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Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Mi esposo escucha mis pensamientos indecentes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Telepatía / Completas
Popularitas:54.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ximena Blanco solo debía cumplir una misión: ocupar el lugar de su hermana gemela, casarse con Cristian Montalvo y aguantar el papel de esposa perfecta hasta que pudiera desaparecer con el dinero prometido.
El problema era Cristian.
Frío, rico, impecable y peligrosamente guapo, el heredero Montalvo parecía hecho para arruinarle la concentración. Ximena sonreía como una dama obediente, servía café, bajaba la mirada y fingía no sentir nada.
Pero por dentro era otra historia.
Ay, no. Ese hombre debería traer advertencia. Con esa camisa, esos hombros y esa cara de hielo, una mujer honesta pierde la dignidad.
Lo que Ximena no sabe es que Cristian puede escuchar cada pensamiento suyo.
Cada queja. Cada insulto. Cada fantasía vergonzosa sobre tocarle el pecho, quitarle la corbata o verlo perder el control por ella.
Al principio, Cristian solo quiere descubrir quién es en realidad esa mujer que finge ser tranquila mientras su mente arde sin descanso. Pero cuanto más la escucha, más le cuesta mantenerse lejos. La esposa falsa empieza a parecerle demasiado real. Sus pensamientos indecentes empiezan a gustarle demasiado. Y el hombre que juró no enamorarse termina obsesionado con la única mujer que no puede mentirle por dentro.
Pero Ximena guarda un secreto más peligroso que sus deseos: ella no es la novia que Cristian debía recibir en el altar.
Cuando la verdad salga a la luz, el matrimonio falso, la pasión escondida y todos los pensamientos que nunca debieron escucharse podrían destruirlos... o volver imposible que se separen.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 29

Capítulo 29: Cambiar

Joaquín no golpeó a Cristian.

Julián se encargó de que no ocurriera, colocándose entre ambos con una serenidad que solo podía tener alguien acostumbrado a sobrevivir juntas directivas y dramas de millonarios.

—Señor Duval —dijo—. Respire.

—No me digas que respire.

—Entonces no respire, pero no lo golpee.

Cristian permaneció de pie detrás de su escritorio, frío, impecable, insoportable.

Eso encendió más a Joaquín.

—Tú no sabes nada —dijo, con la voz quebrada de rabia—. Hablas como si todo fuera una estrategia. Como si querer bien fuera entregar cosas correctas en orden correcto y esperar resultado.

Cristian no respondió.

—Yo hice lo que se supone que debía hacer —continuó Joaquín—. Dejé de salir, dejé de meterme en tonterías, la traté bien, le di casa, dinero, libertad, todo. ¿Y sabes qué? Igual se fue.

Julián bajó la mirada.

Cristian habló al fin.

—Tal vez ella no necesitaba que te portaras bien. Tal vez necesitaba que la vieras.

Joaquín soltó una risa amarga.

—Mírate dando lecciones.

—No estoy...

—¿Tú ves a tu esposa?

La pregunta cayó como un golpe limpio.

Cristian se quedó quieto.

Joaquín dio un paso, pero Julián lo frenó con una mano en el pecho.

—No sabes lo que es que alguien duerma junto a ti y aun así esté lejos. No sabes lo que es despertar un día y descubrir que la persona que creías segura llevaba meses preparando la salida.

Cristian sintió que algo se cerraba bajo las costillas.

Joaquín lo miró con ojos rojos.

—Algún día tu esposa también te va a dejar.

La oficina se quedó sin aire.

Julián abrió la boca, pero no dijo nada.

Cristian sostuvo la mirada de su amigo.

—Mi matrimonio es feliz —dijo—. Eso no va a pasarme.

La frase sonó firme.

Demasiado firme.

Joaquín sonrió como si le diera lástima.

—Eso pensé yo.

Julián logró sacarlo de la oficina unos minutos después. La puerta se cerró. Cristian se quedó solo.

En la superficie, nada había cambiado.

El escritorio seguía ordenado. Los informes seguían apilados. La ciudad seguía igual detrás del ventanal.

Pero la frase de Joaquín no se fue.

Algún día tu esposa también te va a dejar.

Cristian intentó trabajar.

Leyó el mismo párrafo tres veces.

Firmó un documento y luego tuvo que revisar si había firmado en el lugar correcto.

Tomó el celular para llamar a Ximena y lo dejó otra vez sobre la mesa.

*Mi matrimonio es feliz*, se repitió.

Pero entonces recordó a Ximena diciendo "me das miedo". Recordó el modo en que había escondido su sueño de fuegos artificiales de todo el mundo. Recordó las deudas de los Blanco, la llamada con Sebastián, las decisiones que ella tomaba cuando creía que él no estaba mirando.

¿Y si ya había una salida?

¿Y si él solo no sabía verla?

Esa noche llegó a Las Lomas más temprano de lo habitual.

En la entrada estaban las pantuflas rosas de Ximena.

Ridículas. Suaves. Con una pequeña mancha de café en una punta porque ella insistía en hacer demasiadas cosas incluso con el tobillo fracturado.

Cristian se quedó mirándolas.

Era absurdo que un par de pantuflas pudiera darle miedo.

Pero allí estaban, prueba de que ella estaba en casa.

Y de que algún día podría no estarlo.

El miedo no llegó como celos. No llegó como furia.

Llegó como una habitación vacía imaginada de golpe.

Sin pantuflas.

Sin Motita rascando la puerta.

Sin esa voz en su cabeza llamándolo viejo, cerdo precioso, iceberg defectuoso.

Sin ella.

Cristian dejó las llaves en la consola y fue a la cocina.

