Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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Cinco mil dólares y unas rosas
El fin de semana llegó como un respiro que Sara no sabía que necesitaba.
Sus padres intentaron pagar la habitación del hospital. Todas las formas. Tarjeta, efectivo, transferencia. Pero cuando su padre vio la factura, se quedó mirando el papel como si fuera una sentencia judicial.
—Hija... este muchacho pagó todo.
Sara, desde el sofá, lo observó. Luego, con disimulo, cogió el papel cuando su madre lo dejó sobre la mesa.
Ya en su habitación, lo desdobló.
Cinco mil dólares.
Una noche.
Su padre ganaba eso a duras penas en un mes de trabajo.
Sara se quedó mirando el número. Lo miró un rato largo. Luego dobló el papel y lo guardó en el cajón de la mesa de noche, junto a la tableta que el sistema le había regalado.
Se metió en la cama. Cuarto rosa. Peluches. Sábanas de lavanda.
El celular vibró.
Un mensaje.
La imagen de perfil hizo que se le paralizara el corazón. Julian. Traje elegante de jugador de fútbol. Sonrisa ladeada.
> *¿Cómo estás?*
> *¿Todo salió bien?*
> *¿Ya te dieron el alta?*
> *¿Estás durmiendo?*
Cuatro preguntas. Seguidas. Como si no supiera cuál era la correcta y tirara todas a ver cuál pegaba.
Sara miró la pantalla. *Estoy texteándome con el tirano que me cortó la cabeza.*
> *¡Uy, heroína! Has captado la atención del hijo del destino. ¡Aprovecha, aprovecha!*
—¿Cuál aprovecha, sistema? Lo mandaré a rodar.
> *¡No, heroína! No seas tonta. El hijo del destino te ha escrito. Tiene interés en ti. No cortes esa magia.*
Sara miró la pantalla del sistema. Miró el mensaje de Julian. Respiró.
Escribió:
> *Ya me dieron de alta. Estoy en casa. Todo bien. Gracias por ayudarme.*
Envío.
Silencio.
Ninguna respuesta.
*Ah. Lo corté por lo sano.*
Dejó el celular en la mesa. Se acostó. Cerró los ojos.
El timbre sonó.
Su madre abrió.
—¡Oh, Dios mío! Sí, sí, aquí vive. ¿Dónde firmo?
—¿Mamá? ¿Qué pasa?
La puerta del cuarto se abrió. Un ramillete de veinticuatro rosas rojas entró cargado por su madre, que apenas podía ver por encima de los tallos.
—Mira, hija. Te lo manda ese muchacho, Julian. Con un "recupérate". ¡Ay, qué lindo es ese niño!
Sara miró las rosas. Veinticuatro. Rojas. Perfectas.
—Mamá, déjalas en la sala. Son tan hermosas que merecen un lugar especial.
—¡Ah! Y también esto.
Le entregó una caja. Chocolates. Suizos. Edición limitada.
—Cómelos, mi niña. Tu madre fue curiosa y ya se comió uno. Está riquísimo.
Y salió tarareando.
Sara abrió la caja. Efectivamente, faltaba uno. Jaló otro. Lo mordió. Estaba *ridículamente* bueno.
Agarró el celular. Buscó el precio de la caja.
Mil dólares.
Edición limitada. Chocolatería suiza. Solo a pedido. Cacao ciento por ciento.
Mil dólares. En chocolate. Y Julian lo había mandado como quien regala un llaverito que encontró en la calle.
Le tomó una foto a las rosas. Al chocolate. La envió.
> *Gracias. Eres muy amable.*
Respuesta inmediata.
> *De nada. Espero que te recuperes pronto.*
Sara dejó el celular en el pecho. Miró el techo.
*¿Era este el mismo tirano que mató a tantos de mis amigos?*
La pantalla del sistema se encendió. Suave. Casi tierna.
> *Has regresado al momento en que la vida del hijo del destino empezó a desviarse. Lo que culminó en el tirano que conoces.*
Sara cerró los ojos.
*Así que era cierto.*
> *Julian se sentía solo. Oprimido. Bajo la envidia de todos los que lo rodeaban. Ahí fue donde empezó a ver a los demás como menos. No nació siendo un monstruo, heroína. Lo hicieron.*
Sara apretó los labios.
*Un niño solo. Un niño al que nadie miraba. Un niño que decidió que si nadie lo veía, obligaría al mundo a mirarlo de rodillas.*
Se giró en la cama. Miró las rosas desde la puerta. Veinticuatro. Rojas. Perfectas.
*No sabe decir "me preocupé por ti". No sabe decir "me alegra que estés viva". Así que manda flores de cien dólares y chocolate de mil. Porque el dinero es la única forma que conoce de decir "me importas".*
El celular vibró otra vez.
Sara lo miró.
> *¿Tienes tiempo para hablar?*
El corazón le dio un vuelco.
> *¡Heroína! ¡Responde! ¡No lo dejes en visto!*
Sara miró el mensaje. Miró las rosas. Miró sus manos jóvenes, sin callos, sin cicatrices.
Escribió:
> *Sí. Te espero a una cuadra de mi casa. En un parque.*
> *OK.*
Una palabra. Seca. Inmediata.
Sara se levantó. Se miró al espejo. Se arregló el pelo. Se cambió la blusa. Se la volvió a cambiar.
Su madre apareció en el marco de la puerta.
—¿A dónde vas?
—Julian me citó. Seguro para entregarme apuntes de clase.
Su madre sonrió. Una sonrisa extraña. Cómplice.
—Ve, ve, hija.
Sara salió. Detrás, escuchó a su madre reír mientras limpiaba la mesa del comedor.
—Ay, el amor. El amor entre jóvenes es tan lindo. Aún recuerdo cuando a su edad conocí a su padre.
Sara cerró la puerta del departamento. Bajó las escaleras.
El parque estaba a una cuadra.
Y Julian ya estaba ahí.