En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.
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Capítulo 23
Capítulo 23 — Lágrimas a precio de ruina
El salón de subastas del Club del Río resplandece bajo la luz de los candelabros. Cientos de invitados ocupan sus asientos tapizados en terciopelo rojo. La energía del dinero viejo flota en el ambiente como un perfume caro que se mete en la garganta.
Isabella y yo tomamos asiento en la tercera fila. Apenas me acomodo, alguien se sienta a mi lado.
Matías Herrera. Sin pedir permiso. Cruza las piernas con la naturalidad de alguien que posee el lugar donde pisa.
—Espero que no le moleste, señorita Solares.
Miro a Isabella, que le lanza una mirada capaz de fulminar a un hombre menos seguro de sí mismo. Le aprieto la mano para que no arme una escena.
—Adelante, señor Herrera. Siéntase cómodo.
Desde el otro lado del salón, los ojos de Diego están clavados en nosotros. Camila le habla al oído, pero él ni la escucha. Puedo ver cómo aprieta la copa hasta que los nudillos se le ponen blancos.
Matías lo nota también. Una sonrisa mínima le cruza los labios. Saca su teléfono con disimulo. Toma una foto de la escena —él y yo, sentados juntos, Diego ardiendo al fondo— y escribe un mensaje rápido. La pantalla brilla un segundo antes de que la guarde.
Alcanzo a leer solo una línea:
«Ven rápido o te roban a tu esposa.»
No veo el destinatario.
Frunzo el ceño. ¿Esposa? ¿A quién le escribe? Pero antes de que pueda preguntar, las luces bajan.
La presentadora sube al escenario con un vestido púrpura y una sonrisa profesional, pulida por mil galas iguales a esta.
—Buenas noches. Bienvenidos a la subasta benéfica anual del Club del Río. Todas las ganancias de esta velada serán donadas íntegramente a la fundación de niños huérfanos de Puerto del Sol.
Aplausos corteses. Copas que se alzan.
—Comenzamos con nuestro primer artículo de la noche: Lágrimas de María. El precio de salida refleja su carácter excepcional.
Un asistente retira con un gesto teatral la tela roja que cubre la vitrina. Dentro, sobre terciopelo negro, descansa un collar de rubíes. La piedra central es del color exacto de la sangre fresca. Brilla bajo la luz como un ojo que no parpadea.
Un murmullo recorre el salón. Cuellos que se estiran. Mujeres que suspiran.
Y yo me quedo inmóvil.
Porque conozco ese collar. Lo conozco en cada faceta, en cada engaste, en cada garra que sostiene las piedras. Diego lo mandó diseñar para mí, hace años, cuando yo todavía creía que me amaba. Nuestras iniciales están grabadas en el cierre, entrelazadas. Era, según sus palabras, nuestro símbolo de amor eterno.
Lo consigné yo misma, en secreto, para esta subasta.
Miro a Diego. Se ha puesto pálido. Ve el collar y sabe exactamente qué es. Sus ojos van del escenario a mí, y en ellos leo el momento en que entiende.
—Diego, quiero ese collar. —La voz de Camila llega hasta mis oídos, dulce y caprichosa, montada en su papel de novia mimada—. Es hermoso. ¿Me lo compras? Por favor.
Diego aprieta la mandíbula. Duda un segundo. Luego levanta la mano.
—La oferta inicial.
Un salto brutal desde el precio base. El salón ahoga un grito. Quiere impresionar. Quiere demostrar que puede.
—Diez por ciento más —digo yo.
Mi voz sale clara, tranquila, como si estuviera pidiendo la cuenta en un restaurante cualquiera.
Todas las cabezas giran hacia mí. Diego me fulmina con la mirada.
—La aumento otro diez por ciento.
—Doce y medio —respondo, sin siquiera levantar la voz.
—La duplico.
—Quince y medio.
El salón entero se ha callado. Todos los ojos van y vienen entre Diego y yo como en un partido de tenis silencioso. Una guerra librada en susurros y cifras.
Matías, a mi lado, sonríe detrás de su copa, disfrutando del espectáculo como quien mira su película favorita.
Isabella me clava las uñas en el brazo, conteniendo una carcajada, los ojos brillantes de pura emoción.
—Dos veces y media la base —dice Diego. Su voz empieza a quebrarse en los bordes.
—Cinco por ciento más.
El sudor le baja por la sien. Camila lo mira con adoración, sin entender que cada aumento que él lanza al aire es un clavo en su propio ataúd financiero.
—El triple de la base —escupe Diego, casi con desesperación.
Me detengo.
Bajo la mano despacio. Sonrío.
Silencio absoluto.
—¿Alguien ofrece más? —pregunta la presentadora, mirándome directamente, esperando mi siguiente puja.
No digo nada. Cruzo las manos sobre el regazo.
—A la una... a las dos... ¡Vendido! ¡Felicidades al señor Estrada por adquirir Lágrimas de María por una suma récord!
El martillo cae. La presentadora apenas puede disimular su asombro por la cifra.
Diego se da cuenta demasiado tarde. Yo dejé de pujar. Él se quedó solo, gritando contra un fantasma. Ahora tiene una factura por el triple del precio de salida para pagar una joya cuyo valor real no llega ni a una cuarta parte. Y retractarse frente a toda la alta sociedad de Puerto del Sol es impensable. Sería la humillación pública de un heredero Estrada.
Camila sonríe, ajena a todo, y se cuelga de su brazo.
—Diego, eres tan bueno conmigo. Sabía que me lo comprarías.
Me levanto de mi asiento. Camino hasta ellos con calma. Mis tacones resuenan en el silencio del salón, un metrónomo lento y deliberado. Cada mirada del salón me sigue.
Me detengo frente a Camila. Miro el collar que un asistente acaba de colgarle en el cuello, todavía tibio de la vitrina.
—Te queda perfecto. —Sonrío—. ¿Sabías que Diego lo diseñó originalmente para mí? Nuestras iniciales están grabadas en el cierre. Puedes revisarlo cuando llegues a casa. Es, literalmente, un regalo de segunda mano.
La sonrisa de Camila se congela en su cara como cera derretida.
—Pero bueno. —Doy un paso atrás y los miro a los dos—. Ustedes dos son tal para cual. Un amor reciclado para una pareja reciclada. Que lo disfruten.
Me doy la vuelta. Camino de regreso a mi asiento sin apurarme.
Diego me mira con ojos que arden. No dice una sola palabra. No puede. Cualquier cosa que diga aquí, delante de esta gente, lo hundiría más.
Cuando llego a mi lugar, Matías saca su teléfono otra vez. Escribe un mensaje y lo envía. Alcanzo a ver una línea antes de que la guarde:
«Ya está. Baja si quieres verla antes de que se vaya.»
Vuelvo a mi asiento y me permito, por un segundo, saborearlo. Una fortuna. En mi vida pasada, Diego me hacía justificar cada gasto, cada vestido, cada centavo, como si yo fuera una empleada que rinde cuentas. «¿Para qué necesitas eso?», me preguntaba, y yo agachaba la cabeza y devolvía lo que había comprado. Esta noche le hice tirar una fortuna por un collar de segunda mano, y él ni siquiera puede quejarse en voz alta.
La niña sumisa que fui se habría escondido en el baño a llorar de nervios. La mujer que soy ahora cruza las piernas y mira el escenario como si nada.
Me quedo mirando la nuca de la gente, el escenario, las luces.
¿Baja de dónde?
¿Quién está arriba?
¿Quién ha estado observando todo esto desde las sombras, en algún palco que no alcanzo a ver?