La cocinera casi dejó caer un cuchillo al verlo entrar.

—Señor, ¿necesita algo?

—Fruta.

—Se la preparo.

—Yo lo hago.

La mujer lo miró como si acabara de anunciar que iba a construir un puente con cucharas.

—¿Usted?

—Sí.

No fue una escena elegante.

Cristian sabía manejar adquisiciones, crisis legales y hombres furiosos en oficinas. No sabía cortar pera sin desperdiciar media fruta. Las fresas fueron fáciles. Las moras azules no requerían nada. La pera, en cambio, pareció tener una opinión personal contra él.

Quince minutos después, tenía un plato aceptable.

No hermoso.

Aceptable.

Lo llevó a la habitación de planta baja.

Ximena estaba sentada con la laptop sobre las piernas, el cabello recogido en un chongo torcido y Motita dormido sobre una manta prohibida.

—Llegaste temprano —dijo.

—Sí.

—¿Pasó algo?

—No.

*Pasó algo. Viene con plato. Cristian Montalvo no trae platos sin motivo. ¿Me va a decir que quebró otra empresa? ¿Que Motita tiene internado suizo? ¿Que descubrió mi cuenta anónima de memes de esposos guapos?*

Cristian dejó el plato junto a ella.

—Corté fruta.

Ximena miró el plato.

Luego a él.

Luego al plato.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Con cuchillo?

—Es la forma habitual.

*¿Quién eres y qué hiciste con mi esposo? Las fresas están disparejas. Ay no. Las cortó él. Con sus manos. Manos que podrían hacer cosas más interesantes que mutilar fruta, pero igual... qué lindo. Sospechosamente lindo.*

Cristian se sentó en la silla junto a la cama.

—También toca revisar el tobillo.

—Ya lo revisó la enfermera.

—Quiero verlo.

—¿Desde cuándo eres ortopedista?

—Desde que desconfío de todos.

—Eso fue antes de nacer.

Cristian tomó el botiquín. Le retiró con cuidado la venda externa, revisó la piel alrededor de la férula y aplicó la pomada indicada donde el médico lo había permitido. Sus movimientos eran torpes al principio, luego cada vez más suaves.

Ximena lo observó en silencio.

*Está raro. Raro bonito. Raro de peligro. ¿Será culpa? ¿Será amor? No, no te emociones. Tal vez me va a matar por el seguro de vida y está siendo amable para que no sospeche.*

Cristian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Nada —dijo ella demasiado rápido.

Él levantó la vista.

—¿Crees que voy a matarte?

Ximena abrió los ojos.

—¿Qué?

Cristian respiró hondo.

—Lo pensaste con la cara.

—¡No pensé eso con la cara!

—Tu cara fue muy específica.

Motita levantó la cabeza.

Ximena tomó una fresa del plato y se la metió a la boca para no responder.

*Si no me va a matar, entonces esto es peor. Está intentando quererme bien. Y yo no sé qué hacer con un hombre guapo armado con peras chuecas y culpa.*

Cristian volvió a cubrirle el tobillo con la venda.

No supo decirle que Joaquín lo había asustado.

No supo decirle que las pantuflas rosas casi lo dejaron sin aire.

Así que terminó de vendarla, acercó el plato y dijo solo:

—Come.

Ximena lo miró con desconfianza.

—¿De verdad no me vas a matar?

Cristian cerró el botiquín.

—Todavía no.

Ella se rió antes de poder evitarlo.

Y Cristian, aunque no sonrió, sintió que algo dentro de él respiraba un poco mejor.

1
Victoria
👏👏👏
Mer Agrás
La historia en general me había gustado aunque me recordó otra donde también el esposo escuchaba los pensamientos de su esposa pero la trama es muy diferente.

Desafortunadamente todos hablan igual, el humor negro, sarcasmo, el estilo de Ximena parece que se los transmitió a todos, que la amiga lo hiciera suele pasar pero la suegra, la mamá Tencha hasta el suegro en las pocas participaciones que tuvo, así los demás personajes.

La historia se alargó de más, relleno innecesario y pésimo final con esa dimensión alterna. Todo lo bueno se fue perdiendo al final.
Mer Agrás
Pésimo final, que pena de una historia que en general venía bien.
Mer Agrás
¡No arruines la historia! 🥹
Mer Agrás
Ya se siente relleno.
Mer Agrás
La historia a estas alturas ya la empiezo a sentir muy larga 😒
Mer Agrás
¿Cuándo se reconciliaron?
Mer Agrás
¿Ya no es Mauricio?
Mer Agrás
Valeria estaba en Guadalajara y Ximena en cdmx haciendo videollamada ¿en qué momento se fue Ximena a Guadalajara?
Mer Agrás
Como que ya es exagerado.
Mer Agrás
Emiliano ya lo sabe.
Mer Agrás
La historia me gusta pero creo que ella ya está abusando de la paciencia de él.
Mer Agrás
Creo que ya definitivamente no es Julián.
Mer Agrás
No entendí, no tomó el celular de Ximena, llamó del suyo pero aún así le dice que no tome llamadas que no son para él, más bien Cristian le marcó a Emiliano o entendí mal 😒
Mer Agrás
Ella también mintió 😒
Mer Agrás
¿No iban juntos en el carro?
Mer Agrás
Y dale con Mauricio 😒
Mer Agrás
Creo que ya empieza a parecer un comportamiento infantil.
Mer Agrás
Tampoco hay que ser grosera 😒
Kira Javan
ella es ximena, pero el doctor la llamo xiomara, entonces no tiene hermana gemela? interpreta dos mujeres distintas...ya me enredé 🙈
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