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Renací para amar al hombre que destruí

Renací para amar al hombre que destruí

Status: En proceso
Genre:CEO / Mujer poderosa / Amante arrepentido / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:9.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

De vuelta en la residencia Montenegro, Ángela contempló con atención la casa.

En su vida anterior había vivido allí durante un año entero, pero jamás se había detenido a conocerla de verdad.

Recordó el invernadero de cristal detrás de la propiedad. Gael había plantado personalmente cada uno de los rosales, todos de variedades difíciles de conseguir. Ángela nunca se había molestado en visitarlo.

Entró y quedó enamorada del lugar al instante. Aun así, los ojos se le humedecieron.

¿Cuánto le habría dolido a Gael cuidar aquellas flores? Un hombre acostumbrado a tener el mundo a sus pies había dedicado tanto tiempo y esfuerzo a ella, sin recibir jamás una respuesta.

Ángela pidió al equipo de seguridad que instalara un columpio para dos y un diván acolchado dentro del invernadero.

En adelante aprovecharía ese espacio. Gael podría trabajar allí mientras ella le hacía compañía desde el columpio. También podrían sentarse juntos, tomar algo por la tarde y conversar.

Durante toda la semana, Ángela pasó un rato diario entre las rosas.

Una tarde se sentó con la laptop sobre las piernas y tecleó a toda velocidad. Al terminar, cerró el equipo y una sonrisa enigmática apareció en sus labios.

En la vida anterior, Fabián había utilizado la información que ella le proporcionó para arrebatarle a Gael el proyecto de desarrollo en Santa Fe. Ese contrato permitió que el Grupo Segovia se consolidara en Ciudad de México.

Esta vez, Ángela haría que Fabián lo perdiera todo.

La vibración del celular interrumpió sus pensamientos.

—Llego en media hora. Arréglate. Esta noche cenaremos con tu familia —dijo Gael.

Cuando terminó la llamada, él permaneció mirando la foto que tenía en la pantalla. Ángela aparecía agachada entre las rosas, con una sonrisa luminosa y una ternura poco habitual en sus ojos.

Durante esa semana había recibido mensajes suyos todos los días. A veces eran fotografías; otras, apenas unas cuantas palabras.

Gael percibía el cambio, pero nunca respondía.

Tenía miedo.

Era como si el cielo hubiera dejado caer frente a él aquello que más deseaba y, en vez de tomarlo, temiera descubrir que no era real.

La noticia de su regreso llenó de alegría a Ángela. Hasta sus pasos se volvieron más ligeros cuando fue a cambiarse.

Eligió un vestido verde sin mangas, ceñido en la cintura, y unas zapatillas plateadas. El conjunto resaltaba su figura y le daba una belleza seductora.

Gael hablaba por teléfono cuando ella subió al auto. Se quedó inmóvil un segundo.

Él le había regalado aquel vestido. Creyó que Ángela habría tirado toda la ropa que venía de sus manos.

Una alegría inmensa se encendió en su mirada y terminó la llamada de inmediato.

Ninguno dijo nada durante el trayecto, aunque los ojos de Gael no se apartaron de ella.

El conductor frenó de golpe. Por instinto, Gael rodeó a Ángela con un brazo y la atrajo contra su pecho.

Se inclinó hacia su oído.

—Ángela, estoy muy contento. Te ves preciosa.

Un estremecimiento le recorrió la oreja y el rubor se extendió por su rostro.

¿Cómo podía coquetear con tanta naturalidad? Si continuaba así, ella no iba a resistirlo.

En cuanto el auto se detuvo, Ángela murmuró que habían llegado, se liberó de sus brazos y apresuró el paso hacia la casa.

Gael siguió con la mirada su silueta.

¿Estaba comenzando a aceptarlo?

Su expresión permaneció tranquila, pero por dentro se levantó una tempestad.

Se acomodó el saco y fue tras ella. Ángela se había detenido en la entrada. Gael estuvo a punto de preguntarle qué ocurría cuando vio a Fabián Segovia sentado en la sala.

