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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 6: Una noche juntos… y una huida

La semana después de que Min‑jun tocara por primera vez uno de los Sellos dormidos, pasó cada minuto libre intentando compensar la distancia que se había abierto entre él y Seo‑jun. Notaba esa grieta pequeña pero que crecía cada día: los roces en el pasillo, las respuestas cortas, las veces que su novio ya no le buscaba para sentarse a su lado en el comedor. Min‑jun lo anotaba todo en su cuaderno oculto, con números y porcentajes que solo él entendía, y al final de cada día llegaba a la misma conclusión lógica: **si no actuaba ya, la probabilidad de ruptura superaría el 90 % antes de fin de mes**.

Así que el miércoles, después de clase, armó de valor, se acercó a la taquilla de Seo‑jun y, fingiendo la torpeza que todos esperaban de él, tropezó un poco con su propio pie antes de hablar:

—Oye… eh… ¿quieres venir a mi casa esta tarde? Podemos estudiar juntos para el examen de historia… y mi abuela ha hecho esas galletas de mantequilla que te gustan.

Levantó la vista con una expresión mitad nerviosa mitad ingenua, la misma que siempre usaba para convencer a cualquiera de que no tenía ninguna segunda intención. Dentro, sin embargo, ya había calculado cada variable: estudiar historia le daría mínimo tres horas de tiempo de calidad, las galletas bajarían la guardia de Seo‑jun, la presencia de su abuela en la otra habitación le daría una coartada creíble si sonaba la alarma… y si todo salía bien, podría reducir la tensión acumulada en un 60 % de una sola vez.

Seo‑jun se quedó callado un segundo, mirándolo. Por un momento Min‑jun temió que le dijera que no, que ya tenía entrenamiento, que prefería irse a casa. Pero al final el chico suspiró, cerró la puerta de su taquilla y asintió con una pequeña sonrisa que no llegaba del todo a los ojos.

—Vale. Me parece bien.

El camino hasta la casa de Min‑jun transcurrió en un silencio cómodo pero tenso. Min‑jun hablaba de tonterías, de lo difícil que le parecía el examen, de un gato que había visto por la calle, de cualquier cosa que mantuviera la conversación alejada de desapariciones, excusas y moretones sin explicar. Seo‑jun respondía con monosílabos, escuchando más que hablando, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y la mirada perdida en los edificios que pasaban. Min‑jun anotó mentalmente: *actitud defensiva. Necesita seguridad, no explicaciones. Objetivo: demostrar con hechos, no con palabras, que puedo estar presente**.

Al llegar, la abuela de Min‑jun los recibió con una sonrisa enorme y una bandeja llena de galletas recién horneadas. Era una mujer dulce, de cabello blanco y manos arrugadas, que sabía perfectamente quién era realmente su nieto y por qué desaparecía tantas noches, pero que jamás hablaba de eso delante de nadie. Miró a Seo‑jun con una ternura que hizo que el chico se relajara un poco, y les dijo:

—Dejo las galletas aquí. Si necesitáis algo, gritad. Yo estaré viendo la tele en el salón, no os molesto.

Subieron a la habitación de Min‑jun. Era un espacio pequeño, ordenado en apariencia, con pósters de dibujos animados en las paredes, una mesa llena de libros y cuadernos, y una cama pequeña con sábanas azules. Lo que nadie sabía es que, bajo el colchón, guardaba el cuaderno de estrategias; que en el fondo del armario, dentro de una caja de zapatos vieja, tenía vendas, ungüentos y ropa de repuesto para las misiones; y que el pequeño espejo del escritorio tenía grabado un símbolo de protección invisible a ojos normales.

Se sentaron uno al lado del otro en la cama, con los libros de historia abiertos entre los dos. Al principio fue forzado: Min‑jun fingía que no entendía las fechas, Seo‑jun se lo explicaba despacio, sin mirarlo mucho a los ojos. Pero poco a poco, con las galletas y el calor de la habitación, la tensión se fue disipando. Min‑jun soltó una broma tonta sobre el profesor que siempre se le olvidaba el tizón, y Seo‑jun se rió de verdad, con esa risa baja y cálida que a Min‑jun le parecía la mejor cosa del mundo. En ese momento, por un rato breve y precioso, Min‑jun olvidó los Sellos, olvidó al Tejedor, olvidó los cálculos y los porcentajes. Fue solo un chico normal, sentado al lado del chico que le gustaba, disfrutando de un momento que no tenía nada que ver con salvar a nadie.

En un descuido, sus manos se rozaron al alcanzar el mismo lápiz. Seo‑jun se quedó quieto, mirándolo. Min‑jun sintió que el corazón se le aceleraba, y por una vez no fue por una alarma de peligro. Se inclinó un poquito, sin pensar, sin planearlo, sin calcular nada. Seo‑jun hizo lo mismo. Sus rostros estaban a centímetros, podían sentir el aliento del otro, y por un segundo todo parecía que iba a volver a estar bien.

Y entonces ocurrió.

