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La Asistente Del Diablo.

La Asistente Del Diablo.

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Malentendidos / CEO
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Ybet Renú

Él es el hijo del hombre que destruyó a mi familia.
Yo soy la mentira que duerme en su cama.

Entré a BlackStone Corp para vengarme.
No para enamorarme de *Adrian BlackStone*.

Pero él me dio su chaqueta cuando tuve frío.
Me salvó la vida hace 15 años y no se acuerda.
Y ahora me mira como si fuera *Luna* la única mujer del mundo.

El problema:
Si descubre quién soy, me va a odiar para siempre.
Y si no lo hago... traiciono a mi padre.

NovelToon tiene autorización de Ybet Renú para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Orden #1: No enamorarme del jefe.

El edificio Blackstone Group tocaba las nubes.

35 pisos de vidrio y acero que brillaban bajo el sol de la mañana, como si quisieran recordarle al mundo quién mandaba en esta ciudad. Y en la cima de todo eso, en el piso 35, estaba él.

Adrián Blackstone.

Respiré hondo frente a las puertas giratorias. En mis manos temblaba la carpeta con mi CV falso. Falso apellido, falso historial, falsas intenciones.

Luna Giraldi.

Ese era mi nombre hoy.

Mi verdadero apellido lo enterré hace 10 años, junto con la foto de mi padre saliendo esposado de su propia empresa. Gracias a Víctor Blackstone. Gracias al hombre que se sentaba ahora mismo en la oficina más grande del edificio. Para que luego muera en un accidente muy confuso.

"¿Primera vez en Blackstone?"

La chica de recepción me sonrió. Tenía uñas perfectas y un acento que costaba dinero.

"Sí" mentí. "Soy la nueva asistente personal del señor Blackstone."

Su sonrisa se borró un segundo. "Ah. Con el señor Adrián. Que Dios te ayude."

No supe si era un deseo o una advertencia.

El ascensor subió tan rápido que mi estómago se quedó en el piso 1. Piso 10. Piso 20. Piso 35.

Las puertas se abrieron directo a un pasillo minimalista. Piso de mármol blanco, paredes negras, y al fondo, unas puertas dobles de roble.

Ahí estaba.

No necesité que me dijeran su nombre.

Adrián Blackstone estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí. Traje azul marino hecho a medida. Hombros anchos. Cabello negro peinado hacia atrás con una imperfección calculada.

Tenía 29 años. Igual que yo.

Y hacía 15 años, tenía 14 y me sacó del río Media Luna con las manos temblando y los labios morados.

"Señor Blackstone" dijo su secretaria. "Luna Giraldi. Su nueva asistente personal."

Él se giró lento.

El tiempo se detuvo.

Ojos miel. Los mismos que vi bajo el agua aquella tarde. La misma cicatriz pequeña en la ceja izquierda que se hizo al romper el vidrio del carro para sacarme.

Solo que ahora no era un chico asustado con uniforme de colegio.

Ahora era un hombre. Poderoso. Peligroso. Y guapísimo.

"¿Eres nueva?" Su voz era grave. Más profunda de lo que recordaba.

Se me secó la boca. Diez años ensayando este momento y se me olvidó cómo hablar.

"Soy Luna Giraldi" logré decir. "Su nueva asistente."

Caminó hacia mí. Cada paso resonó en el mármol. Olía a perfume caro, a cuero, a poder.

Me escaneó de pies a cabeza. Traje sastre negro. Tacones. El pelo recogido en un moño bajo para verme mayor, más seria, menos vulnerable.

"Tu cara me suena" dijo. Entrecerró los ojos como si buscara en su memoria.

El corazón me golpeó las costillas. ¿Y si me reconocía? ¿Y si todo se arruinaba en el minuto uno?

"Imposible" solté una risa que sonó falsa hasta en mis oídos. "Nunca he estado en esta ciudad antes. Vengo de provincia."

Él ladeó la cabeza. Estudiándome. Buscando algo.

Por un segundo horrible pensé que diría mi nombre real. Que diría "te conozco". Que todo terminaría aquí.

"Tal vez" dijo finalmente. Y una sonrisa pequeña torció su boca. "Tienes cara de conocida."

Me tendió la mano. Su mano era grande, cálida. Cuando la toqué sentí una descarga eléctrica subir por mi brazo.

Luna Giraldi, no caigas, no caigas, no caigas.

"Bienvenida a Blackstone, señorita Giraldi" dijo. "Espero que seas buena. Odio tener que entrenar a la gente dos veces."

"Seré la mejor asistente que ha tenido" prometí. Y era verdad. Solo que no de la forma que él pensaba.

"Veremos" Murmuró. Se dio la vuelta y caminó hacia su escritorio. "Acompáñame."

Lo seguí. El escritorio era del tamaño de mi departamento. Sobre él: tres pantallas, una pila de contratos, y una foto enmarcada boca abajo.

Curiosidad. Eso me mataba.

"Tienes tres reglas" dijo sin mirarme mientras revisaba correos. "Primera: mi agenda es sagrada. Segunda: si digo que no, es no. Tercera..."

Se detuvo. Me miró por encima del hombro.

"Tercera: no hagas preguntas personales."

Claro. Porque tenía secretos que esconder. Como yo.

"Entendido" asentí.

"Bien." Cerró la laptop de golpe. "Hoy terminamos tarde. Tenemos cena con inversionistas a las 8. Necesito que revises los contratos antes de las 6."

Eran las 9 de la mañana. Doce horas.

"¿Algún problema?"

Para nada, señor Blackstone.

"Adrián" me corrigió. "Cuando estemos a solas, Adrián."

El estómago me hizo un nudo. Adrián. Decir su nombre me sabía a traición. A recuerdo. A río.

"Adrián" repetí. Me supo amargo.

El teléfono sonó. Él contestó en inglés, rápido, cortante. Negocios. Millones. Vidas que dependían de su firma.

Aproveché para mirar alrededor. La oficina era fría. Sin fotos, sin plantas, sin nada personal. Solo poder.

Excepto por una cosa.

En el perchero al lado de la puerta colgaba una chaqueta azul marino. Igual a la que me dio aquella noche.

El recuerdo me golpeó como un balde de agua helada.

Lluvia. Frío. Miedo. Y sus brazos sacándome del agua. "Respira, Luna. Ya estás a salvo."

Cerré los ojos. No. No podía pensar en eso. Vine aquí por venganza. No por nostalgia.

"¿Tienes frío?"

Abrí los ojos de golpe. Adrián había colgado y me estaba mirando. Fijamente.

"No" mentí rápido.

Temblabas" Señaló mis manos.

Bajé la mirada. Tenía los dedos apretados contra la carpeta.

"Es el aire acondicionado" dije.

Él no dijo nada. Solo se quitó la chaqueta del perchero. La misma. Azul marino. Y caminó hacia mí.

Mi corazón se paró.

"Por si tienes frío" dijo. Y me la puso sobre los hombros.

Olía a él. Exactamente igual. A ese chico de 14 años que me cargó hasta la carretera. A este hombre de 29 que ahora me miraba como si intentara descifrarme.

"Gracias" susurré. La tela me quedaba enorme. Me envolvió por completo.

"De nada" Se metió las manos en los bolsillos. "¿Lista para empezar, señorita Giraldi?"

Sí. Lista para destruir a su familia desde adentro.

Lista para mentirle a la única persona que alguna vez me salvó.

Lista para odiarlo.

Orden #1:

No enamorarte del jefe.

Miré la chaqueta sobre mis hombros. Olía a casa. Olía a peligro.

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