Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 21. silencio y planes parte 2.
Renato, con su apariencia habitual, se había quedado en un rincón, afligido porque Isabella había elegido a otro y no a él. "¿Por qué lo eligió a él? Yo soy más fuerte, más apuesto… y ni siquiera pude demostrarle de lo que soy capaz," se decía para sí mismo, apretando los puños y conteniéndose para no interrumpirla.
—Tengo que demostrarle que yo soy mejor —dijo en voz baja—. Cuando vea lo que puedo hacer, tal vez me acepte a mí como su pareja.
Renato se aferró a esa idea, convencido de que, si lograba mostrarle todo su valor, Isabella lo elegiría a él.
Por su parte, Elian llevaba toda la mañana con el ceño fruncido. Las palabras de Isabella le habían dado vueltas en la cabeza sin descanso, haciéndolo dudar por primera vez en su vida.
—Mi hembra no parece aceptarme —murmuró para sí mismo, caminando de un lado a otro con pasos pesados—. Soy el mejor guerrero del mar. Todas las hembras que he conocido se han sentido atraídas por mí con solo mirarme… Pero ella… ¿qué le ve a ese zorro?
Estaba frustrado y profundamente herido en su orgullo. Era la primera vez que una mujer no se sentía atraída hacia él. Y que, encima, prefiriera a alguien a quien él consideraba débil… eso le dolía más de lo que se atrevía a admitir.
Después del desayuno. Isabella ajena ante los pensamientos de ellos, se tomó un baño largo, dejando que el agua caliente relajara su cuerpo mientras en su mente buscaba sin descanso la forma correcta de acercarse a Kael.
"Es demasiado orgulloso… tal vez ahora no quiera verme. Ayer tenía una expresión que nunca antes le había visto, como si algo dentro de él se hubiera roto," pensaba, y el corazón se le apretaba de solo recordarlo.
—Si me acerco y trato de hablarle… ¿de verdad me escuchará? —se preguntaba en voz baja, sin saber la respuesta con certeza. Lo que más deseaba era demostrarle que realmente había cambiado, pero no encontraba la manera de hacérselo ver—. Bien… lo intentaré. No pierdo nada por intentarlo.
Isabella se preparó antes de salir tomó aire y un pensamiento se cruzó por su mente, "Si el decide no escucharme, no lo presionare"
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas, bañando el pasillo de una luz dorada y suave. Isabella caminaba despacio, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que Kael estaba en el jardín trasero; siempre iba allí cuando necesitaba estar solo, cuando sus pensamientos lo atormentaban.
Al llegar, lo vio de espaldas, de pie frente a los árboles, con las manos apretadas a los costados. Sus orejas de zorro estaban bajas, rígidas, y su cola no se movía como siempre… parecía un animal herido que se escondía para sanar en soledad.
Isabella dio un paso hacia él, luego otro. No corrió, no hizo ruido. Quería que la sintiera llegar.
—Kael —susurró suavemente, sin gritar.
Él se tensó de inmediato, pero no se giró.
—¿Qué haces aquí? —dijo con voz ronca, como si le costara hablar—. Deberías estar con Mateo. Con él sí eres feliz. Conmigo… nunca lo fuiste.
Esas palabras le dolieron en el alma. Isabella se acercó más, hasta quedar justo detrás de él.
—Estuve con él —admitió ella con sinceridad—. Pero eso no significa que tú no me importes. Que yo te quiera a ti no quita que lo quiera a él. Los cuatro forman parte de mí, Kael. Y tú… tú eres el que más veces he lastimado sin querer. El que más veces rechacé sin saber cuánto te rompía el corazón.
Kael se giró lentamente. Sus ojos dorados la miraban con desconfianza, con anhelo, con miedo.
—¿Por qué vienes ahora? —preguntó dando un paso atrás, como si temiera que si se acercaba mucho, ella se desvanecería—. ¿Para qué me des una migaja de cariño antes de volver a apartarme? Ya sé hacerlo solo, Isabella. Ya aprendí a vivir sin ti. No necesito tu lástima.
—No es lástima —dijo ella firme, y dio un paso hacia él, cerrando la distancia—. Es culpa. Es arrepentimiento. Es… miedo. Kael, yo tenía miedo. Miedo de perderlos a todos,— Isabella se detuvo y dijo en su mente "miedo de esa maldición que me persigue,"
— Y en lugar de abrazarlos de contarles lo que sentía … los alejé. Y a ti te alejé primero, porque eras el que más me veía, el que más me conocía. Si te tenía cerca, si te dejaba entrar… me dolería demasiado perderte...
