Cuando no te puedes enfrentar a la realidad, cuando solamente esperas qué otros decidan por ti….eso era lo que querían lograr con Vivian Ward, desde que su progenitor les abandonó a su madre y hermano gemelo, su madre enfermó de Cáncer, y su hermano siendo un completo inútil tenía muchas veces que arreglar sus desastres, hasta que llegó el día que le dio un ultimátum, pero su decisión le causó una maldita pesadilla.
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Hablando de frente
Los días fueron pasando lentamente pausadamente. Zoila se encontraba fuera de peligro, había rechazado la ayuda que Dominic le había ofrecido, le compró un departamento, pero con la condición de que le pagaría renta.
Dominic no le insistió, pero la ayudó en silencio a que estableciera el pequeño negocio de sus sueños.
Zoila comenzó a elaborar diseños de ropa. Y todo tomó su curso exitosamente, ya que era una modista en su tiempo de juventud, de eso había sacado adelante a sus hijos.
Para su sorpresa, Theo había cambiado dandonle un giro, ahora ayudaba a su madre, ya fuera en tener los pedidos al día, poco a poco, se empezó a ver los resultados.
Una tienda de ropa de mujer, y la gente acudía por la novedad de cada diseño.
Vivían estaba satisfecha, iba a visitarla de vez en cuando, pero tenía que llevar consigo toda la seguridad que Dominic le había puesto, sólo así podía estar con su madre cuando él no podía acompañarla.
BASE BLACKWOOD.
—Jefe, no hay rastro por ningún lado de Fischers y su gente. - le informó uno de sus hombres es como si se los hubiera tragado la tierra.
— Ya lo hubiera vomitado. - espetó Óscar cínicamente.
Ya pasaron dos semanas. - razonó Dominic. Necesito que averigües si hubo salidas al extranjero, ya sea en vuelos privados, en barco o hasta en una endemoniada bicicleta. - ordenó mirando toda la zona en el mapa del radar.
— Yo me encargo de eso. - exclamó Allowen.
Dominic no confiaba en ese silencio. Estaba seguro que no se había ido a Alemania.
Asintió a su amigo.
MIENTRAS TANTO.
En una ciudad solitaria, cerca del desierto de Arizona, en un viejo pueblo que se utilizaba para guardar cascajo. Los pocos habitantes tenían miedo de los hombres que de pronto invadieron sus territorios.
— No importa que estén renegando los lugareños. - irrumpió Stefan en el ruedo donde sus hombres estaban alrededor de una fogata, este lugar es menos sospechoso para escondernos mientras se apagan un poco las llamas. - Llegaran más hombres, ya mandé el pago. Así que estén menos ruidosos que no quiero matar a nadie de aquí.
Los hombres del pueblo no confiaban en los extraños y esa gente con sus grandes camiones y tanta arma menos estaban tranquilos.
— Si está gente se pone difícil denles un balazo y se acabó el problema. - recomendó uno de los alemanes recién llegado.
— No hagan estupideces, menos deben llamen la atención. - le dijo Hans de un humor terrible, ya estaba arto de todo eso.
El hombre lo miró de mal modo, pero si el jefe lo ordenaba ellos simplemente obedecían.
— Déjalos en paz. - sugirió Stefan sonriendo.
Sin embargo Hans no estaba para nada de acuerdo en arriesgarse a que lo mataran por su culpa. Dejó el dron a un lado. Pensando en algo….
VILLA DE ELLIOTT.
Elliott se había enterado de lo que había ocurrido en el camino viejo. Juliana se había regodeado en decírselo. Se burló de ella cuando se enteró que los habían reducido a mierda en muy poco tiempo, por eso el no interfiriria por ningún motivo con Dominic el lo conocía mejor que nadie.
Juliana entró a la villa como siempre que lo visitaba, pero ahora no iba mostrando su alegoría retórica.
La recibió con una sonrisa, casi con burla.
Juliana se imaginaba que esa reacción tendría cuándo se volvieran a ver.
— Juliana, ¿que te trae por mis dominios? - le preguntó aunque ya se imaginaba la respuesta.
La mujer negó.
— ¿Me llamaste para hablar o para burlarte?
— Para las cosas. - soltó otra risa burlona. Tu dijiste con confianza que pronto ibas a estar de nuevo rogándole al Don.
Juliana hizo mala cara.
— No te burles idiota, te recuerdo como fueron las cosas para ti también.
— Si…el Don se quedó con mi mujer. - dijo mirando el gesto de ira de Lizeth haciendo que Juliana le mirara también.
— ¿No temes que un día te corte la poll4?
Elliott se quedó serio por un momento.
— Antes la mató, ella sabe su lugar.
Lizeth que estaba escuchando se dio la vuelta y se alejó, tenía más de cinco años a su lado y nunca le había dado ningún lugar.
— ¿Piensas seguirle insistiendo al mafioso? - le preguntó mirándole de reojo.
— Mientras este la zorra en la mansión no me tomara en cuenta. - exclamó con enfado.
— ¿Y tú no piensas quitármela de encima?
— Estoy sentenciado. - suspiró, no me apetece que me destroce el cuerpo en pedazos. - dijo con un gesto de horror.
BASE BLACKWOOD.
Óscar tenía un rato observando los entrenamientos de las dos chicas, junto a Dominic que de vez en cuando miraba su expresión.
— Te la vas a pasar la vida solo observándola o algún día te atreverás a decirle tus sentimientos.
— Ya lo hice una vez. - siguió viendo hacia la arena de entrenamiento.
— ¿Y no haz sabido el porqué? - preguntó su hermano ya que también a él le pareció extraño la repentina huida de la chica guerrera.
—Quizás un día se atreva a confesártelo. - no le eres indiferente se ve en su rostro.
— Se que no le soy indiferente. - pero esquiva el tema y acercárseme.
— Algo le debe pasar. Pero si no me lo confiesa yo no puedo forzarla.
Su hermano estuvo de acuerdo.
— ¿Ya viste a tu enamorado que no deja de verte? - espetó Yoco.
— Están viendo el entretenimiento no me está viendo exclusivamente a mí.
— Yo diría que no lo quieres admitir. - determinó la morena.
— Siempre me ha atraído demasiado, no lo voy a negar, pero ya sabes mi condición.
— Atrévete a confesárselo Inna, si no lo intentas jamás sabrás si realmente le importas, y yo creo que no le va a importar.
La chica suspiró. Quizás un día tenga el valor de confesarle lo que esconde. Se fueron a las duchas. Pero al salir Óscar detuvo a Inna, Yoco los dejó solos, quizás era tiempo para decirse sus sentimientos.
— ¿Podemos hablar? - inquirió el mafioso.
Inna sintió una sensación de miedo, pero ya era hora.
— Podemos. - contestó la mujer.
La arrastró a la oficina que ocupaba dentro del cuadrilátero, ya que la de él estaba en el otro extremo.
— Inna siempre me huyes y se que sientes lo mismo que yo siento por ti.
La mujer lo miró a los ojos, se le secó la garganta pero estaba en lo cierto, y era momento de decirle lo que escondía.
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