Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 29
Desde la tarde, Matías no había dejado de ir y venir por la sala mientras jugueteaba con el celular. De vez en cuando le lanzaba miradas a Santiago, que estaba cómodamente sentado en el sofá leyendo las noticias en la tableta.
—Hermano.
—¿Hm?
—¿Cómo que todavía no te arreglas?
Santiago arqueó una ceja. —¿Arreglarme para qué?
Matías soltó una sonrisa de oreja a oreja. —¡Pues para ir a tu cita con Valentina, obvio!
Santiago le lanzó un cojín directo a la cara. Matías esquivó el golpe entre carcajadas.
—Ay, hermano. Si ya se te nota en la cara cada vez que vas a salir con Valentina.
—¡Cállate!
Más temprano, cuando Santiago había invitado a Valentina al cine, ella se mostró indecisa. Tenía un compromiso previo con Susana, su antigua vecina, que le había pedido que la acompañara a elegir el vestido de novia para su boda. Sin embargo, el novio de Susana dijo que él mismo la llevaría, y que aunque estuviera ocupado, se daría el tiempo.
Matías se sentó junto a su hermano y le acercó la pantalla del celular. —Mira, la película que te recomendé está buenísima. Tiene una calificación altísima.
Santiago le echó un vistazo rápido al póster de la película romántica que ocupaba toda la pantalla. —¿Seguro que es buena?
—¡Buenísima! —respondió Matías sin titubear—. Todo el mundo dice que te pone sentimental.
Santiago asintió con un gesto breve. —Está bien.
Matías sonrió con una intención que no se molestó en disimular. Por dentro, casi se moría de la risa imaginando a su hermano, siempre tan serio, viendo una película romántica junto a la mujer que le gustaba.
—Tú aprovecha el ambiente nocturno, hermano —le susurró Matías con picardía.
Un mensaje entró al celular de Santiago. Era de Valentina.
"Santiago, al final no voy a acompañar a Susana. Así que esta noche sí podemos ir al cine."
Santiago soltó un grito de alegría. Por fin la cita improvisada podía hacerse realidad.
—¡Ándale, vete ya! —Matías empujó a su hermano hacia la puerta.
Poco después, Santiago ya estaba parado frente a la casa de Valentina, montado en su motocicleta negra. Llevaba una chamarra oscura y sencilla, jeans azules, y el cabello peinado con su pulcritud de siempre.
Apenas unos segundos después de que Santiago se detuvo frente a la casa, la puerta se abrió despacio.
Y, como cada vez, el aliento de Santiago se cortó por un instante.
Valentina salió con un atuendo sencillo, pero justamente eso la hacía imposible de ignorar. Llevaba una blusa de manga larga en un tono rosa pálido combinada con jeans azules. El cabello largo le caía suelto y suave por la espalda, ligeramente ondulado en las puntas. En el rostro apenas llevaba un toque de maquillaje que la hacía lucir fresca y dulce.
Pero a los ojos de Santiago, Valentina se veía hermosa esa noche. Una belleza que le llenaba el pecho de calor con solo verla cruzar la puerta.
—Buenas noches, Santiago —saludó Valentina con una sonrisa discreta.
Una sonrisa sencilla que últimamente siempre lograba hacer que Santiago perdiera la concentración.
—Buenas noches, Valentina —respondió Santiago en voz baja.
La mirada de Santiago se detuvo unos segundos en el rostro de Valentina antes de que él se apresurara a aclararse la garganta, intentando parecer relajado. Aunque por dentro estaba luchando por controlar los latidos de su propio corazón.
—¿Lista? —preguntó.
Valentina asintió despacio, sosteniendo la correa de su bolso pequeño. —Lista.
—¡Vámonos!
Santiago tomó el segundo casco y se lo entregó a Valentina. Los dedos de ambos se rozaron al momento de recibirlo, y Valentina retiró la mano por reflejo, visiblemente nerviosa.
Mientras tanto, Santiago sonrió para sus adentros. Finalmente partieron rumbo al cine en la motocicleta.
Esa noche las calles estaban bastante transitadas. Las luces de la ciudad brillaban a lo largo de las avenidas y le daban vida al ambiente. El cielo nocturno se veía limpio, con estrellas pequeñas esparcidas tenuemente y una delgada luna creciente colgando con elegancia en lo alto.