Toda calidez desapareció de su rostro.

Sus ojos helados recorrieron a los presentes y acabaron clavándose en Ángela.

Ella tampoco esperaba encontrar a Fabián allí y se quedó paralizada. Para Gael, aquella vacilación fue una herida.

¿Ángela sabía que ese hombre vendría? ¿Cuánto de su entusiasmo durante el trayecto había sido realmente por él?

Gael cerró el puño.

Ángela notó su tensión y envolvió aquella mano con la suya.

—Gael, yo no sabía que estaría aquí —explicó con un tono suave, casi suplicante.

Él no respondió. Entró con pasos largos.

Ángela corrió tras él y volvió a tomarlo de la mano.

—Tenemos mucho tiempo por delante. Confía en mí esta vez, ¿sí?

Gael estudió su rostro buscando alguna grieta en la actuación, pero solo encontró nervios y desconcierto. Apartó la vista y soltó un escueto:

—Está bien.

Fabián se puso de pie. No parecía haber previsto que Gael acompañaría a Ángela. Cada vez que se cruzaba con su mirada, sentía que una bestia lo había elegido como presa.

Verlos tomados de la mano le resultó irritante.

—Ángela, señor Montenegro, ya llegaron.

Ambos lo ignoraron.

Ángela concentró toda su atención en Gael. Apenas comenzaba a reparar su relación; no permitiría que un miserable como Fabián la destruyera.

Se pegó a su brazo e intentó consentirlo, pero Gael, sin alterar la expresión, marcó distancia entre los dos.

Fabián apretó los dientes. Quería arrancarla de su lado.

¿Cómo se atrevía Ángela? ¿No se suponía que estaba enamorada de él?

Selene observaba la escena con una sonrisa apenas visible. La situación era incluso más interesante de lo que había imaginado. Por fin aquellos dos hombres descubrirían el verdadero rostro de Ángela.

Adoptó una expresión inocente.

—Hermana, yo... no sabía que el señor Montenegro vendría contigo y por eso invité directamente a Fabián. Bueno, no, yo...

Se cubrió la boca, como si acabara de revelar algo por accidente.

Ángela comprendió al fin por qué Fabián estaba allí.

En ese breve instante, la presión que emanaba de Gael se volvió todavía más fría. Ángela interrumpió a Selene.

—Que tú hayas invitado a Fabián no tiene nada que ver conmigo. Entre él y yo no existe ninguna relación. El hombre con quien estoy ahora es Gael y, en adelante, no habrá nadie más.

Todas las miradas se volvieron hacia ella.

Selene abrió mucho los ojos.

Fabián, en cambio, endureció el rostro.

—Ángela, ¿no fuiste tú quien dijo que me extrañaba?

La sala quedó en un silencio sepulcral.

La oscuridad que había comenzado a retirarse de los ojos de Gael regresó con más fuerza.

No debía haber esperado nada de ella.

Ángela continuaba intentando engañarlo. ¿Creía que era un imbécil? Quizá se apresuraba a negar la relación únicamente para impedir que él le hiciera daño a Fabián.

El espectáculo había terminado.

Gael tomó a Ángela de la muñeca y la arrastró hacia la salida.

Todos los pensamientos oscuros que había contenido volvieron a despertar.

Ángela nunca debió salir de Lomas de Chapultepec. Debía permanecer encerrada en la residencia como un ave preciosa, alimentada y protegida por él.

Su mundo no debía contener a ningún otro hombre.

Los dedos de Gael le lastimaban la muñeca. Ángela sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Gael, me haces daño. Yo nunca dije que lo extrañara.

Él no consiguió escucharla. Una voz se repetía dentro de su cabeza: Ángela no lo amaba. Ángela iba a abandonarlo.

Quedaron frente a frente en la entrada hasta que don Octavio apareció en la sala.

—¡Muchacho Montenegro! ¿Qué estás haciendo?

