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La Vida Que Nos Falta

La Vida Que Nos Falta

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor prohibido
Popularitas:698
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.

Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.

Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.

Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.

Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.

Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.

A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Todavía no hace falta

La oficina llamó.

Victoria estaba en casa de Mateo cuando vio el número.

Se levantó de la cama y salió al pasillo para contestar.

Mateo siguió ayudando a su papá con sus cosas.

Cuando Victoria regresó, tenía una sonrisa que intentaba contener.

—Me lo dieron.

Mateo dejó de escribir.

—¿El trabajo?

-Si.

—¿En serio?

Victoria.

—Empiezo el lunes.

Mateo sonrió también.

—Felicidades.

Ella se acercó y lo abrazó.

Durante unos segundos fue exactamente la reacción que esperaba.

Después Mateo preguntó:

— ¿Te confirmaron el horario?

-Si.

—¿El mismo?

-Si.

—¿Y el sábado?

Victoria se separó.

—También.

Mateo se mantuvo despacio.

No dijo nada más.

• • •

Esa noche salió a comer con la familia de Mateo.

La mamá de él felicitó a Victoria.

Su hermana empezó a preguntarle qué ropa pensaba usar.

Todo parecía una celebración.

Mateo estuvo tranquilo.

Fue después, cuando caminaban hacia la parada, que volvió al tema.

—¿Ya hiciste cuentas?

—¿De qué?

—De lo que vas a gastar yendo y viniendo.

Victoria lo miró.

—Más o menos.

—Son dos buses para llegar.

—Uno y medio.

Mateo se río.

—No existe medio bus.

—Me entendiste.

—Pasajes, comida, alguna vez taxi si salís tarde...

Mateo hizo una cuenta rápida en voz alta.

—Y todo eso lo puedo cubrir yo mientras encontrás algo mejor. Guardá la plata que te dan tus papás.

—Mateo.

—No te estoy diciendo que no vas.

Victoria guardó silencio.

—Solo me parece que por lo que pagan, te vas a matar seis días para ahorrar poquísimo.

Victoria sabía que parte era verdad.

Había hecho las mismas cuentas.

Aun así, algo de la conversación le incomodó.

—Por algún lado tengo que empezar.

-Si. Pero no tiene que ser ese lugar.

Llegó el autobús.

Subieron.

El tema quedó ahí.

Por un rato.

• • •

Al día siguiente Mateo volvió a mencionarlo.

No como reclamo.

Como pregunta.

—¿Y cuándo vas a estudiar para volver?

Victoria estaba revisando unos documentos.

—Todavía falta.

—Pero dijiste que ibas a aprovechar este tiempo para prepararte.

—También dije que quería ahorrar.

—Podés ahorrar sin agarrar algo tan malo.

Victoria levantó la cabeza.

—¿Cómo?

Mateo señaló la computadora.

—Tus papás ya se encargan de la matrícula y las materias. Para lo demás estoy yo. Pasajes, desayunos, copias... no tenés que agarrar cualquier cosa por eso.

Victoria lo miró.

—No quiero que me mantengás.

—No te estoy manteniendo. Te estoy ayudando.

Mateo sonrió.

—Y si guardas lo que te dan en tu casa, juntamos para salir, hacer algo bonito o para cuando de verdad lo ocupas.

—No quiero acostumbrarme a que pagués todo por mí.

—No te estoy pidiendo eso.

—Suena parecido.

Mateo suspiró.

—Vic, solo digo que no hace falta correr.

No hace falta.

Era una frase que ya había escuchado antes.

Cuando quería buscar trabajo mientras estudiaba.

Cuando habló de hacer unas horas los fines de semana.

Ahora que no estaba en la universidad, volvió a aparecer.

Victoria dejó los papeles sobre la mesa.

—Entonces, ¿cuándo hace falta?

Mateo pareció sorprendido.

—¿Qué?

—Trabajar.

—Cuando encontré algo que valga la pena.

—¿Y quién decide eso?

Hubo un silencio pequeño.

Mateo la miró.

—Vos.

La respuesta llegó rápido.

Correcta.

Victoria bajó la vista.

—Bueno.

• • •

El domingo, su mamá le preguntó por el trabajo.

Victoria estaba doblando ropa.

—No sé si voy a entrar.

—¿Qué pasó?

—El horario es pesado.

—Eso ya lo sabías.

Victoria siguió doblando.

-Si.

—¿No te gustó?

—Sí me gustó.

Su madre esperó.

Victoria terminó admitiendo:

—Mateo dice que por lo que pagan no vale mucho la pena.

Su madre no respondió seguidamente.

—¿Y vos qué decís?

Victoria se encogió de hombros.

-Nariz.

—Es tu trabajo.

—Ya sé.

—Entonces haz tus cuentas vos.

Victoria sintió una molestia absurda.

—Eso estoy haciendo.

Su madre no discutió.

Solo siguió acomodando ropa.

• • •

El lunes llegó.

Victoria tenía que presentarse a las ocho.

A las seis y media estaba despierta.

Vestida.

Con el bolso listo.

Se quedó sentada en la cama.

Miró la hora.

Pensó en los seis días.

En los autobuses.

En el salario.

En todo lo que Mateo había dicho.

A las siete llamó a la oficina.

Dijo que había surgido un problema personal y que no podría aceptar.

La mujer al otro lado parecía decepcionada.

Victoria también.

Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono.

Mateo escribió poco después.

¿Ya saliste?

Victoria respondió:

No voy a entrar.

La respuesta tardó menos de un minuto.

¿Estás bien?

Si.

¿Quieres venir?

Victoria miró el bolso preparado.

Después escribió:

Si.

• • •

Pasó la mañana en casa de Mateo.

Él avanzó con unos documentos.

Victoria revisó otros anuncios.

A media mañana Victoria le ayudó a corregir un documento que su papá le había pedido revisar.

Después de preparar unos archivos.

Mateo le compró almuerzo.

También pagó los pasajes de regreso.

Cuando Victoria sacó dinero, él le cerró la mano con suavidad.

—Guardalo.

—Mateo...

—En serio. Deja que te ayude.

Dicho así, parecía un gesto bonito. El novio que podía resolver pequeñas cosas mientras ella se acomodaba.

—Gracias por ayudarme —dijo.

— Deberías pagarme.

—Te pagué comida.

—Explotador.

Se rieron.

La tarde pasó rápido.

Cuando Victoria regresó a casa, todavía llevaba el currículum en el bolso.

No había dejado de querer trabajar.

Eso se dijo.

Solo estaba esperando algo mejor.

Una oportunidad con un horario más conveniente.

Más cerca.

Mejor pagada.

Algo que realmente valiera la pena.

Durante las semanas siguientes seguí buscando.

Pero cada anuncio parecía tener algún problema.

Muy lejos.

Muy tarde.

Muy poco dinero.

Demasiados días.

A veces era Victoria quien lo veía.

Otras veces Mateo se lo señalaba.

Poco a poco, dejó de enviar tantos currículums.

No lo decidió.

Simplemente ocurrió.

Y mientras esperaba aquel trabajo mejor, empezó a pasar cada vez más tiempo en la casa de Mateo.

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