El brazalete de jade bajo la manga de su sudadera empezó a vibrar. No el aviso suave de otras veces. Era una vibración rápida, fuerte, urgente, la señal roja que Yeo‑wol solo usaba cuando el Santuario o los Sellos corrían peligro inminente. **El Tejedor de Han estaba atacando la entrada oculta del bosque. Si lograba pasar, encontraría el cofre de los siete.**

Min‑jun se tensó todo el cuerpo en una fracción de segundo. Su mente se activó al instante, pasando de la dulzura al modo combate en menos tiempo del que tarda en latir un corazón:

> Alerta máxima. Nivel de amenaza: 9/10. Tiempo estimado para que el villano rompa la primera barrera: 12 minutos. Si llego en menos de 8, puedo reforzar la defensa antes de que entre. Si llego después, riesgo de robo de los Sellos: 73 %. Consecuencia si se roban los dormidos: catástrofe irreversible. No hay opción. Tengo que irme. Ahora.**

Pero tenía que hacerlo sin levantar sospechas. Tenía que ser Choi Min‑jun, el chico despistado, no Jade Blanco el estratega.

Sacó la mano de golpe como si se hubiera quemado, se puso de pie de un salto y empezó a recoger las cosas de forma nerviosa, desordenada, torpe, exactamente como habría hecho el chico que todos creían conocer.

—¡Ay, no, no, no! —murmuró con la voz alterada, fingiendo pánico—. Es mi abuela… la llamaron hace un rato y me dijeron que se había encontrado mal en el supermercado… tengo que ir corriendo a buscarla, no sé qué hacer…

Seo‑jun se había puesto de pie también, con la sorpresa escrita en toda la cara.

—¿Qué? ¿Ahora? ¿Pero acabamos de llegar? ¿Quieres que te acompañe?

—¡No, no hace falta! —se apresuró a decir Min‑jun, cogiendo su chaqueta sin mirarlo a los ojos, temiendo que si lo hacía delataba la mentira—. Tú quédate… puedes seguir estudiando si quieres… o irte a tu casa, como prefieras… yo tengo que correr, perdona, perdona mucho…

Y sin darle tiempo a responder más, salió de la habitación casi corriendo, bajó las escaleras de dos en dos y salió por la puerta principal sin despedirse bien. No vio que Seo‑jun se quedaba de pie en medio de la habitación, con la mano todavía medio levantada como si quisiera detenerlo, mirando cómo se alejaba. No vio la expresión de su rostro: una mezcla de preocupación, decepción y esa vieja duda que volvía una y otra vez: *¿por qué siempre, siempre que estamos bien, tiene que irse corriendo sin explicación?*

En cuanto dobló la esquina y perdió de vista la fachada de su casa, Min‑jun dejó de fingir. La torpeza desapareció, su paso se volvió rápido, preciso, silencioso. Se metió en un callejón estrecho, se tocó el brazalete y pronunció las palabras con la voz firme y clara que solo usaba en las misiones:

—¡Luz de Arirang, despierta!

La luz lo envolvió. Un segundo después, Jade Blanco saltaba por los tejados hacia el Monte Namsan, moviéndose con una agilidad sobrehumana, calculando la ruta más corta, el tiempo exacto que le quedaba, la mejor forma de reforzar las barreras sin gastar demasiada energía. Llegó al bosque en seis minutos y medio, justo a tiempo.

La escena que encontró era de caos controlado. La primera barrera mágica estaba rota en mil pedazos de luz verde. El Tejedor de Han, envuelto en su capa oscura que ocultaba todo su rostro, estaba a punto de romper la segunda. Y frente a él, aguantando el tipo con los puños cerrados y la respiración agitada, estaba **Ámbar Negro**, que había llegado unos minutos antes y lo estaba reteniendo como podía, aunque se notaba que no le bastaba.

—¡Llegas! —gritó Ámbar al verlo, aliviado—. Este tipo es más fuerte de lo normal. No sé cómo ha encontrado la entrada. Si no vienes en dos minutos, pasa.

Jade aterrizó suavemente a su lado, sin perder ni un segundo. Miró la escena, analizó el patrón de los golpes del villano, la forma en que rompía las barreras, la dirección de su energía… y en dos segundos lo tuvo claro.

—No es que sea más fuerte —dijo con calma, ya armando el plan en su cabeza—. Es una distracción. No quiere entrar de verdad. Quiere que nosotros dejemos lo que estemos haciendo y vengamos corriendo aquí. Mientras estamos con él, alguien o algo suyo está buscando algo en otro sitio. Probablemente nuestras casas. Busca objetos personales, restos de nuestra energía, para seguir la pista hasta nuestros rostros.

Ámbar abrió los ojos como platos.

—¿Una trampa? ¡Entonces nos ha jugado!

—Sí. Pero podemos darle la vuelta —respondió Jade, ya moviéndose—. Tú sigues aquí fingiendo que luchas con todas tus fuerzas, pero sin gastar tu energía real. Manténlo entretenido exactamente cuatro minutos más. Yo iré por detrás, reforzaré la barrera oculta que protege el cofre, y luego le pondré un rastro falso que lo lleve hasta un almacén vacío en el puerto. Cuando llegue allí, activaré la trampa de luz que preparé la semana pasada. No lo mataremos, pero lo tendremos ocupado toda la noche y no habrá conseguido nada. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Ámbar sin dudar, como siempre. Había dejado de sorprenderse de que su compañero siempre tuviera un plan, incluso para lo que nadie más veía venir.

Se pusieron en marcha. Todo salió exactamente como Jade lo había calculado, al segundo. Cuatro minutos exactos de pelea fingida, el Tejedor cayó en la trampa del rastro falso, persiguió una luz que parecía la energía de los Sellos hasta el puerto, y cuando se dio cuenta de que había sido engañado, la trampa se cerró a su alrededor, manteniéndolo atrapado en un campo de fuerza durante horas. Cuando por fin logró salir, ya era de madrugada y ya no le servía de nada seguir intentándolo. Se marchó enfurecido, jurando que la próxima vez no caería.

Cuando todo terminó, Jade y Ámbar se quedaron un momento en la cima del monte, mirando las luces de Seúl dormida bajo ellos.

—Otra vez lo has conseguido —dijo Ámbar, pasándose una mano por el casco negro y dorado—. Si no fuera porque te diste cuenta de que era una distracción, ahora mismo tendríamos un problema gordo. ¿Cómo se te ocurren estas cosas siempre antes que nadie?

Jade se encogió de hombros, mirando hacia el barrio donde vivía él, hacia la ventana de su habitación que todavía estaba encendida.

—Solo pienso en lo que yo haría si fuera el malo —respondió en voz baja—. Y actúo en consecuencia.

—Pues tienes una mente retorcida, compañero —rio Ámbar, dándole una palmada amistosa en el hombro—. Pero nos salva la vida. Bueno, me voy. Mañana hay entrenamiento temprano y no quiero llegar hecho un desastre.

—Hasta mañana —dijo Jade.

Se separaron. Min‑jun recuperó su ropa normal en el mismo callejón de siempre y caminó de regreso a casa. Cuando entró en silencio por la puerta, eran casi las doce de la noche. Subió a su habitación y se detuvo en el umbral.

Seo‑jun se había ido. Había dejado los libros ordenados sobre la cama, las galletas que no se habían comido guardadas en un plato, y sobre la mesa, una nota escrita con su letra bonita y clara:

> *Te dejé todo ordenado. Espero que tu abuela esté bien.

> Mañana hablamos.*

> *— Seo‑jun*

No había reproches, no había enfado. Solo esa distancia cortés, esa frialdad que dolía más que cualquier grito. Min‑jun cogió la nota, la leyó tres veces y luego la guardó en el cajón de su mesa, junto a las vendas y los ungüentos. Se sentó en la cama, se pasó las manos por el cabello y suspiró, sintiendo por primera vez que toda su lógica, todos sus planes, todas sus estrategias perfectas no servían de nada para arreglar lo que se estaba rompiendo entre ellos.

Sacó el cuaderno oculto de debajo del colchón, abrió una página nueva y escribió con su letra precisa y ordenada, muy distinta a la que usaba en el colegio:

> **Actualización de estado de relación:**

> • Noche de calidad intentada: ✅

> • Interrupción por misión: ✅

> • Excusa usada: emergencia abuela (coartada válida, pero desgasta credibilidad)

> • Probabilidad de ruptura antes del momento previsto: **87 % → sube a 92 %**

> • Nuevo problema detectado: el Tejedor usará nuestras personas queridas como distracción. Próxima medida: reforzar protecciones mágicas en casa de Seo‑jun sin que él lo note.

> • Dato personal no cuantificable: duele. Mucho.

Cerró el cuaderno, lo escondió de nuevo y se quedó mirando la oscuridad fuera de la ventana. En algún lugar de la ciudad, Seo‑jun estaba también despierto, preguntándose una vez más por qué su novio nunca podía quedarse. Y ninguno de los dos sabía que, apenas unas horas antes, habían estado luchando codo con codo, salvando la ciudad juntos, siendo el equipo más perfecto que jamás hubiera existido… sin tener ni idea de quién era realmente el otro.

La grieta entre ellos ya no era pequeña. Y Min‑jun sabía, con toda la lógica del mundo, que por muy bien que lo hiciera como guardián, por muy Sucesor de los siete Sellos que estuviera destinado a ser… si seguía eligiendo siempre el deber antes que él, muy pronto no quedaría nada que salvar entre los dos.

Pero el Santuario, los Sellos, la ciudad… todo eso no podía esperar.

Así que cerró los ojos, respiró hondo y prometió a la oscuridad, solo para sí mismo:

—Solo un poco más. Aguanta un poco más. Ya encontraré la forma de protegerlos a todos. Incluido tú.

Y afuera, el viento soplaba suave sobre los tejados de Seúl, llevando consigo el eco de una promesa que aún no sabía si podría cumplir.

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**FIN DEL CAPÍTULO 6

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