Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 11
Mateo salió del baño ya cambiado y me vio acurrucada en el sofá con la manta. Pareció satisfecho, como si por fin hubiera mostrado algo de sentido común. Pero al mirar la cama grande y vacía, su expresión se ensombreció otra vez.
Se puso el pijama y salió del dormitorio. Volvió menos de dos minutos después, tomó el teléfono interno y marcó a la planta baja.
---Suban una frazada.
---Señor\, todas las frazadas están en lavandería.
---Entonces una manta.
---Solo tenemos las sábanas que sacamos de la habitación de la señora.
Mateo cortó sin contestar.
Por suerte la calefacción seguía funcionando. No pasó frío como la noche anterior, pero a mitad de la madrugada un golpe seco lo despertó de golpe.
---¿Qué carajo...? ---murmuró\, incorporándose y encendiendo la lámpara de la mesita.
La luz iluminó el piso junto al sofá: yo estaba enredada en la manta, todavía medio dormida, tratando de entender cómo había terminado en el suelo.
Mateo se levantó, cruzó el cuarto en dos zancadas y me sacó de la manta de un tirón.
---¿Sos idiota? ¿Ni siquiera sabés dormir?
Bostecé, todavía confundida.
---¿Qué te pasa? Ya dormí en el sofá\, ¿qué más querés?
Él apretó los labios. El sofá era bajo y la alfombra gruesa; no me había hecho nada. Pero no dijo nada más.
---Subí a la cama ---ordenó.
Todavía atontada, me envolví en la manta y trepé al colchón. Me acomodé en el medio, como me había dicho, y volví a dormirme sin entender del todo qué había pasado.
A la mañana siguiente desperté envuelta en el calor de las sábanas. Me estiré con gusto, pero enseguida me di cuenta de que el espacio era demasiado amplio para ser el sofá. Abrí los ojos: estaba en la cama grande. Recordaba claramente haberme acostado en el sofá. ¿Me había levantado dormida y subido sin darme cuenta? Imposible. Con el carácter de Mateo, si me hubiera atrevido a subir sola, me habría despertado con un empujón.
Bajé a desayunar. La señora Marta me recibió con una sonrisa.
---¿Durmió bien\, señora?
---Más o menos.
---El señor salió temprano a hacer ejercicio. Tenía mala cara\, como si no hubiera descansado. Supongo que no está acostumbrado a compartir la habitación.
---Seguramente ---contesté. Después de todo\, yo le había ocupado la cama.
La señora Marta siguió hablando mientras servía el café.
---El señor siempre durmió solo desde chico. Antes\, si alguien entraba en su cuarto sin permiso\, lo mandaba al otro lado del mundo.
---No será para tanto...
---Usted no lo conoce bien. Es muy exigente con todo\, especialmente con su espacio y su higiene. Casi nadie puede acercarse.
---Ya me di cuenta ---murmuré.
---Aunque con usted es diferente. Se nota que no le molesta tanto.
No estuve de acuerdo, pero no dije nada.
En ese momento se abrió la puerta principal. Mateo entró todavía con la ropa de deporte gris claro, el pelo húmedo de sudor y las mejillas ligeramente enrojecidas. Se veía más joven y menos intimidante que con traje. Nuestras miradas se cruzaron. Me lanzó una mirada dura. Como sabía que le había quitado la cama, no le contesté y me metí en el comedor.
El desayuno no tenía horarios fijos. La abuela madrugaba, Sofía nunca desayunaba y yo, por el embarazo, podía levantarme cuando quisiera. Me senté y empecé a comer un sándwich.
---¿Quiere esperar al señor? ---preguntó la señora Marta.
---No\, gracias. Como yo primero.
Mateo entró justo en ese momento con un vaso de agua en la mano. Escuchó mi respuesta y se detuvo un segundo. Después, sin decir nada, se sentó frente a mí.
La señora Marta parpadeó, sorprendida. Normalmente, después de hacer ejercicio, subía directo a ducharse. Hoy se quedó ahí, sudado, y pidió su desayuno. Miró hacia mí con una sonrisita cómplice y fue a buscar cubiertos.
Yo tenía hambre, pero con él enfrente me costaba comer con naturalidad. Su manera de cortar la fruta y tomar el café era demasiado elegante. Me quedé mirándolo sin darme cuenta hasta que la señora Marta me habló.
---Señora\, ¿no come?
Me puse roja y bajé la cabeza rápido, como si me hubieran pescado haciendo algo malo.
Cuando Mateo terminó y se levantó, recién ahí me animé a seguir comiendo tranquila.
Los días siguientes fueron parecidos. Yo dormía en la cama grande y cómoda. Mateo, en cambio, se acomodaba cada noche en el sofá. Era demasiado alto y el sofá no daba para tanto. Al cabo de unos días, las ojeras se le notaban claramente.
Llevaba ya una semana completa en la Finca. Era sábado y quería ir a ver a mi abuela Elena. Durante la cena se lo comenté a la abuela Mariana.
---Abuela\, mañana me gustaría ir a visitar a mi abuela.
---¿Dónde vive? ¿Es lejos?
---En el sur de la ciudad\, no es mucho.
