Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
# Capítulo 015: La profesora
Aurora supo que ese día tampoco iba a ser tranquilo en cuanto entró al edificio de aulas.
Había más gente de lo normal en el pasillo.
Algunos fingían mirar el celular. Otros ni siquiera se molestaban en disimular. Cuando ella pasó, las voces bajaron, pero las miradas siguieron pegadas a su cara, a su labio partido, a la bolsa térmica que llevaba en la mano.
Camila caminaba a su izquierda con el celular listo.
Valeria iba a la derecha, mirando a cualquiera que se acercara demasiado.
Sofía llevaba los libros contra el pecho y una expresión suave que no engañaba a nadie. Si alguien tocaba a Aurora, Sofía iba a morder primero y pedir perdón después.
—Si alguien dice algo —murmuró Valeria—, le aviento los chilaquiles.
Aurora miró la bolsa térmica.
—Doña Lupe te mata.
—Cierto. Primero saco la comida.
Camila empujó sus lentes con un dedo.
—Intentemos no abrir otro expediente disciplinario antes del almuerzo.
Valeria suspiró.
—Siempre arruinando la diversión legalmente dudosa.
Aurora casi sonrió.
La sonrisa se le borró al llegar al salón.
El profesor Raúl Mendoza estaba junto al escritorio con una hoja impresa en la mano. Había llegado antes que todos, cosa rara en él. Llevaba el bigote perfectamente recortado y la cara de quien había ensayado un discurso frente al espejo.
Aurora se sentó.
No alcanzó a sacar la libreta.
—Señorita Rivas —dijo Mendoza—. Pase al frente, por favor.
El salón quedó en silencio.
Camila activó la grabadora.
Aurora la vio y se levantó.
—¿Sí, profesor?
Mendoza dejó la hoja sobre el escritorio.
—La dirección solicita que usted emita una disculpa pública por los hechos violentos ocurridos ayer en este salón.
Valeria se puso de pie.
—¿Perdón?
Mendoza apretó la mandíbula.
—Señorita Fuentes, siéntese.
—No, profe. Repita eso. Creo que mi oído se defendió solo.
—Valeria —advirtió Camila en voz baja.
Aurora levantó una mano.
—Está bien.
Miró a Mendoza.
—¿Quiere que me disculpe por defenderme de acoso sexual?
—Quiero que ayude a bajar la tensión —dijo él—. Hay padres molestos. Hay alumnos afectados.
—Yo también soy alumna.
—Nadie lo niega.
—Entonces actúen como si lo recordaran.
Al fondo alguien soltó una risa nerviosa.
Mendoza golpeó la hoja con dos dedos.
—Esto no es una discusión.
—Claro. Una discusión tendría dos lados. Esto es usted pidiéndome que haga más cómodo el abuso para todos.
El profesor respiró hondo.
—La institución no tolera violencia.
—Qué rápido aprendieron esa frase después de mi cachetada.
Sofía susurró:
—Aurora...
No quería que la sancionaran. Aurora lo sabía. Pero también sabía que si bajaba la cabeza ahora, tendría que hacerlo todos los días.
Sacó el celular nuevo del bolsillo y lo puso sobre el escritorio.
—Estoy grabando.
La cara de Mendoza cambió.
—No tiene autorización.
—Usted me llamó al frente delante de todo el salón. Si esto es público, mi defensa también.
Camila levantó su propio teléfono.
—Yo también estoy grabando, por si acaso.
Nadie se rió esta vez.
Mendoza miró a los estudiantes, a los celulares, a Aurora. La seguridad se le empezó a derretir.
—La dirección solo pide una muestra de cooperación.
—La cooperación no puede significar que yo diga perdón por existir en una foto que alguien subió sin mi consentimiento.
Un chico de la segunda fila murmuró:
—Tiene razón.
Mendoza lo miró.
El chico bajó la cabeza, pero ya era tarde.
Aurora sintió el cambio en el salón. Pequeño, todavía frágil, pero real. Algunos seguían viéndola como chisme; otros acababan de recordar que lo que circulaba en redes le había pasado a una persona.
Mendoza tomó la hoja.
—Entonces constará que se negó a colaborar.
—Constará que me negué a pedir perdón por defenderme.
Un grito vino del pasillo.
Después otro.
Alguien corrió frente a la puerta.
—¡Está en la barda!
Mendoza se quedó inmóvil.
Una estudiante entró al salón con la cara blanca.
—Profesor, Emilio está en la barda del segundo piso. Dice que se va a tirar.
Valeria soltó una maldición.
Los alumnos salieron al pasillo en desorden. Aurora no se movió de inmediato.
Emilio.
El mismo que le había preguntado cuánto cobraba.
El mismo que había disfrutado su humillación hasta que la cachetada le devolvió el silencio.
Ahora estaba en una barda diciendo que se iba a tirar.
Y Aurora supo, antes de que Mendoza abriera la boca, cómo iban a intentar usarla.
El profesor la miró.
—Señorita Rivas...
—No.
—Quizá sería conveniente que usted hablara con él.
Camila se puso al lado de Aurora.
—Ni se le ocurra.
Sofía negó con la cabeza.
—No es tu responsabilidad.
Valeria señaló al pasillo.
—Que lo baje su mamá.
Mendoza bajó la voz.
—Si una disculpa suya ayuda a evitar una tragedia...
Aurora lo miró tanto tiempo que el profesor apartó los ojos.
A los dieciséis años, ella también había querido desaparecer.
No se había subido a una barda para castigar a nadie. No había hecho un espectáculo. Solo había cerrado la puerta del baño, se había sentado en el piso frío y había pensado que tal vez descansar era más fácil que seguir respirando en una casa donde todos la culpaban por estar triste.
Nadie le pidió perdón a Mariana.
Nadie le pidió a Patricia que dejara de llamarla dramática.
Ricardo solo dijo que no le hiciera perder el tiempo con berrinches.
Aurora tomó su celular y se lo entregó a Camila.
—Graba todo.
Camila la miró con miedo.
—¿Qué vas a hacer?
Aurora miró hacia el pasillo lleno de voces, celulares y pasos corriendo.
Durante tres años la habían obligado a bajar la cabeza para que otros pudieran dormir tranquilos.
Ese día, por primera vez, decidió que si alguien quería convertirla en villana, tendría que hacerlo frente a una cámara.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