Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 29 EL REGALO Y EL PERDÓN
Cuando el sol empezó a asomar por las ventanas, Maya y Dante seguían en la biblioteca. Él seguía en el sillón, ella seguía en su regazo, con la cabeza apoyada en su hombro y los ojos cerrados.
—Deberíamos dormir —murmuró Dante.
—Deberíamos —respondió Maya, sin moverse.
—¿Subimos?
—En un minuto.
Ese minuto se convirtió en diez. Los diez en veinte. Pero ninguno de los dos se quejó.
Finalmente, Maya se incorporó, estiró los brazos y bostezó.
—Vamos —dijo, tendiéndole la mano.
Dante la tomó. Se levantaron juntos, subieron las escaleras juntos, se detuvieron frente a la puerta de la habitación de Maya juntos.
—Buenas noches —dijo él.
—Buenos días —corrigió ella.
Dante sonrió. Esa sonrisa pequeña, tímida, que Maya estaba aprendiendo a reconocer.
—Buenos días, Maya.
—Buenos días, Dante.
Se quedaron mirándose un momento. Luego, Maya se puso de puntillas y lo besó en la mejilla. Un beso rápido, suave, que prometía más.
—Hasta luego —dijo, y entró en su habitación.
Dante se quedó en el pasillo, con la mano en la mejilla donde Maya lo había besado, sintiendo cómo la piel le ardía.
—Hasta luego —respondió, aunque ella ya no podía oírlo.
Subió a su propia habitación. No durmió. Pero por primera vez en años, no necesitó beber para conciliar el sueño.
Cerró los ojos, y en la oscuridad, vio el rostro de Maya. Y sonrió.
*_*
Los días siguientes a aquella noche en la biblioteca fueron extraños y maravillosos. Maya y Dante se movían por la mansión como dos planetas que habían descubierto una órbita compartida: se buscaban sin buscarse, se miraban sin mirarse, se encontraban en los pasillos y sostenían la mirada un segundo más de lo necesario.
Alessandro lo notó, por supuesto. No era ciego. Una mañana, mientras desayunaban los tres en el comedor, el padre de Maya dejó el periódico sobre la mesa y los miró a ambos con una expresión que mezclaba exasperación y algo parecido a la resignación.
—¿Van a seguir mirándose así toda la vida? —preguntó, con la voz seca—. Porque si es así, prefiero comer en mi habitación.
Maya sintió que las mejillas se le encendían.
—No nos estamos mirando, papá.
—Claro que no. Y yo soy el Papa.
Dante, imperturbable, tomó un sorbo de café y respondió con una tranquilidad que bordeaba lo insolente:
—Señor Velini, si le molesta nuestra compañía, podemos comer en la cocina.
—No me molesta su compañía —gruñó Alessandro—. Me molesta tener que presenciar este… este… noviazgo de adolescentes. Ustedes están casados, por Dios. Compartan habitación de una vez y dejen de andarse con rodeos.
Maya casi se atragantó con el jugo de naranja.
—¡Papá!
—¿Qué? Digo lo que todos piensan.
Dante, por su parte, esbozó esa sonrisa pequeña y afilada que Maya estaba aprendiendo a reconocer.
—Su padre tiene un punto —dijo, mirándola por encima del borde de la taza—. No es saludable tanta tensión contenida.
Maya lo fulminó con la mirada.
—Tú te callas.
—Como ordene, señora.
Alessandro bufó, pero había una chispa de diversión en sus ojos. Por primera vez en semanas, el ambiente en la mansión no era de guerra. Era casi… familiar.
*_*
Esa tarde, Maya estaba en la biblioteca hojeando un libro de arte cuando Dante entró con un sobre de papel grueso en la mano. No era un sobre cualquiera. Era de esos que usan las galerías y los marchantes para enviar documentos importantes, con una solapa de cuerda y el membrete de un estudio jurídico.
—Esto es para ti —dijo, dejándolo sobre la mesa frente a ella.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Maya lo miró con desconfianza. Los sobres de los abogados nunca traían buenas noticias. Eso lo había aprendido en los últimos meses.
—Si es otro contrato, te juro que…
—No es un contrato —la interrumpió Dante, sentándose en el sillón de enfrente—. Ábrelo.
Maya rompió el sobre con manos temblorosas. Dentro había un documento de varias páginas, con sellos oficiales y firmas al pie. Leyó las primeras líneas una vez. Las volvió a leer. Levantó la vista hacia Dante con los ojos muy abiertos.
—¿Es una escritura? ¿De un local?
—Sí. En el barrio norte. Calle de las Artes, la que está llena de galerías y talleres. Un local en la planta baja, con vitrina a la calle. Dos pisos arriba para vivir, si quieres. Pero yo pensaba más bien en la galería.
Maya sintió que el corazón se le paraba.
—¿La galería?
—Tu galería. La que me contaste aquella noche. La de los artistas locales que nadie conocía. El espacio pequeño, íntimo, donde mostrar lo que nadie se atreve a mostrar. Ese local… es eso.
Maya miró el documento otra vez. Y otra. Las palabras bailaban ante sus ojos, pero el significado era claro: Dante Carusso, su esposo, el mafioso, el hombre de las manos manchadas de sangre, acababa de comprarle un local para que cumpliera su sueño.
—No puedo aceptar esto —dijo, con la voz rota.
—Claro que puedes.
—Es demasiado. No te debo…
—No me debes nada —la interrumpió Dante, con una firmeza que no admitía réplica—. Esto no es un pago. No es un favor. Es un regalo. Y los regalos no se devuelven.
—Pero…
—Maya —Dante se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, mirándola con una intensidad que le cortaba la respiración—. Tú pasaste meses sin nada. Perdiste tu casa, tu fortuna, tu futuro. Perdiste a tus amigos, a tu reputación, a tu familia (excepto tu padre y tu madre, y casi los pierdes también). En todo ese tiempo, lo único que no perdiste fue tu sueño. Seguiste pensando en la galería. Seguiste imaginando ese espacio. Me lo contaste con los ojos brillando, y yo supe en ese momento que tenía que ayudarte a hacerlo real. No porque te deba algo. Porque te quiero. Y la gente que se quiere ayuda a que los sueños del otro se cumplan. ¿O no?
Maya no pudo responder. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, cálidas y liberadoras. Dejó el documento sobre la mesa, se levantó, y antes de que Dante pudiera reaccionar, se sentó en su regazo y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—Gracias —susurró, con la cara enterrada en su cuello—. Gracias, gracias, gracias.
La descargué y la lei en el tiempo que duró el tiempo sin luz
Gracias