---Perfecto. Te mando el chofer y un auto cómodo. No quiero que andes en colectivo\, con el embarazo es peligroso.
---No hace falta molestar...
---Nada de molestar. Vas en el auto y punto.
Al día siguiente me levanté temprano. Me puse un suéter amplio color beige, pantalones oscuros y zapatillas blancas. Me sentía más liviana y con mejor ánimo solo de pensar que iba a ver a mi abuela. Le mandé un mensaje a Flor para encontrarnos y bajé con el bolso.
En el hall me crucé con Mateo. Hacía varios días que no nos veíamos; él salía muy temprano y volvía tarde, y no había dormido en la habitación. Nuestras miradas se encontraron un segundo. Noté que miró mi bolso.
---Abuela Mariana me dio permiso para ir a ver a mi abuela ---expliqué en voz baja\, por si acaso.
Él no contestó. Solo siguió su camino hacia el comedor. Yo respiré aliviada y sentí que se me aflojaba una tensión que ni sabía que tenía. El apetito me volvió de golpe.
La señora Marta sonrió mientras me servía.
---Hoy tiene muy buena cara\, señora.
---¿Se nota?
---Cuando uno está contento\, se le ve en todo. Algunos dicen que el embarazo afea\, pero a usted la está poniendo más linda.
Me puse colorada.
---No me haga bromas...
---No es broma. Pregúntele al señor si no me cree.
Miré de reojo a Mateo. Él seguía comiendo como si la conversación no existiera. Bajé la vista y seguí con mi plato.
Después del desayuno, la abuela Mariana apareció con una bolsa térmica y varias cajas de regalos.
---Cami\, esto es el almuerzo para vos. Y esto otro es para tu abuela. Como no pudimos ir a visitarla todavía\, al menos que sepa que pensamos en ella.
---Abuela\, no hacía falta tanto...
---Son familia ahora. Llevá todo y decile que pronto iremos a conocerla.
Acepté los paquetes y le agradecí. La abuela me acompañó hasta el auto y le repitió varias veces al chofer que manejara despacio.
En el camino le mandé mensaje a Flor. Cuando llegamos al barrio, le pedí al chofer que parara en la entrada porque el auto grande no entraba bien por las calles angostas. Flor ya estaba esperando. Al verme quiso abrazarme, pero uno de los dos guardaespaldas que venían atrás la detuvo con el brazo.
---Es mi mejor amiga ---aclaré rápido.
El guardaespaldas se disculpó y se retiró unos pasos.
Flor miró el auto, el chofer y los hombres de traje.
---Che\, esto parece escolta de presidenta. ¿Te cuidan o te vigilan?
---Las dos cosas\, supongo. Pero yo no tengo nada que esconder.
Subimos las cosas entre todos. Cuando mi abuela abrió la puerta, se le iluminó la cara.
---Cami\, hija... ¿y todo esto?
---Son regalos de la familia de... bueno\, de donde estoy viviendo.
Flor entró como un torbellino y empezó a llevar las bolsas adentro.
---Abuela\, no se preocupe\, yo ayudo.
La abuela quiso ir a la cocina a cocinar, pero Flor y yo la sentamos en el sillón.
---Hoy cocinamos nosotras\, usted descanse.
Mientras preparábamos, Flor me preguntó bajito:
---¿Te tratan bien allá? ¿Nadie te molesta?
---Todos son correctos. La abuela Mariana es muy cariñosa.
---Pero te veo más flaca.
Me quedé callada un momento. Aunque tenía todo lo material, sabía que mi lugar en esa casa dependía únicamente del bebé. Era un matrimonio sin amor y eso pesaba.
Flor me apretó la mano.
---Dale para adelante. Pensá en tu abuela y en la casa que salvaron. Algo es algo.
Después cambió de tema para animarme.
---Tenés que usar tus armas\, seducir al millonario y solucionar todo de una vez.
Me reí sin ganas.
---Antes seduzco a una vaca. La vaca por lo menos tiene cara de buena persona.
Flor se rio.
---¿Vas a volver a la facultad este cuatrimestre?
---Quiero\, pero no creo que me dejen. Están muy pendientes del embarazo.
---Qué aburrido debe ser estar todo el día encerrada.
---No me prohíben salir\, pero... la verdad es que ya no elijo casi nada de mi vida.
En la cocina empezó a oler rico. Mi abuela había preparado su guiso favorito. Flor y yo nos miramos con ganas.
Cuando nos sentamos a la mesa, la abuela preguntó de repente:
---Cami\, ¿y tu hermano? Hace días que no aparece. ¿Sabés en qué anda?
---Nicolás siempre desaparece. No se preocupe por él.
---Hace unos días vino rápido\, se llevó el documento de identidad y no dijo para qué. ¿Vos sabés algo?
Me quedé con la cuchara en el aire.
---Abuela... en realidad...
La abuela siguió:
---También me dijo que las deudas de la empresa ya estaban pagadas. ¿Es verdad? ¿De dónde salió tanto dinero?
Dejé la cuchara en el plato y respiré hondo. Ya no podía seguir postergándolo.
---Abuela\, la verdad es que...