En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 16: Rumores en los Pasillos de Mármol
Las galerías altas de Aethelgard, con sus ventanales de arcos ojivales y sus pesados tapices de batallas pasadas, no solo servían para el tránsito de la servidumbre y la nobleza; eran el hervidero preferido para el veneno de los murmullos. Desde hacía tres semanas, los rumores corrían como pólvora encendida por las intrincadas venas de la fortaleza real.
La corte ya no reconocía al monarca que los gobernaba. El rey Dante, célebre durante años por su disciplina espartana, su rostro impasible de granito y su frialdad ante las mujeres más distinguidas del reino, se había convertido en la sombra devota y posesiva de su esposa.
En los salones de té de las damas de alta alcurnia, el tono de los comentarios variaba entre la fascinación escandalizada y el temor supersticioso.
—¿Habéis visto cómo la contempla durante las lecturas del consejo? —susurró Lady Vanya, ajustándose el abanico de plumas de pavo real mientras observaba desde el balcón superior del patio de armas—. Apenas escucha a los ministros. Sostiene la mano de la reina como si la vida misma se le fuera si la soltara por un segundo.
—No es natural —respondió en voz baja la duquesa de Kaelen, bajando la mirada con prevención—. Recordad de qué linaje proviene la reina Jasmín. La sangre del occidente lleva la marca de las brujas. Hace un mes el rey ni siquiera la miraba al rostro... y ahora parece consumido por una fiebre que le quita el juicio. Ella le ha hecho algo. Un embrujo de sangre, estoy segura.
En los aposentos de la reina, Nora peinaba con esmero los largos bucles oscuros de Jasmín mientras le transmitía, con evidente preocupación en el rostro, los ecos de lo que se decía en los pasillos.
—Las damas nobles murmuran que habéis usado artes oscuras para someter el corazón del rey, Mi Señora —dijo Nora en tono cauteloso, ajustando una peineta de plata y esmeraldas—. Temo que la envidia y el recelo de los consejeros se transformen en algo peligroso contra vos.
Jasmín contempló su reflejo en el espejo de bronce pulido. Lejos de asustarse o indignarse ante los rumores de brujería, una sonrisa de complacencia lenta y sensual se dibujó en sus labios dibujados con carmín.
Saber que la corte entera atribuía la devoción de Dante a su poder mágico solo inflaba su orgullo de bruja y alimentaba su sentido de dominio. En lugar de sentir vergüenza, le fascinaba saber que todos en el reino temían su supuesta magia y respetaban la autoridad que ejercía sobre el temible soberano de Aethelgard.
—Deja que murmuren, Nora —respondió la reina, acomodándose el escote del vestido de seda esmeralda que Dante le había pedido personalmente que luciera esa mañana—. Que piensen que lo tengo hechizado. La envidia de las serpientes no le quita el veneno al león... y Dante es solo mío, le pese a quien le pese en esta corte.
En ese momento, las puertas de la cámara se abrieron. Dante ingresó luciendo sus ropajes de Estado, con la capa bordada en plata arrastrándose con majestad sobre las losas de piedra. Su mirada ignoró por completo a las sirvientas, que hicieron una apresurada reverencia antes de retirarse a toda prisa.
El rey caminó directamente hacia Jasmín, la levantó de la silla por la cintura antes de que pudiera pronunciar palabra y la sentó sobre el borde del tocador, separando sus piernas con la fluidez de un amante que ya no conocía límites de pudor ni horario.
—Te escuché sonreír desde el pasillo —murmuró Dante con voz grave y baja, pegando sus labios al espacio ardiente entre su cuello y su hombro—. ¿En qué piensa mi reina para tener esa mirada tan devoradora tan temprano?
—Pensaba en cómo toda la corte cree que soy una bruja peligrosa que ha envenenado tu mente, mi Rey —provocó ella, pasándole las uñas por la nuca con lentitud calculada, disfrutando de la rigidez inmediata que la palabra "envenenado" provocó en el torso del monarca.
—Si eres una bruja, entonces soy el más dichoso de los condenados —respondió Dante antes de capturar sus labios con una voracidad que le arrancó un gemido sordo. La arrastró contra su pecho en medio del tocador, demostrando una vez más que los murmullos del reino le importaban un bledo en comparación con el fuego que lo consumía por ella.