—Kael tu eres muy importante para mí —
Kael se quedó sin aliento. Nadie le había hablado así. Nadie le había dicho que él era importante, que él era visto.
Isabella levantó una mano y la posó suavemente sobre su oreja. Él tembló al contacto, como si fuera algo que no merecía.
—Déjame compensártelo —le pidió ella, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. Déjame conocerte de verdad. No como el esposo al que yo despreciaba, sino como el hombre que eres. El zorro valiente que siempre me protegió aunque yo no lo mereciera. ¿Me lo permites?
Kael cerró los ojos, inclinando apenas la cabeza para apoyarse más en su mano, como si ese simple contacto fuera todo lo que había estado esperando durante años. "Que estoy haciendo" pensó él "Su mano es tan cálida" pensó mientras Isabella tocaba suavemente sus orejas.
—Si me dices que esto es mentira… si me vuelves a apartar… —susurró con voz quebrada—… no volveré a perdonarte.
—No lo haré —prometió ella, acercándose más hasta abrazarlo con fuerza, sintiendo cómo él dudaba un instante antes de rodearla con sus brazos con una mezcla de ternura y desesperación—. Esta vez me quedo. Contigo. Con todos. Pero hoy… hoy empiezo por ti.
Kael cerró los ojos, disfrutando de cada segundo de ese abrazo. Sentía que no era real, que en cualquier momento despertaría… o que Isabella lo apartaría de nuevo. La rodeó con más fuerza, apretándola contra sí mientras respiraba su aroma: una esencia que, sin saberlo, había sido lo único que le había dado sentido a su vida. Y poco a poco,en mucho tiempo, se sintió relajado, en paz, en casa.
Kael abrió los ojos y vio, sin que ella lo supiera, a Renato y a Elian observando desde el umbral de la puerta, con expresiones muy distintas: uno con el puño cerrado por la envidia, el otro con el orgullo herido, jurando para sí mismo que pronto sería él quien estuviera en ese lugar.
"¿Qué quieren esos dos?", pensó Kael con recelo. "Isabella ya les dejó claro que no tienen ningún derecho sobre ella. Deberían irse y mantenerse lejos."
—Kael… ¿quieres pasar el día conmigo y con Mateo? Si no quieres, no te molestaré —pidió Isabella, mirándolo con esperanza—. No tienes que decir que sí.
Kael echó una última mirada hacia los dos que los observaban a lo lejos, y luego la sujetó de la cintura con firmeza.
—¿A Mateo no le molestará? —preguntó, con ese tono de posesión que aún no lograba ocultar del todo.
—No estoy segura… pero creo que no le molestará —respondió ella suavemente—. Además… ya hablé con él. Así que sí, puedes venir.
—Está bien —asintió él, suavizando el gesto—. Después de todo, hoy es mi día libre.
El sol bañaba el jardín con una luz dorada y suave. Caminaron juntos: Isabella en el centro, con Mateo a su derecha y Kael a su izquierda, sin prisa, sin palabras innecesarias.
Primero se sentaron bajo el gran árbol del jardín. Mateo trajo mantas y frutas frescas, y compartieron el almuerzo entre risas bajas y comentarios tranquilos. Kael, al principio tenso y callado, poco a poco se relajó: cuando Isabella le pasó una fruta cortada, la tomó sin dudar, y sus orejas, antes rígidas, se fueron abajando con calma.
—Es agradable… así —murmuró Mateo, mirando el paisaje—. Los tres juntos.
—Sí —asintió Isabella, mirándolos a ambos con los ojos llenos de cariño.
Más tarde, caminaron por los senderos de flores. Mateo le contó sobre sus pinturas, y ella escuchó con interés. Kael, más silencioso, caminaba cerca, siempre atento, protegiéndolos sin decir una palabra. De vez en cuando sus manos se rozaban, y él no se apartaba.
Cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de rosa y naranja, se detuvieron a mirarlo. Isabella tomó una mano de cada uno.
—Gracias —les dijo suavemente—. Ha sido el día más bonito que he tenido en mucho tiempo.
Mateo la rodeó por el hombro con ternura. Kael, despacio, posó su mano sobre la de ella, sin decir una palabra, pero su mirada lo decía todo: "De verdad ya no es la misma… creí que estaba fingiendo. ¿Desde cuándo se volvió tan dulce y comprensiva?"