Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 24
Más tarde, Barbara estaba con Gala en su habitación. Eliana acariciaba su cabello, tratando de consolarla, pero Barbara tenía otros planes.
—Eliana, sal un momento —dijo Barbara, con su tono firme pero no autoritario—. Quiero hablar con Gala a solas.
Eliana asintió. No con preocupación, porque sabía muy bien que su madre podía ser fría, malévola, despiadada, pero no era injusta. Eso sí que no. Le dio un beso en la frente a Gala y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Cuando estuvieron solas, Barbara se sentó junto a Gala y le tomó las manos. Su mirada de acero se suavizó tanto que parecía otra persona.
—Gala, quiero saber algo —dijo Barbara, con una voz más suave de lo que Gala le había escuchado nunca—. Y no es que quiera meterme en tu privacidad.
Gala se puso inquieta. En su corazón, sentía que Barbara no le había creído del todo, y un poco de decepción le agrió la garganta. Asintió, preparando su respuesta, su verdad.
—Gala —dijo Barbara, mirándola directamente a los ojos—. Esa noche... ¿fue tu primera vez con un hombre?
La pregunta cayó como un rayo. Gala se quedó paralizada. Sus hermosos ojos verdes parpadearon, y sin saber por qué, asintió. No podía mentirle a esa mujer.
Barbara cerró los ojos. Luego, con cuidado, la abrazó.
—Lo siento tanto, cariño —susurró—. Tu primera vez, robada de esta manera. Sin tu permiso. Sin tu aprobación. No lo minimices. Esto... esto no es algo que te puedas tragar sola.
Barbara le dio suaves palmaditas en la espalda, y Gala no lo pudo soportar.
Lloró.
Lloró amargamente, porque en ninguna de las dos vidas había podido quejarse por esto. Porque nadie le había dicho que era una víctima. Que la habían lastimado. Que tenía derecho a sentir dolor.
—Llora, cariño. Sácalo. No te lo guardes —susurró Barbara—. Aquí está tu mamá Bárbara. Yo te cuido.
Gala escuchó esas palabras y su corazón se hinchó de agradecimiento.
¿Así que esto es tener una madre? ¿Esto es tener alguien que te proteja? ¿Así se siente tener un apoyo?
El llanto duró quién sabe cuánto. Barbara fue paciente. La dejó desahogarse. La dejó sufrir. Tenía derecho a hacerlo.
Cuando finalmente Gala se calmó, Barbara le secó las lágrimas con un pañuelo de seda.
—Gala —dijo, con una sonrisa suave—. No estás sola. No lo estarás nunca más. Y esa mujer... esa Elia... pagará por lo que te hizo. Te lo prometo.
Gala la miró, con los ojos aún húmedos.
—¿Por qué? —preguntó, su voz ronca—. ¿Por qué me ayuda? No soy nadie. No soy su familia.
Barbara sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos pero que era genuina.
—Eres la amiga de mi hija. Eso te convierte en familia. Y en esta familia, nos cuidamos unos a otros. Además... —hizo una pausa, como si sopesara sus palabras—. Hay algo en ti, Gala. Algo que me recuerda a mí misma cuando era joven. Algo que me dice que no eres una víctima. Eres una superviviente. Y las supervivientes merecen todo el apoyo del mundo.
Gala no supo qué decir. Solo abrazó a Barbara, con fuerza, como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.
*_*
Al día siguiente, en el desayuno, Boris estaba en casa. Ese sábado deberían ir a la cena con los Ponce. Gala llegó a la mesa con los ojos hinchados como nueces. Al ver a Boris, se sonrojó. Ahora él sabía que esa noche había ido ella. Con quien se había acostado.
Boris miró a su madre. Las preguntas y respuestas se daban con una mirada. Y Eliana, siempre sintiendo que no pertenecía a esa familia, pensó: "Soy adoptada, estoy segura."
Gala comía en silencio, con la mirada baja. Boris la observaba, sin saber qué decir. Había algo en ella, en su vulnerabilidad, que lo desarmaba.
De repente, Lorgio entró y le susurró algo al oído a Boris. Él se fue sin terminar el desayuno.
Barbara había pedido ropa para Gala y para Eliana. Las llevaría a pasear. Después de tanta emoción, Gala necesitaba distraerse. Y Barbara quería convencerla de que tuviera sesiones con el doctor Antonio.
Y entonces, la ama de llaves se acercó a la mesa.
—Señora Barbara, el joven Boris quiere que usted y la señorita Gala vayan al estudio. Es urgente.
La ama de llaves, que trabajaba ahí desde hacía décadas, sabía que algo estaba cambiando en esa casa.
Ambas fueron. Había curiosidad y expectativa. En cuanto entraron, vieron a un hombre mayor encorvado, con lentes ojo de botella, que abrazaba un portafolio como si fuera un tesoro.
—¿Usted es Gala Ponce? —preguntó el hombre, poniéndose de pie con dificultad—. Permítame presentarme. Soy Julio Ordoñez, abogado de su difunta abuela, Manuela Ponce. Tengo algo importante que comunicarle.
Boris miraba la situación desde su escritorio. Barbara entró en modo protección, situándose junto a Gala. Y la bomba cayó con todo.
—Su abuela, Manuela Ponce, falleció hace un año —continuó el abogado—. En su testamento, dejó una herencia considerable a su nieta biológica, Gala Ponce. Una herencia que, hasta ahora, no le había sido entregada.
Gala se quedó sin aliento.
—¿Una herencia? —repitió, incrédula—. ¿Para mí?
—Sí, señorita. Una casa en las afueras de la ciudad, una suma importante en efectivo, y acciones de la empresa familiar. Todo está documentado y legalizado. Su abuela quería asegurarse de que usted tuviera un futuro, independientemente de lo que pasara con sus padres.
Boris frunció el ceño.
—¿Y por qué no se le entregó antes? —preguntó, su voz tensa.
El abogado titubeó.
—Porque... alguien presentó una objeción. Alegando que la señorita Gala no era apta para recibir la herencia. Que era... inestable. Que necesitaba supervisión.
Barbara apretó los puños.
—¿Quién? —preguntó, su voz gélida.
—No puedo revelar esa información sin una orden judicial —respondió el abogado, incómodo—. Pero puedo decirles que la objeción fue presentada por un miembro de la familia Ponce.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Gala sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Alguien de su "familia" había bloqueado su herencia. Alguien quería mantenerla dependiente. Alguien quería controlarla.
Elia, pensó. Fue Elia.
Boris se puso de pie.
—Señor Ordoñez —dijo, su voz firme—. Quiero que prepare todos los documentos necesarios para impugnar esa objeción. La señorita Ponce recibirá lo que le corresponde. Y si alguien intenta detenerlo, responderá ante mí.
El abogado asintió, nervioso.
—Por supuesto, señor Ricci. Haré todo lo que esté en mi poder.
Barbara sonrió, una sonrisa lenta y satisfecha.
—Bien. Ahora, si me disculpan, tengo una cena que preparar.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia