Helena Duarte siempre creyó que el amor verdadero era ese que acelera el corazón y hace que la vida se vea un poco más hermosa.
Hasta que conoció a Gabriel Ferraz.
Intenso, arrogante, increíblemente guapo de una forma casi molesta… y completamente fuera de su alcance.
Lo que empezó como una noche impulsiva se convirtió en meses de pasión descontrolada. Se hicieron promesas, construyeron sueños… y luego todo se desmoronó.
Cuando Helena descubre que está embarazada, Gabriel desaparece de la peor manera posible: creyendo en una mentira que destruye todo entre ellos.
Abandonada, con el corazón roto y una vida creciendo en su interior, Helena decide empezar de nuevo lejos de él.
Pero el destino tiene un sentido del humor cruel.
Años después, Gabriel conoce la verdad.
Y también descubre que tiene un hijo.
Ahora está dispuesto a hacer lo que sea para recuperar a Helena… aunque ella esté decidida a no dejarlo acercarse nunca más.
Porque algunas heridas no sanan fácilmente.
Y algunas promesas… llegan demasiado tarde.
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Capítulo 11
La posada estaba silenciosa.
Era ese silencio profundo de la madrugada, cuando hasta el viento parecía andar más despacio.
La mayoría de los huéspedes ya dormía.
Las luces del jardín estaban apagadas.
Solo una luminaria débil iluminaba la recepción.
Gabriel estaba sentado en el sofá, mirando el celular.
Pero no estaba realmente leyendo nada.
Su cabeza estaba lejos de allí.
Muy lejos.
Lucas estaba acostado en el otro sofá, casi durmiendo.
—Tío —murmuró—, ¿todavía estás despierto?
—Sí.
—Estás loco.
Gabriel soltó una pequeña risa.
—Tal vez.
Lucas abrió un ojo.
—Sabes que no tienes que quedarte aquí, ¿verdad?
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás?
Gabriel miró el carrito detrás del mostrador.
Miguel todavía dormía.
—Porque dije que me quedaría.
Lucas suspiró.
—Helena te hará trabajar como un condenado.
—Lo sé.
—Y probablemente todavía no confía en ti.
—Lo sé.
Lucas se giró hacia el otro lado.
—Buena suerte entonces.
Algunos minutos después, ya estaba durmiendo.
Gabriel continuó allí.
Pensando.
Pensando en todo lo que había perdido.
Pensando en todo lo que podría haber sido diferente.
Y entonces…
Miguel comenzó a llorar.
Un llanto bajo al principio.
Después más alto.
Gabriel se levantó inmediatamente.
—Ey… calma…
Miró alrededor.
—¿Helena?
Ninguna respuesta.
Se acercó al carrito.
Miguel estaba despierto.
El rostro rojo.
Las manitas agitadas.
—Ey… pequeño…
Gabriel tomó al bebé en brazos con cuidado.
—Todo está bien.
Miguel continuó llorando.
Gabriel intentó balancearlo un poco.
—Shhh… calma…
Nada.
El llanto continuaba.
—Carajo… —murmuró bajito.
—¿Qué hago ahora?
Comenzó a caminar por la recepción.
Intentando calmar al bebé.
—Todo está bien… todo está bien…
Miguel lloraba aún más alto.
Lucas abrió un ojo.
—Tío…
—¿Qué pasa?
—Lo estás sosteniendo mal.
—¿Cómo que mal?
Lucas se levantó despacio.
—Apoya mejor su cabeza.
Gabriel ajustó al bebé.
Miguel lloró un poco más.
Después comenzó a disminuir.
Lucas bostezó.
—A los bebés les gusta el movimiento.
Gabriel continuó caminando despacio por la recepción.
Balanceando al bebé con cuidado.
—¿Así?
—Así.
Miguel soltó un pequeño refunfuño.
El llanto disminuyendo poco a poco.
Hasta convertirse solo en pequeños sollozos.
Gabriel lo miró.
—¿Ves?
Miguel sujetó su dedo.
Con fuerza.
Gabriel sintió el pecho oprimirse.
—Eres pequeño a rabiar.
Lucas soltó una risa.
—No digas eso cerca de su madre.
Miguel finalmente se calmó.
La cabeza apoyada en el pecho de Gabriel.
Respirando despacio.
—¿Se… durmió?
Lucas miró.
—Parece que sí.
Gabriel se quedó quieto.
Con miedo de moverse.
—¿Y ahora?
Lucas apuntó hacia el carrito.
—Ahora lo pones de vuelta.
Gabriel intentó.
Pero tan pronto como bajó al bebé…
Miguel comenzó a quejarse de nuevo.
—Ah, no…
Lucas suspiró.
—Felicitaciones.
—¿Por qué?
—Ahora quiere que lo abraces.
Gabriel miró al bebé.
—¿En serio?
Miguel respondió agarrando su camisa.
Lucas rió.
—Sí… en serio.
Gabriel miró el carrito.
Después al bebé.
Y entonces se sentó en el sofá nuevamente.
Miguel inmediatamente se acomodó en su pecho.
Tranquilo.
Lucas observó la escena.
—Helena va a flipar cuando vea esto.
Gabriel sonrió.
—¿Por qué?
—Porque su hijo te eligió de almohada humana.
Miguel soltó un pequeño suspiro.
Completamente relajado.
Gabriel miró su carita.
Y sintió algo extraño.
Algo cálido.
Algo nuevo.
Tal vez aquello fuera el comienzo de algo que nunca había experimentado antes.
Responsabilidad.
O tal vez…
Amor.
Algunos minutos después, Helena apareció en lo alto de la escalera.
Con el cabello revuelto.
Claramente cansada.
—Escuché a Miguel llorar…
Se detuvo a mitad de la frase.
Porque vio la escena.
Gabriel sentado en el sofá.
Con el bebé durmiendo en su pecho.
Lucas levantó las manos.
—No fui yo.
Helena bajó las escaleras despacio.
Observando a los dos.
Gabriel parecía con miedo de moverse.
—Se despertó —dijo él bajo.
—Intenté calmarlo.
Helena se acercó más.
Miguel dormía profundamente.
Con la manita agarrada a la camisa de Gabriel.
Ella suspiró.
—Él hace eso.
—¿Qué?
—Elige a alguien para dormir abrazado.
Gabriel sonrió levemente.
—Parece que fui elegido.
Helena cruzó los brazos.
Pero había algo diferente en su expresión ahora.
Algo más suave.
Menos duro.
—No te acostumbres.
Gabriel levantó una ceja.
—¿Por qué?
Helena respondió calmadamente:
—Porque todavía tienes mucho que probar.
Pero aun diciendo eso…
No quitó a Miguel de sus brazos.
Y por primera vez desde que volvió a esa posada…
Gabriel tuvo la sensación de que tal vez estaba dando el primer paso para recuperar lo que había perdido.
Helena se quedó algunos segundos observando la escena.
Gabriel sentado en el sofá.
Miguel completamente acurrucado en su pecho.
La manita pequeña todavía agarrada a su camisa como si fuera la cosa más natural del mundo.
Aquello era extraño.
Muy extraño.
Porque durante seis meses enteros Helena había sido la única persona que conseguía calmar a Miguel de ese modo.
Y ahora…
El bebé parecía perfectamente cómodo en los brazos de Gabriel.
Lucas estaba apoyado en la pared, asistiendo a todo con una sonrisa divertida.
—Juro que no le enseñé nada —dijo.
Helena ignoró el comentario.
Se acercó un poco más.
—Él siempre se despierta a esa hora.
Gabriel habló bajo, casi susurrando para no despertar al bebé.
—Pensé que había hecho algo mal.
—No.
Ella observó a su hijo nuevamente.
—Simplemente no le gusta dormir solo a veces.
Gabriel miró al bebé.
Después a Helena.
—¿Haces esto todas las noches?
Helena se encogió de hombros.
—Algunas.
—Debe ser agotador.
Ella soltó una pequeña risa.
—No tienes idea.
Gabriel se quedó en silencio por un momento.
Entonces dijo:
—Puedo ayudar.
Helena arqueó una ceja.
—Acabas de llegar.
—Lo sé.
—¿Y ya te estás ofreciendo para cuidar bebés de madrugada?
Lucas rió.
—Tío, piénsalo bien antes de responder.
Gabriel ignoró.
—Hablé en serio.
Helena se quedó algunos segundos mirándolo.
Intentando entender si aquello era solo culpa… o algo más.
—Vamos a ver cuánto dura esa animación.
Miguel se movió un poco en el pecho de Gabriel.
Soltó un pequeño suspiro.
Helena observó aquello.
Y, contra su propia voluntad, sintió algo extraño dentro del pecho.
Porque aquella escena…
Parecía correcta.
Lucas se desperezó.
—Bueno… me voy a dormir.
Apuntó a Gabriel.
—Buena suerte con el bebé.
Gabriel respondió seco:
—Vete a dormir ya.
Lucas rió mientras subía las escaleras.
Helena continuó allí.
—Puedes ponerlo en el carrito ahora.
Gabriel intentó.
Pero tan pronto como comenzó a bajar a Miguel…
El bebé reclamó inmediatamente.
—Ah, no…
Helena suspiró.
—Te avisé.
Gabriel volvió a sujetar al bebé contra su pecho.
Miguel se calmó de nuevo.
—Él es listo.
Helena rió.
—Mucho.
Pensó por un momento.
Después dijo:
—Puedes sentarte allí.
Gabriel ya estaba sentado.
—No te muevas mucho.
—Puedes dejarlo.
Helena fue hasta la pequeña cocina de la posada.
Algunos minutos después volvió con dos tazas.
—Café.
Gabriel aceptó.
—Gracias.
Se quedaron en silencio por algunos instantes.
La única cosa que se oía era la respiración tranquila de Miguel.
Helena observaba a los dos.
Y algo dentro de ella comenzó a ablandarse.
Pero solo un poco.
Porque todavía había mucha cosa mal resuelta entre ellos.
—¿Siempre quisiste tener hijos? —preguntó ella de repente.
Gabriel pareció sorprendido.
—Nunca pensé mucho en eso.
—¿Y ahora?
Él miró al bebé.
—Ahora parece medio obvio.
Helena desvió la mirada.
Porque aquella respuesta la conmovió más de lo que debía.
Miguel comenzó a moverse nuevamente.
Pero no se despertó.
Gabriel ajustó al bebé con cuidado.
—Es bonito.
Helena sonrió.
—Lo sé.
—Se parece a ti.
—Todo el mundo dice que se parece a ti.
Gabriel levantó una ceja.
—¿En serio?
—Los ojos.
Él sonrió levemente.
—Entonces va a ser un chico guapo.
Helena puso los ojos en blanco.
—Creído.
Gabriel rió.
Algunos minutos después…
Miguel finalmente durmió profundamente.
Helena se acercó.
—Ahora intenta ponerlo en el carrito.
Gabriel hizo eso despacio.
Esta vez…
Miguel continuó durmiendo.
Gabriel soltó el aire.
—Lo conseguí.
Helena observó a su hijo.
Después miró a Gabriel.
Y por primera vez desde que había aparecido en la posada…
Ella dijo algo que no era una crítica.
—Gracias.
Gabriel sonrió.
Pequeño.
Pero sincero.