraba el desayuno de pie. La cocina de su apartamento, ubicado en una zona vibrante y llena de murales de arte urbano, era un caos colorido de plantas, discos de vinilo apilados en las esquinas y bocetos arquitectónicos tirados sobre la mesa del comedor.
—Por cierto —dijo Zoe mientras se acomodaba la mochila al hombro—, anoche sonó el teléfono fijo de la mesa de noche. Contesté porque pensé que era el servicio de entregas, pero colgaron apenas dije "hola". Era ella, ¿verdad? El maniquí con extensiones.
La sonrisa juguetona de Gael flaqueó por una fracción de segundo.
—Zoe, ya hemos hablado de eso. Es una amiga...
—Es un fastidio estético, papá. Y si vuelve a llamar a la una de la mañana, le voy a contestar yo misma para recordarle que las damas respetables duermen a esa hora —replicó la niña con los ojos entornados antes de marchar hacia la puerta—. ¡Apurémonos, que el tráfico se pone imposible y hoy tengo clase de teatro!
Minutos después, la camioneta todoterreno de Gael se desplazaba por la ciudad al ritmo vibrante de un clásico de Héctor Lavoe. Gael cantaba a todo pulmón, golpeando el volante con la palma de la mano, mientras Zoe sacudía la cabeza con fingida exasperación, aunque una sonrisa disimulada se escapaba por la comisura de sus labios. Para ellos dos, esa complicidad era su refugio, un escudo levantado contra el fantasma de un abuelo paterno multimillonario y déspota que jamás aceptó que su hijo prefiriera la libertad de los barrios y el calor de una madre maltratada por encima de los codazos corporativos de los hoteles Mendoza.
Tras dejar a Zoe en la escuela, Gael condujo directo hacia su refugio diurno: un estudio de arquitectura desacartonado que compartía con Bruno, su fiel amigo y magnate automotriz, quien solía usar una de las esquinas del loft para cerrar negocios de coches clásicos.
Apenas cruzó la puerta, con la camisa de lino desabotonada hasta el pecho y las mangas arremangadas, Bruno lo recibió con una ceja alzada y un expediente bajo el brazo.
—Vienes con el ritmo en las venas, hermano. ¿Qué te pasa? ¿Te ganaste la lotería o te acostaste tarde otra vez? —preguntó Bruno, recostado contra una mesa de dibujo llena de maquetas.
—Ambas cosas, Bruno. Ambas cosas —respondió Gael con una carcajada, tirándose en un sillón de cuero desgastado—. Aunque hoy tengo un dolor de cabeza administrativo. El socio mayoritario de la constructora con la que vamos a asociarnos para el nuevo proyecto del complejo nocturno mandó un memorándum de cuatro páginas exigiendo especificaciones milimétricas sobre los materiales. Parecía escrito por un sargento de la marina alemana.
—¿Te refieres a la firma Guzmán & Asociados? —inquirió Bruno con una sonrisa divertida—. Dicen que la CEO de esa empresa es una mujer de piedra. Una tal Miranda Guzmán. Al parecer, no le tiembla el pulso para despedir a un contratista si se equivoca en medio centímetro.
Gael arqueó las cejas, intrigado, y una chispa de travesura brilló en sus ojos claros. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Una mujer de piedra, dices? Qué desafío tan delicioso para alguien a quien le encanta esculpir sobre hielo —bromeó, frotándose las manos—. Mañana tenemos la primera reunión oficial en sus oficinas. Me voy a poner la camisa con más botones abiertos y voy a llevar un par de zapatillas de salsa escondidas en el maletero. Vamos a ver si su famoso concreto aguanta un buen merengue.
Bruno negó con la cabeza, riendo por lo bajo, sabiendo perfectamente que su amigo estaba a un paso de provocar un sismo de proporciones épicas en la vida de la arquitecta más inflexible de la ciudad.