Gael parecía un animal enfurecido. Todavía tenía los ojos enrojecidos cuando se volvió hacia el anciano.

—Don Octavio, yo...

Ángela se interpuso antes de que pudiera continuar.

—Abuelo, surgió un problema urgente en la empresa de Gael. Tenemos que irnos. Volveremos a visitarte otro día.

Movió discretamente la muñeca atrapada entre sus dedos para pedirle que siguiera su versión.

Don Octavio no le hizo caso.

—Tú habla, Gael.

Él inclinó ligeramente la cabeza. Su voz salió ronca por el esfuerzo de contenerse.

—Disculpe, don Octavio. En verdad hay un asunto que debo resolver.

El anciano miró a los dos jóvenes y después a Selene y Fabián. Comprendió de inmediato.

—Vayan. Cuando terminen, regresen a cenar. Y tú, Gael, no olvides lo que me prometiste.

El cuerpo de Gael se tensó. Se despidió y sacó a Ángela de la casa.

Don Octavio recuperó entonces su sonrisa cordial.

—Tú no te vayas también, Fabián. Ya viste que la joven pareja tuvo que atender un asunto.

—Don Octavio, Ángela y el señor Montenegro todavía no son una pareja, ¿verdad?

Los celos se filtraron en su voz sin que él mismo lo advirtiera.

—Ay, esta memoria mía...

Fabián apenas alcanzó a sentir alivio antes de que el anciano continuara:

—Están comprometidos desde niños. Yo no quería apresurar a mi nieta, así que les di tiempo para conocerse. En cuanto su relación sea estable, podrán casarse.

Un zumbido llenó los oídos de Fabián.

Si Ángela ya estaba comprometida, ¿qué sería de sus planes? Necesitaba vincularse con ella para obtener el respaldo del Grupo Sarmiento. Y, por lo que acababa de ver, Ángela no era indiferente a Gael.

No podía permitirlo.

Don Octavio observó los cambios en su expresión y entrecerró los ojos. A aquel joven le faltaba control.

Lo invitó a comer y después dejó que Selene lo atendiera mientras él regresaba al despacho.

Gael avanzó hacia el auto con grandes zancadas. Ángela tuvo que correr tras él. Ya no estaba acostumbrada a usar tacones y tropezó.

Antes de que tocara el suelo, Gael se volvió y la sostuvo. Aprovechó el movimiento para cargarla entre sus brazos.

Había mandado al chofer de regreso al llegar, así que colocó a Ángela en el asiento del copiloto y se puso al volante. Pisó el acelerador con violencia.

El recuerdo de la muerte de Gael en el accidente golpeó a Ángela. Palideció y tomó su mano.

—Gael, baja la velocidad. Tengo miedo.

Miedo de que volviera a sucederte algo.

Gael vio su rostro y redujo un poco la velocidad, aunque continuó conduciendo demasiado rápido. Un trayecto de una hora quedó reducido a veinte minutos.

Al llegar, ninguno bajó del vehículo.

Ángela intentó explicarse varias veces. Cada vez que miraba la expresión de Gael, las palabras morían en su garganta.

Él tamborileó los dedos sobre el volante. De pronto abrió la puerta, rodeó el auto y se la echó al hombro. La llevó así hasta la recámara principal.

Sin la ternura de otras ocasiones, la arrojó sobre la cama, retrocedió y se sentó en el sofá. Encendió un cigarro.

—¡Habla, Ángela! —ordenó con una voz baja y cortante.

—Yo no lo invité. Tampoco le dije que lo extrañaba. Quiero estar bien contigo.

Ángela extendió una mano hacia él.

Gael soltó una risa amarga.

—¿Ya terminaste de actuar? ¿Quieres estar conmigo o quieres obedecerlo, meterte en mi cama y sacarme información?

Ángela lo miró de golpe.

—¿Cómo lo sabes? ¿Me estabas vigilando?

—¿Vigilarte? ¿Para contemplar cómo se declaran amor bajo mi propio techo?