Valentina iba sentada atrás, sujetando con suavidad la orilla de la chamarra de Santiago. Al principio fue solo eso. Mantenía una distancia prudente. Pero cuando la motocicleta pasó por un tramo concurrido y Santiago frenó despacio porque el vehículo de adelante se detuvo de golpe, el cuerpo de Valentina se fue hacia delante por inercia. Sus manos se trasladaron de inmediato a la cintura de Santiago para no perder el equilibrio.
Y al instante Santiago se puso nervioso. Los hombros del hombre se tensaron ligeramente. La comisura de sus labios se elevó sin que se diera cuenta.
Valentina, al percibir el cambio en el cuerpo de Santiago, le preguntó con suavidad desde atrás:
—Santiago, ¿pasa algo?
—Nada, nada —respondió él de inmediato.
Pero el corazón le latía desbocado. Santiago tuvo que contener la sonrisa durante todo el trayecto, porque las manos de Valentina seguían en su cintura.
* * *
Al llegar al cine, caminaron uno al lado del otro hacia la taquilla. Santiago compró palomitas grandes y dos bebidas frías antes de entrar a la sala.
Al principio todo se sentía normal. Se sentaron con un pequeño espacio entre los asientos y empezaron a concentrarse en la película cuando las luces de la sala se apagaron.
Pero quince minutos después de que comenzó la película, Santiago empezó a sospechar que la recomendación de Matías tenía doble intención.
La película no era simplemente la historia de una pareja romántica. Casi cada escena estaba llena de miradas cargadas de amor, abrazos cálidos, manos entrelazadas, besos tiernos y diálogos dulces que transformaban la atmósfera dentro de la sala. Algunos espectadores incluso soltaban grititos avergonzados en ciertas partes.
Santiago se aclaró la garganta y fingió concentrarse en tomar palomitas. A su lado, Valentina intentaba mirar la pantalla con seriedad, aunque las mejillas ya se le estaban poniendo rojas.
De vez en cuando se acomodaba el cabello solo para disimular los nervios. Y la situación se volvió aún más incómoda cuando sus manos se encontraron varias veces sin querer dentro del bote de palomitas.
Cada vez que ocurría, ambos retiraban la mano con rapidez. Valentina contenía una sonrisa avergonzada mientras agachaba la cabeza. Santiago, por su parte, fingía toser para disimular lo turbado que estaba. Pero conforme pasaban los minutos, la atmósfera entre los dos se sentía cada vez más cálida.
Hubo una escena en la que el protagonista tomaba la mano de su amada y le decía con voz queda: "El mejor hogar no es un lugar, sino la persona que te da paz."
Aquella frase dejó a Valentina inmóvil. Sin saber por qué, sintió una calidez expandiéndose dentro del pecho.
A su lado, Santiago también se quedó en silencio. Su mirada se desvió poco a poco de la pantalla hacia el rostro de Valentina, iluminado por el resplandor tenue que llegaba desde el frente. Y sin darse cuenta, sintió que esa mujer era exactamente eso: un hogar.
Un lugar que le daba calma a sus pensamientos. Un lugar que hacía que la vida se sintiera cálida solo con estar cerca. Los dedos de Santiago se movieron despacio sobre el apoyabrazos del asiento, tan lentos y vacilantes como si todavía se diera a sí mismo la oportunidad de retroceder. Pero al final, sus dedos alcanzaron la mano de Valentina, que descansaba cerca.
Valentina se sobresaltó ligeramente y giró la cabeza de inmediato. Las miradas de ambos se encontraron en medio de la penumbra del cine.
Los ojos de Santiago se veían suaves esa noche. No había bromas ni provocaciones como de costumbre. Solo una sinceridad que hizo que el corazón de Valentina latiera de pronto más rápido.
Santiago no dijo nada. Simplemente tomó la mano de aquella mujer con calidez, con suavidad, con todo el cuidado del mundo. Como si temiera incomodarla.
Pero lo que hizo a Santiago aún más feliz fue que Valentina no soltó su mano. La mujer agachó la cabeza con timidez mientras esbozaba una sonrisa pequeña. Sus dedos correspondieron poco a poco al apretón de la mano de Santiago. Y desde ese momento, no hubo más distancia incómoda entre los dos.
Durante el resto de la película, sus manos permanecieron entrelazadas en silencio. A veces Santiago miraba de reojo a Valentina y sonreía para sí mismo.
A veces Valentina fingía estar concentrada en la pantalla, aunque el corazón no dejaba de latirle con fuerza.
Esa noche fue sencilla. Solo una película en el cine, como cualquier otra pareja.
Pero para Santiago, ese apretón de manos bastó para que la noche se sintiera perfecta.