La hostilidad saturaba cada palabra.

—¿Quieres intentarlo, Ángela? Si consigues complacerme en la cama, quizá me apiade de él.

Gael aplastó el cigarro, avanzó y la acorraló contra una esquina del colchón. Cuando se inclinó para besarla, Ángela le dio una bofetada sin vacilar.

No podía creer que aquel hombre fuera el mismo Gael que, en su vida anterior, la había amado hasta los huesos.

Él se pasó la lengua por la comisura ensangrentada. Parecía un demonio dominado por la furia.

—¿Estás guardándote para Fabián? Qué leal eres.

Salió y cerró la puerta de un golpe.

No se alejó.

Gael se apoyó contra la madera, derrotado. Nunca quiso mostrarle esa parte violenta de sí mismo, pero la idea de que el corazón de Ángela perteneciera a otro lo volvía irracional.

¿Qué clase de monstruosidad acababa de decirle?

Quería entrar y disculparse. No lo hizo porque temía que ella no soportara verlo.

Ángela contempló la mano con la que lo había golpeado y se hizo un ovillo. Un temblor le recorría el cuerpo.

¿Por qué lo había abofeteado?

Solo quería explicarle la verdad.

La culpa y el dolor terminaron por agotarla hasta que cayó en un sueño inquieto.

A la mañana siguiente, Gael no apareció en el comedor. Ángela llamó a Luna, la guardaespaldas que él le había asignado, y preguntó por su paradero.

Recordaba que, después de su accidente en la vida anterior, Gael había enviado a Luna al extranjero. Nunca volvió a verla.

Luna vaciló antes de responder:

—El señor salió anoche y todavía no regresa.

Ángela asintió sin mostrar emoción. A Luna aquel silencio le pareció más aterrador que cualquiera de sus antiguos berrinches.

Intentó tranquilizarla.

—Señorita Ángela, puedo jurarle que, por muy enojado que esté, el señor Montenegro jamás buscaría a otra mujer.

Ángela pensó que quizá podría obtener de ella alguna pista para reconciliarse con Gael. Se acercó con renovado interés.

—¿Sabes qué cosas le gustan?

—Usted —respondió Luna por reflejo.

Al darse cuenta de lo directa que había sido, cerró la boca.

Ángela insistió hasta que la guardaespaldas, incapaz de resistir más, le confesó la norma que estaba por encima de todas las demás para el equipo privado de Gael:

La prioridad de cada uno de ellos era proteger la existencia de Ángela Sarmiento.

Solo entonces Ángela comprendió la profundidad de aquel amor. Gael la amaba tanto que todas las personas a su servicio tenían la obligación de cuidarla.

¿Qué había hecho ella para merecer semejante devoción?

Sus ganas de hacerlo feliz se volvieron aún más intensas. El problema era que en su vida anterior nunca se había interesado por él y no conocía sus gustos.

Le gustaba ella, sí.

Pero no podía simplemente volver a ofrecérsele. Si lo hacía, tal vez él pensaría que se trataba de otra conspiración.

Después de darle vueltas durante un rato, se le ocurrió una idea.

Corrió a la recámara, rescató una pequeña maleta de un rincón y avanzó con ella hacia la salida.

Luna se apresuró a bloquearle el paso.

—Señorita Ángela, el señor Montenegro ordenó que no salga de la residencia bajo ninguna circunstancia.

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maria fernanda ortega ruiz
maravillosa historia 🥰
Alix Sarmiento
Angela es cautelosa porque crío un cuervo y le saco los ojos
Alix Sarmiento
muy bueno excelente
Alix Sarmiento
que familias tan complicadas
veritoo❤️
falta saber q paso con Nicolás y Leonardo a ver si x fin deja la soltería ..muy bna exelente novela
Alix Sarmiento
👏
Alix Sarmiento
muy buena, pero no sé puede dejar manipular
Flor R
super woooo me super encanta bendiciones autora 🍷
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